15 de octubre 2023 - 5:00hs

Hace una semana nos despertamos con un relato de muerte y terror. Hace una semana volvió no solo la guerra a Israel y Palestina; antes volvió el terrorismo a Israel, que dejó ciento de muertos en condiciones que nada tienen que ver con las que se suceden en una guerra convencional. Todas las guerras son horrendas y casi todas carecen de explicaciones válidas para intentar siquiera justificar la muerte. Pero esta no fue una guerra. Fue un ataque indiscriminado a civiles que estaban en sus casas, con sus hijos y padres ancianos, que sin tener que ver ni con políticas internacionales ni con estratagemas nacionales, sin tener que ver con el horror, fueron exterminados por el horror que es el terrorismo de Hamas.

Esta vez me niego a decir o siquiera escuchar “si, pero…”. No hay “sí, pero” para ninguno de los bandos que crearon hombres inescrupulosos que no buscan ni la paz ni la tierra ni el triunfo. Hay una larga historia de odio y enfrentamiento en Medio Oriente, desde que Israel se estableció en una franja de tierra pequeña y yerma, asignada para acoger a un pueblo que sufrió la exterminación de seis millones de personas en otra guerra demencial. Luego pasaron demasiadas cosas, hubo demasiada maldad y se estableció un conflicto de odio y sinrazón que deja afuera a la inmensa mayoría de las poblaciones que solo quieren vivir en paz, y que mueren por vivir en donde viven y nada más. 

No es racional ni lógico ni productivo contar muertos de uno y otro lado, como buscando a ver a quién llorar más, quién tiene más lágrimas en una parte y otra de la planilla de cálculos del infierno. 

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¿Contar cuántos palestinos murieron antes por ataques israelíes hace a estas víctimas más justificables? No hay víctimas buenas o malas del terrorismo. Los jóvenes acribillados y secuestrados, o los vecinos de los kibutz que murieron con sus bebés en brazos, no son víctimas buenas o malas, ni lo son los palestinos que ahora mueren bajo la explosión de misiles. Son víctimas. Punto.

Un sábado de mañana muy temprano Hamás disparó más de dos mil misiles contra Israel, y sus terroristas lograron pasar sin problemas la valla de seguridad cerca del cruce de Erez. Así empezó la carnicería. Cuando la ira aminore, porque siempre la propia tristeza hace que eso suceda en algún momento, el gobierno actual de Israel deberá dar cuenta y pagar cuentas por su distracción. Esa frontera estaba casi vacía porque se había decidido enviar tropas al norte, a Cisjordania, para hacer frente a los disturbios que se generaron en buena parte porque los asentamiento de colonos se siguen sucediendo y la violencia aumenta. 

En una fecha sagrada para los judíos, que ya tiene recuerdos de otra guerra que mató aquella vez a miles de soldados hace exactamente 50 años, Hamas decidió redoblar el horror y matar y tomar a civiles de rehenes. Es imposible justificar este accionar aunque se condene, como lo hace incluso un alto porcentaje de los israelíes, la política caprichosa, errática y violenta del gobierno de Benjamin Netanyahu. 

"Espero que no se concentren en los dirigentes militares sino que acusen al propio Bibi", dijo la historiadora Anita Shapira al New Yorker. “Bibi tiene la culpa de que el Ejército estuviera menos preparado de lo que debería haber estado. Bibi durante los últimos diez años cultivó a Hamás contra el gobierno de Ramallah” –la Autoridad Palestina y Mahmoud Abbas– “porque era su manera de perturbar la posibilidad de que los palestinos se unieran y tal vez consiguieran un mejor acuerdo”.

No se le hace un favor a los palestinos, oprimidos, encerrados, con escasez de todo tipo por el bloqueo, negar que este acto de terrorismo es horrendo y nunca debió suceder. 

Ya nada será igual, y eso que ya todo era muy complicado. Es la primera vez que fuerzas enemigas logran ingresar a territorio israelí para atacar a civiles, con una saña que hace recordar a Isis. Y nada será igual para los palestinos que nada tienen que ver con Hamas, que están gobernados por este grupejo desde hace 17 años en los que no hubo elecciones, y que ahora intentan correr hacia el sur, porque Israel anunció un ingreso por vía terrestre que afectará al menos a un millón de personas que quedarán en medio de la guerra. Los dos millones de palestinos que viven en la franja de Gaza no tienen, en su inmensa mayoría, la culpa de este terrorismo horrendo, pero pagarán por el porque las supuestas reglas de la guerra y de la política así lo dictan. Tampoco tienen para dónde escapar.

El terror que Hamas desató un sábado de mañana entre inocentes ciudadanos israelíes, continuará multiplicado entre sus propios compatriotas palestinos, además de los casi 150 rehenes que se llevaron con ellos ese sábado de miedo. La furia genera furia y en el medio mueren los que suelen buscar la paz, que no más que una vida calma. No hay excusas ni generalizaciones posibles para lo que sucedió y lo que sucederá. No hay posibles explicaciones al estilo de “hicieron esto porque les hicieron aquello otro”. No hay buenos y malos según el lado de la frontera en el que vivas.

Lo que sucedió el sábado no fue una guerra. Fue una masacre y hacen mal quienes no se animan a calificarla de tal porque él o los gobiernos de los masacrados hicieron muchas cosas mal, reiteradamente. No hay esperanza posible para la humanidad si se esconde o, peor aún, si se intenta explicar lo inexplicable: el asesinato de personas comunes y corrientes por algún fin que suele ser absolutamente acotado y egoísta. Y que, en este caso, no solucionará nada, pero matará a muchos más.

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