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La Pasiva, un patito feo convertido en cisne

La historia de los panchos más famosos de Uruguay se gestó a fines de los años 30, en un edificio ubicado donde ahora está la sede del Poder Ejecutivo

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02 de mayo de 2012 a las 00:00

Una imagen de La Pasiva de la Plaza Independencia (que no es la primera) en los años 40.

¡Quién lo hubiera dicho! Una mini cervecería, identificada por un cartel con la leyenda Frankfurter Caliente, que estaba a fines de los años 30 del siglo pasado en el vetusto edificio ubicado donde ahora se levanta la sede del Poder Ejecutivo, fue el germen de un símbolo de la gastronomía uruguaya, La Pasiva, que tomó el nombre del lugar en el que estuvo aquella antepasada suya.

El reciente desalojo de La Pasiva de 18 y Ejido hizo enojar a quienes consideran a esta cervecería como patrimonio de la uruguayez. Veamos entonces algo de la historia de esta emblemática casa de comidas veloces “a la uruguaya”.

Aquella frankfurtería (valga el nombre) de hace muchos años, a la que los chiquilines del barrio llamábamos “Lo de Fran”, estaba junto a casas de remates (con grupíes y todo), ventas de loterías, monedas antiguas y sellos y salones de lustrar zapatos.

La vieja Pasiva era uno de los edificios característicos de la Plaza Independencia, por entonces el centro político y gastronómico de Montevideo. En este último rubro estuvieron allí o muy cerca el Tupí Nambá, el Águila, el Monterrey, Morini , Sorrento, Gruta Sur, los bares Antequera y Británico y cervecerías alemanas como el Suizo y el “abuelo” de La Pasiva, entre otros.

La Pasiva era un edificio bajo que abarcaba toda la cuadra entre Ciudadela y Liniers y el nombre le viene por haber estado en ese mismo sitio en la época de la Guerra Grande, como recordó Milton Schinca en “Boulevard Sarandí”, el cuartel del Batallón de Pasivos, integrado en su mayoría por jubilados. Antes de ser demolido para hacer allí un Palacio de Justicia cuyo esqueleto quedó abandonado durante décadas hasta que se construyó la Torre Ejecutiva, el edificio en el que se ubicaba “Frankfurter Caliente” lucía ya bastante deteriorado. No menos lo estaba esa pequeña cervecería de pisos de madera tambaleantes y dudosa limpieza. Pero aquellas salchichas de Francfort del Meno, los frankfurters (o franfruters según la pronunciación popular), ahora mal llamados, copiándole a los porteños, “panchos”, eran exquisitas. Junto a un mórbido pan de Viena, aderezadas con una inimitable mostaza y con el complemento de una incitante cerveza de barril, aquellas salchichas venidas de Alemania y pronto acriolladas eran (y son), junto a las húngaras, una popular delikatessen a bajo precio. Seguramente se encendió allí la chispa de una de las costumbres alimentarias más difundidas en el país.

Al demolerse el edificio de la vieja Pasiva, aquella frankfurtería se mudó a la esquina noreste de la plaza, luego al Palacio Salvo y después a otro edificio contiguo, donde funcionó hasta no hace mucho. Ahora están sus “nietos” por muchas partes del país e incluso en Buenos Aires para orgullo de los “yoruguas”.

Aquel patito feo se transformó en los cisnes que son las cervecerías que ahora llevan el nombre del lugar donde aquel nació.

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