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La política en estado “líquido”

Siempre pensamos que la estructura política es más importante que el político, pero pronto se sabrá si realmente sigue siendo así 

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19 de junio de 2019 a las 05:02

En una época solía pensar que las campañas electorales tenían un impacto mucho menor en la conformación de la decisión de los electores del que se les solía atribuir. No vale la pena abrir un debate sobre el pasado. Es posible que en otros tiempos, en la era de la política “sólida”, “cristalizada”, estable y previsible, así fuera. En todo caso, está claro que hoy por hoy, en este clima de política “líquida”, “volátil”, las campañas electorales sí importan. Generan oportunidades para algunos, y se convierten en serias amenzas para otros. Algo de eso hemos estado viendo durante los últimos tiempos. A medida que pasan los días y nos acercamos al 30 de junio, irrumpen amenazas, se generan oportunidades, se mueve el tablero político. 

En ese sentido, el debate del jueves de la semana pasada entre Óscar Andrade y Ernesto Talvi fue especialmente interesante. Lo primero que quedó claro hasta volverse evidente, es que el argumento, tan trillado, de la “futilidad” de los debates, es erróneo. Un debate, cuando se encara bien, puede permitir aprender mucho sobre los candidatos. Es tiempo, por tanto, de terminar cuanto antes con el trámite legislativo empezado en su momento por el diputado Fernando Amado y consagrar, de una buena vez, la norma que obligue a los candidatos a confrontar propuestas en este tipo de formatos. Los dos panelistas brillaron. Sus respectivas presentaciones están llamadas a tener consecuencias.

El debate confirmó que Ernesto Talvi es una seria amenaza para Julio María Sanguinetti. Talvi hizo gala de su solvencia en el plano técnico, es decir, en el de los diagnósticos y propuestas. Tuvo, además, importantes aciertos discursivos, en especial cuando conectó su discurso con la tradición batllista. Aquel que quiera convertirse en candidato a la presidencia por un partido tiene, necesariamente, que lograr tender un puente creíble hacia su tradición. Por momentos, especialmente cuando hizo referencia a construir nuevamente un “pequeño país modelo”, Talvi lo logró. En cambio, cuando argumentó que Uruguay lleva “más de medio siglo de decadencia” (incluye en el juicio sumario años de gobiernos colorados y blancos) se alejó de su propio “nicho” electoral. 

No sabemos si fue un “lapsus” o no. Pero Andrade, en pleno debate, dijo estar en carrera… por la vicepresidencia. En todo caso, después del debate, la probabilidad de que Andrade achique la distancia con Carolina Cosse aumentó de modo significativo. En teoría, por su cercanía con Tabaré Vázquez, la exministra es la candidata más “oficialista”. Sin embargo, no he visto hasta la fecha una defensa más elocuente de la era progresista que la realizada el jueves pasado por precandidato comunista. El discurso de Andrade, el dirigente sindical de perfil caudillista, ciertamente, no es autocrítico. Pero es más persuasivo en fondo y forma para un frenteamplista de izquierda que el de Carolina Cosse, la ingeniera de perfil “doctoral” convertida en precandidata. El FA impulsa el citerio de la paridad de género. 
Sin embargo, si logra una buena votación en la primaria, no hay que descartar que Andrade termine integrando la fórmula.
Desafortundamente, las campañas electorales no mueven el tablero político solamente por los debates sustantivos que habilitan. También puede pasar, hasta en un sistema político que se caracteriza por su seriedad, que irrumpan nuevas técnicas de comunicación política que, lejos de mejorar la calidad del debate, lo empobrezcan. Lo nuevo no necesariamente es mejor que lo viejo. El estilo de campaña al que ha apelado Juan Sartori, el más nuevo, en lugar de mejorar la política, la degrada. Más allá de los medios usados se ha convertido, de hecho, en una amenaza para Jorge Larrañaga y, eventualmente, también para Luis Lacalle Pou, el favorito. Como resultado de la combinación del ascenso de Andrade y de Sartori, está claro que hay dos precandidaturas cuyo desempeño está bajo presión: la de Carolina Cosse, en el FA, y la de Jorge Larrañaga, en el PN. El lado positivo del desafío es que, como consecuencia de lo anterior, tendremos la oportunidad de conocer más a fondo perfiles y propuestas de ambos: se viene otro debate de alto interés. 

El crecimiento de Juan Sartori también es un riesgo para los blancos. Desde la reforma de 1996, uno de los grandes desafíos de los partidos uruguayos es encontrar la manera de reunir, lo antes posible, en la fórmula presidencial, las fracciones que se enfrentaron durante el proceso de selección del candidato presidencial. La experiencia muestra que la técnica más exitosa ha sido la de integrar la fórmula presidencial la noche misma de la elección mediante un acuerdo entre el ganador y el segundo. Podemos imaginar un pacto de este tipo, concretado rápidamente, por ejemplo, entre los sectores que respaldan a Lacalle Pou y a Larrañaga. En cambio, si Sartori termina la carrera entre los dos primeros, se abrirá un período de incertidumbre que conspirará contra la imagen del PN y, por tanto, contra su desempeño electoral en octubre. 

Sartori, un gran problema para los blancos, es al mismo tiempo una oportunidad para los colorados. A medida que crece el ruido en la interna blanca mejoran las perspectivas del otro partido fundacional en la competencia por el voto opositor en octubre. En tiempos normales, en los de la política “sólida”, no había muchas razones para pensar que los colorados pudieran alimentar la expectativa de mejorar su desempeño electoral pese a la renovación radical de su candidatura presidencial (posibilitada por el paso al costado de Pedro Bordaberry). Solíamos pensar que las estructuras políticas son más importantes que los candidatos. Pronto sabremos si sigue siendo así. 

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