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La primera explosión atómica: “Como si alguien encendiera el Sol”

Los 75 años de la bomba atómica, una de las aventuras científicas e industriales más grandes de la historia (IV)

La primera bomba atómica detonó a las 5:30 de la madrugada del lunes 16 de julio de 1945, en Alamogordo, desierto de Nuevo México, Estados Unidos

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14 de julio de 2020 a las 22:40

Sin que los aliados angloestadounidenses lo supieran, sino hasta mucho más tarde, al promediar la Segunda Guerra Mundial los alemanes ya habían renunciado a tener su super-bomba atómica.

El arquitecto Albert Speer, ministro de Armamento y Producción de Guerra del Reich, se reunió en Berlín el 4 de junio de 1944 con científicos y militares para discutir por última vez la “desintegración del átomo”, o la investigación atómica alemana.

Entre los presentes destacaban los premios Nobel Otto Hahn y Werner Heisenberg. (Paradójicamente, éste se había reunido en Copenhague el año anterior con el físico Niels Bohr, quien pronto pasaría a colaborar con el “Proyecto Manhattan” angloestadounidense, y le propuso conspirar para retrasar la investigación atómica con fines militares).

Heisenberg informó a Speer que, aún si se le concedían recursos científicos y financieros ilimitados, se necesitarían al menos dos años para desarrollar un arma atómica. 

La renuncia de los alemanes

“A propuesta de los físicos nucleares, (ya en otoño de 1942) renunciamos a desarrollar la bomba atómica después que, al preguntarle nuevamente por los plazos, me explicaran que no se podía contar con finalizarla antes de tres o cuatro años”, cuando la guerra ya tendría que haber terminado, narró Speer. 

Los primeros pedidos de dinero y otros medios, incluidos científicos, fueron tan modestos que el ministro de Armamento del Reich sacó “la impresión de que la bomba atómica no iba a tener trascendencia en la guerra”.

Hitler y Albert Speer

Al fin, los esfuerzos atómicos alemanes fueron muy escasos. 

Sólo se continuó un proyecto de energía atómica para propulsión de submarinos.

Speer recordó en sus memorias que el Führer Adolf Hitler llegó a “tachar la física nuclear de ‘física judía’, lo cual fue cogido al vuelo por Alfred Rosenberg (principal ideólogo del nazismo), sino que también hizo que el ministro de Educación dudara sobre el apoyo que debía prestar a la investigación nuclear”. 

“Hitler me habló alguna vez de la posibilidad de fabricar una bomba atómica, pero era evidente que la idea superaba su capacidad de comprensión, igual que se le escapaba el carácter revolucionario de la física nuclear”, escribió Albert Speer. Incluso, alguna vez, Hitler bromeó con él que los científicos podrían acabar con el planeta al provocar una reacción atómica en cadena, convirtiéndolo en una estrella incandescente.

Proyecto Manhattan: prueba decisiva

El general Leslie Groves, líder del “Proyecto Manhattan”, quien había gastado más dinero que cualquier otro militar en Estados Unidos, confeccionó un polígono de prueba para probar la primera bomba atómica en Alamogordo, un paraje desierto de Nuevo México, a 320 kilómetros del laboratorio de Los Álamos. Lo llamó Camp Trinity. 

El domingo 15 de julio de 1945 más de 250 científicos y muchos militares se acomodaron en torno al Camp Trinity para presenciar la detonación de la primera bomba, que sería de plutonio y detonadores dispuestos en una esfera, similar a “Fat Man”, la bomba que se lanzaría el 9 de agosto sobre Nagasaki, Japón.

Militares y científicos habían llegado hasta allí después de una abrumadora carrera de años, a veces cargada de furia de unos contra otros. Los científicos reprochaban a los militares ser mandones y afectos a las formas; y algunos militares hablaban de los científicos como “esos engreídos” demasiado liberales.

Al mismo tiempo, una bomba de uranio de forma alargada, la “Little Boy”, se cargaba en cajas de madera y plomo en el crucero pesado USS Indianápolis, fondeado en San Francisco, que la transportaría por el océano Pacífico hacia la isla de Tinian, en las islas Marianas del Norte, donde la esperaba un grupo selecto de “Superfortalezas” B-29, para arrojarla sobre Japón.

(En la noche del 30 de julio de 1945, un submarino japonés hundió al USS Indianápolis, recién descargado de la bomba atómica, cuando se dirigía desde las Marianas a las islas Filipinas. Cerca de 900 de sus 1.200 tripulantes murieron en el naufragio o luego, por ataques de tiburones).

La primera bomba atómica es izada en un contenedor sobre una torre en el desierto de Nuevo México, en julio de 1945

La industria Boeing de Estados Unidos había desarrollado en tiempo récord la “Superfortaleza” B-29, el avión más moderno, más pesado —unas 60 toneladas—, y con los motores más potentes jamás construido hasta entonces. 

El B-29, diseñado específicamente para luchar contra los japoneses, empezó a operar en 1944 en el Pacífico, en forma apresurada, por lo que mostró muchos defectos, que debieron ser resueltos sobre la marcha. 

Pero, pese a sus fallos iniciales, el B-29 era un aparato formidable: líneas puras; cabinas presurizadas; once tripulantes; ametralladoras defensivas manejadas a distancia mediante cámaras; cuatro motores de 18 cilindros y 2.200 caballos de potencia cada uno; alcance de hasta 8.000 kilómetros; velocidad propia de un caza; techo de vuelo casi inalcanzable; y capaz de portar más de diez toneladas de bombas.

“Una luz que no era de este mundo”

La bomba de forma esférica tipo “Fat Man” fue colocada en lo alto de una torre en Camp Trinity, el territorio desértico en derredor se llenó de censores y los observadores se atrincheraron a más de 8 kilómetros de distancia. Entre ellos estaba lo más conspicuo de la legión multinacional de físicos y químicos del “Proyecto Manhattan”: Julius Robert Oppenheimer, Enrico Fermi, James Chadwick, Otto Frisch, Ernest Lawrence y muchos más.

Fermi apostó que la detonación incendiaría la atmósfera y acabaría con el planeta, en tanto varios otros sostuvieron que todo terminaría en un chasquido insignificante.

La primera bomba atómica detonó a las 5:30 de la madrugada del lunes 16 de julio de 1945.

Robert Oppenheimer y Leslie Groves inspeccionan los restos de la prueba Trinity

Otto Frisch, que estaba a más de 30 kilómetros, lo describió así: “De improviso, y sin ningún sonido, las colinas quedaron inundadas por una luz brillante, como si alguien hubiera encendido el Sol mediante un interruptor”.

Frisch se vio obligado a desviar la vista. “Después de algunos segundos logré tener los ojos fijos en aquello, que ahora tenía el aspecto de una esfera roja, casi perfecta, unida al suelo por una breve estela gris”.

Pareció “una luz que no era de este mundo”, según la describió un periodista de The New York Times: “Uno tenía la sensación de gozar del privilegio de contemplar el nacimiento del mundo… de estar presente en el instante de la Creación, cuando Dios dijo: ‘Hágase la luz’”.

Luego, por fin, se oyó un trueno y se desató un ventarrón violento.

La esfera ascendió poco a poco, mientras crecía en tamaño y disminuía su esplendor. Ya muy alto, la esfera se aplanó, en tanto la larga estela que la unía al suelo tomaba formas caprichosas, como la trompa de un elefante.

Oppenheimer citó un pasaje del “Baghavad Gita”, un texto sagrado clásico hindú: “El fulgor de mil soles… Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”.

Próximo artículo: El lanzamiento de la bomba atómica no sólo pretendía acabar con la resistencia de Japón, sino también enviar un mensaje a Stalin sobre la política de posguerra
 

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