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Lacalle Pou: "Si cambiás para que te voten sos un mentiroso"

Facundo Ponce de León entrevista al candidato a la presidencia por el Partido Nacional en De Cerca

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06 de octubre de 2019 a las 22:05

 

Viene de una familia de grandes políticos y busca, como su padre y su bisabuelo, ser presidente de la República. Pero además le gustaría que alguno de sus hijos continúe el linaje. En el séptimo episodio de De Cerca, Facundo Ponce de León entrevista a Luis Lacalle Pou, quien cuenta sobre el recorrido que hizo para llegar hasta donde está ahora y cómo se ve como jefe de Estado. Lo que sigue es un resumen de la charla.

Sos hijo de familia patricia, y como que eso ya te soluciona la vida. ¿Está bien?

Sí, puede ser. Esto es más terapia que otra cosa.

La Tahona, “pituco”…

Sí, también.

¿No te molestan?

No puedo quemarme por esas cosas.

¿De alguna manera intentás que la gente rompa esos prejuicios?

Es un pre-juicio, una elaboración imaginaria antes de conocer. El mejor momento para romper un prejuicio es el momento en que no estás haciendo política, con lo cual es muy difícil. El otro día fui al Náutico [a ver a mis hijos jugar] y me dicen: “Sabíamos que venían tus hijos, que venías vos”. Soy un ser humano que toma mate, ve a su hijo y grita los goles.

De esos prejuicios, el que más te complicó a nivel político puede haber sido vivir en La Tahona y que todo mundo diga que vivís en un barrio privado. ¿Manejaste en algún momento dentro de la familia que te tenías que mudar para seguir la carrera?

Alguno me aconsejó, pero era una hipocresía. ¿Tengo que negar parte de donde vivo, parte donde soy, para que me voten?

Claro, sería alimentar el prejuicio…

Estaría falseando lo que soy. Soy esto, con mis defectos y con mis virtudes. Si tengo que andar cambiando, haciéndome lo que no soy... ¿Sos capaz de cambiar solo para que te voten? Sos un mentiroso. Aparte, no le asigno ninguna condición negativa. Si fuera una condición negativa trataría de cambiar.

En eso de mostrarte como sos, dijiste que estuviste en las drogas, que estuviste complicado. ¿Considerás que fuiste un adicto?

No. Eso es lo que le gusta decir a algunos y resisto cualquier análisis de sangre. Me gustaría que todo el mundo sacara los muertos del ropero y que digan “este soy yo”. Si quiero ser presidente de la República la gente tiene que conocer mis fortalezas y debilidades. Si quiero ser el primero de todos los uruguayos me tengo que relacionar a corazón abierto.

¿Eso lo hacés espontáneamente así o te lo han sugerido?

No, al revés. Simplemente vino una periodista un día y me preguntó: “¿Consumiste marihuana?”. Sí. “¿Consumiste cocaína?”. Sí. Al otro día vino un loco y me dijo: “Sos un animal, ¿cómo vas a decir eso”. Ahí dije: "Ya entiendo, vos querés un político que te mienta".

¿Cómo lograste dejar de consumir?

Primero, porque hacía mucho deporte. No consumía todos los días. Consumía una o dos veces por mes. Una estupidez que por suerte mi ángel de la guarda me mantuvo a raya de las cosas esas. Jugaba al rugby, iba a jugar en primera. Había que romper un límite y se rompió.

Dejame volver a la anécdota. Entiendo lo que te dijo esa persona porque nacimos con esa idea de que los políticos no pueden mostrarse frágiles. Vos venís de una familia política, tenés un padre que fue presidente. Tu padre te podía haber dado ese consejo.

No, no me lo dio. Más que consejos, me formaron, la educación con el ejemplo. Siempre fui enfermo de la verdad, desde chiquito. Me trajo muchos problemas. En la elección pasada me preguntaron si consumía, lo dije y gané la interna. Pretendo ser el padre de todas las familias y quieren tener un padre que les miente, que no es genuino. Trato de tener una relación íntima con todo el Uruguay. Pretendo de ser el padre de toda la familia. ¿Vos le creés a alguien que no tiene debilidades?

No. ¿Y qué tipo de padre querés ser como presidente?

Primero, merecerme el respeto. El que no es respetado no es seguido. El respeto se gana mirando a los ojos con la verdad. Obviamente tenés dudas de decir las cosas. Trato de que los defectos no sean tantos, de trabajar sobre las virtudes y rodearme de gente de que tenga virtudes que no tengo.

¿Cuándo fue tu primer discurso?

En lo que se podría decir como un acto. No me acuerdo si fue la campaña de 1999 o la reforma constitucional. Fuimos en avión a Bella Unión y estaba toda la dirigencia sentada y mi viejo dice: “Hoy tenemos un debut”. Miré para ver quién debutaba y dice: “Luis Alberto Lacalle Pou”.

¿No te lo había anunciado?

No. Me arruinó el día.

¿Te acordás lo que dijiste?

No. Hasta el día de hoy me pongo muy nervioso antes de hablar.

Se suponía que Luis Alberto Heber iba a seguir la línea del herrerismo de tu padre, pero apareciste vos. A los dos les tuviste que decir: “Muévanse a un costado”. ¿Cómo fue?

Empiezo por mi viejo, que fue el primero. Semana Santa de 2012. Estábamos en Cerro Colorado, nos levantamos tempranito a tomar unos mates. En la relación con mi viejo nos queremos mucho pero tenemos carácter parecido, entonces a veces cuesta encontrar el canal. Esa vez, de 49 minutos que hablamos, yo hablé 47. Había crecido en opinión pública y en el sector nuestro. Habíamos pasado de tres diputados a 12. Iba a los pueblos haciendo campaña por la lista al Senado y me decían que tenía que ser candidato a presidente. No tenía intrínsecamente una definición.

¿Pero vos le decís de competir los dos en las internas?

No, era mucho más profundo. Era una jubilación anticipada.

¿Y qué dijo?

Me dio un beso. Y le dije: "Quizás se te adelanten los tiempos… no te estoy diciendo que vaya a pasar". 

En esos 47 minutos, ¿estabas bien o te quebraste?

No, estaba seguro de lo que estaba diciendo. Pero con Heber era la más difícil de todas.

¿Por qué?

A mi viejo era jubilarlo. Con Heber era meterme a competir. Me acuerdo de subir la escalera del edificio anexo al Palacio Legislativo y me temblaban las piernas. Y me la hizo muy fácil.

¿Ya sabía?

No. No le gustó, pero es muy buena gente. A la gente con buena madera vos le decís algo que no les gusta, te ven que estás inspirado y te dejan. Me la hizo facilísima.

¿Y con tu mamá?

No estaba de acuerdo.

¿Y tu esposa?

Sí, ella sí.

También está el momento en que se lo contás a tus hijos. ¿Cómo fue eso?

Esa fue muy difícil. ¿Cómo calibra un niño de nueve años y de siete la dimensión de la importancia del tema? Simplemente con algo tan simple como lo que me mató: “Te vamos a ver menos”.

Tenían razón.

Tenían razón. Me quedé sin palabras. Me costó casi lo mismo que contárselo a Heber. Se ve que Violeta había escuchado algo y me dijo: “Sí, ya sabemos, vas a ser candidato a presidente”.

¿Vos no sentías cuando anunciaste eso a tus hijos que les complicabas la vida un poco, como te la complicó tu viejo a vos?

Obvio. La primera campaña tratamos de no meterlos tanto y hablar en clave. Un día estábamos llevando a los niños al colegio y Luis me dice: “¿Cómo vas a hacer para ganarle a Larrañaga si te lleva 20 puntos en las encuestas?”. Era momento de hablar de política con estos locos porque si el tipo me dijo eso era porque sabía. Es más, al tiempo descubrí que tenía un cuadernito de política donde anotaba cosas.

¿Te gustaría que alguno de los tres se dedique a la política?

Sí. Que den todo por el país. Es una profesión de generosidad. No los quiero predeterminar. Antes les decía: “Hagan lo que quieran, pero sean los mejores”, y ahora les digo que hagan lo que quieran pero que sean felices. Si la felicidad necesita ser compartida y tu felicidad es colectiva van a ser dirigentes políticos o van a estar en una ONG o en una causa social. No me gustaría que signifique una presión.

¿En qué momento de tu vida ser Lacalle Pou –hijo de tu padre y bisnieto de Luis Alberto de Herrera– se transforma en una oportunidad y no en una presión?

Siempre es una presión. Pero soy un tipo pleno y feliz de poder hacer lo que hago. Obviamente implica la asunción de las tristezas y las alegrías de la gente, porque si no te da felicidad y angustia es que no lo estás haciendo bien. Siempre le digo a las juventudes que no den a un uruguayo por vencido. ¿Cuándo se transforma una persona durmiendo abajo de cartones y nailon en parte del paisaje?

¿Cuándo?

Cuando lo terminamos de aceptar como normal. Hay que realmente trasladar la función política a lo personal, darle dimensión humana. Lo que descubrís en la gente te sorprende muchísimo. El ser humano es esencialmente bueno. Pasé mi vida de estudiante contra Thomas Hobbes con aquello de que “el hombre es el lobo del hombre”. Si fuera cierto ya no estaríamos sobre la Tierra. El humano es un ser principalmente de manada que busca satisfacer sus necesidades humanas más básicas. Hoy estamos en la revolución humana más importante que es la democratización total de las relaciones personales; pasamos de ser receptores de información y de cualquier cosa a tener una vida totalmente direccional. No sé si has leído sobre el micropoder, pero es un tema que me sacudió en cómo el empoderamiento del emisor genera horizontalidad. Eso tiene que darte un baño de humildad salvaje.

¿Qué es lo más difícil de la política?

Lo que más duele es la hipocresía.

¿En los colegas?

No, la herramienta de la hipocresía, de la mentira como algo válido para crecer y no comprometerse.

¿Cómo se aprende a ser buen político?

Con empatía con las situaciones de la gente. ¿Cuál es mi trabajo? Ver cuáles son los problemas sociales de la manera más individualizada posible. Ese es el desafío más grande, porque las leyes son generales pero tienen que aplicarse al caso concreto y no perder la dimensión personal. Eso requiere sentir y entender cómo está la otra persona.

¿Te divertís en tu trabajo?

Algunos recreos tenemos. Tengo reuniones todos los lunes de nueve a una de la tarde y estamos todos esperando a que lleguen porque nos divertimos. Los dirigentes políticos tienen la capacidad de competir entre sí y de divertirse al mismo tiempo. Tenemos esas instancias de bajar la palanca y manejar un humor punzante.

¿Qué bromas te hacen a vos?

Me dicen que me estoy quedando pelado, que los discursos son espantosos.

Dejame leerte una frase que me dijo Lanata: “Los políticos se toman demasiado en serio a sí mismos, pero eso les pasa en general en la vida. Vos pensá: es un tipo que de un día para otro deja de usar plata, lo llevan a todos lados, todos le abren la puerta, todos hablan bien de él, tiene un entorno que no le deja llegar a la realidad. Entonces, es bastante probable que no se ría de nada”.

Unos de mis combates permanentes es en contra de las generalizaciones. Obviamente hay lugar para la autocomplacencia, porque a veces puede llegar a haber un entorno interesado en satisfacer a quien toma decisiones. Cuando papá fue presidente, los alcahuetes fueron los primeros en llegar pero también los primeros en irse. Nicolás, mi persona más cercana –que no le gusta salir en las cámaras– es necesariamente amargo.

También te protegen.

Obvio. Mi mesa de los lunes es dura, en el buen sentido de la palabra. También depende mucho de la personalidad de uno. A mí no me gusta que me digan que hago todo bien, pero tampoco me gusta que me digan que hago todo mal. No me gusta mucho que me critiquen, pero si me lo dicen es porque me quieren.

¿Cómo aprendiste a perder?

Igual que ganar, ¿no? Cuando perdés ves al ganador y viceversa. Que perder no te haga bajar los brazos, esa es la clave. Perder puede ser una rectificación de caminos. Yo soy un buen ganador. A mí me importa mucho ser un buen ganador. Cuando perdés, ser humilde es casi la regla. Cuando ganás tenés más responsabilidades, más obligaciones y menos derechos.

¿Por qué hay tanta gente que no cree en la política?

Es lógico. Tengo una hipótesis no comprobada: si hacés una encuesta de la opinión de los uruguayos con respecto al sistema político es negativa. Ahora, si hacés una encuesta sobre un dirigente político el resultado va a ser distinto al todo. Cuando la gente habla del todo, habla del resultado de la política y de la gestión de gobierno. Está bien que recaiga sobre los dirigentes políticos cuando no se cumplen las expectativas de un gobierno.

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De Cerca es producido por Mueca Films y presentado por TV Ciudad, El Observador y WILD Fi.

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