7 de marzo de 2014 21:05 hs

Para entender lo que sucede en Ucrania en ocasiones es más importante prestar atención a lo que no se dice que a la retórica incendiara asumida por cada una de las partes. Es por eso que detrás de los gritos de libertad, independencia, diferencias étnicas y políticas, lo que subyace es un país estratégico desde el punto de vista político y económico.

Un ejemplo de la importancia que tiene este país fueron las declaraciones que hizo el politólogo estadounidense de origen polaco Zbigniew Brzezinski –exconsejero de asuntos internacionales del presidente Jimmy Carter– cuando se presentó, en enero de este año, ante el Senado de Estados Unidos para dar su punto de vista sobre Ucrania: “Rusia puede ser tanto un imperio o una democracia, pero no ambas al mismo tiempo. Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio, pero con una Ucrania sobornada y subordinada, Rusia se convierte automáticamente en un imperio”.

Este es el punto de vista imperante en Estados Unidos sobre Rusia, un país que hace menos de un mes organizó unos millonarios Juegos Olímpicos de invierno que ayudaron a relanzar su imagen de potencia. Esta imagen está apuntalada por la unión aduanera que viene forjando con países de la exórbita soviética y que está en el origen de la protestas en Ucrania, ya que el depuesto presidente Viktor Yanukóvich había optado por unirse al bloque promovido por Rusia antes que a la Unión Europea.

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La Casa Blanca ve en Ucrania el país estratégico que Moscú necesita para terminar de darle forma a su conglomerado, pero entiende que también es una forma que tiene Rusia de recuperar parte de la fisonomía geográfica que tenía antes de la caída de la Unión Soviética.

Entonces no es de sorprender que Washington asuma con más vehemencia que la Unión Europea –el supuesto perjudicado por la decisión de Yanukóvich– la defensa del nuevo gobierno de Kiev.

Claro que detrás de la timidez europea para amenzar con sanciones –por ahora solo existen en el terreno discursivo– hay también un componente económico. Es evidente que los europeos son más vulnerables que EEUU a una guerra comercial con el gobierno de Vladimir Putin. El volumen de comercio de EEUU con Rusia es de 27 mil millones de dólares (represneta cerca del 1% en su economía), en tanto que el intercambio de Europa y Moscú es de 417 mil millones, siendo el principal socio europeo nada menos que Alemania con US$ 75 mil millones.

Los números explican por qué Barack Obama grita más fuerte que sus socios europeos. Pero si se analiza la naturaleza del intercambio comercial también se hace evidente la importancia estratégica que adquiere este conflicto en Ucrania.

La principal razón es que la mayor parte del comercio ruso a Europa se centra en la venta de gas (destina un 30 % de su producción) que tiene como destinatarios a 20 países europeos entre ellos Alemania, el motor económico de Europa.

En 2011 el gobierno germano anunció un programa para modificar su matriz energética a través de la paulatina eliminación de su centrales nucleares. Para 2022, el país ya no contará con energía nuclear y se abastecerá de energías renovables como la eólica, hidroeléctrica y solar. El problema es que hasta entonces Alemania funciona con el gas que llega desde Rusia que alcanza el 40 % de lo que consume el país.

Entonces queda claro por qué Ángela Merkel es la líder occidental que se ha mostrado más constructiva en la búsqueda de una salida a la crisis ucraniana. Esto también impone prudencia en el resto de la UE porque a fin de cuentas nadie quiere complicar a la gallina de los huevos de oro en medio de un tímido proceso de recuperación económica.

Pero Ucrania no es solo estratégica en lo político sino también en lo material, ya que el 15 % del gas que llega a la zona sur del continente europeo lo hace através de los gasoductos ucranianos.

En este sentido analistas de países del ex bloque soviético creen que la amenaza directa de aislamiento económico lanzada por Obama contra Rusia esconde una maniobra para que Qatar –socio estratégico de EEUU en el mundo árabe– aumente sus ventas de gas natural a Europa (hoy destina el 30 % de su producción) y que de paso disminuya la dependencia de sus socios en el Viejo Continente del fluido ruso. El problema es que de ser cierta la estrategia el precio por el gas se dispararía ya que el transporte desde Qatar es mucho más caro que el actual sistema.

De cualquier modo, en Moscú también recelan de los europeos ya que creen que la UE ve a Ucrania no solo como un mercado apetecible sino también como una fuente de mano de obra barata.

Aunque mucho se habla de libertad, da la impresión es que los problemas de Ucrania pasan más por el bolsillo que por los sentimientos democráticos.

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