8 de marzo de 2014 23:02 hs

Por estos días, Occidente está mostrando una preocupante dificultad para la resolver conflictos, tal como lo deja en evidencia la crisis en Ucrania. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea han encontrado abrigo en una diplomacia retórica que lejos de hallar soluciones, no hace más que dejar en evidencia el doble discurso en el que suelen caer. Esto se puede definir en lo volátil que se torna la definición de lo bueno y lo malo cuando se le suma el ingrediente de las conveniencias políticas y económicas.

Claro que esto no es nuevo. Estados Unidos transmitió por TV a todo el mundo la historia en la cual Saddam Hussein pasó de ser socio estratégico ante el avance del intregrismo iraní en la década del 1980, a un demonio que escondía armas de destrucción masiva –que nunca se encontraron– y que terminó pendulando de una horca. Aunque Saddam seguía siendo el mismo, los intereses de Estados Unidos habían cambiado. Una historia de desencuentros, diría la reseña del filme.

Europa no se queda atrás y el caso más concreto es el de Francia. El presidente Francois Hollande, que por estos días defendió con gran firmeza las sanciones económicas contra Rusia por su movilización de tropas en Crimea, hace un año envió un contingente militar a Mali, alegando haber sido llamado por el gobierno de ese país para controlar a los islamistas. Fue, según Francia, un caso de intervencionismo bueno, para otros analistas fue un reflejo propio de una expotencia colonialista.

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El último ejemplo es el de Ucrania, donde Occidente vuelve a meterse en el entrevero de una revuelta popular –igual que en la primavera árabe– a la que cuesta verle el desenlace y sus consecuencias.

Hace poco más de dos años un viejo halcón estadounidense como Henry Kissinger le puso nombre a esta nueva tendencia diplomática que esconde los intereses de siempre bajo el halo del sentir popular. Kissinger le llama a este tipo de diplomacia doctrina de intervención humanitaria y la define como la tendencia de Estados Unidos a apoyar procesos revolucionarios basados en supuestos anhelos de democracia y libertad, pero que a su vez empuja a la superpotencia a caer en irremediables contradicciones.

Esta especie de doble moral se nota cuando Occidente exige mejoras democráticas en países como Venezuela, Azerbaiyán, Armenia –por citar los casos más recientes– y al mismo tiempo ni se nombra el tema cuando se trata de aliados estratégicos como Arabia Saudita, Yemen o incluso Qatar.

Hasta ahora el apoyo de estos movimientos populares ha generado incluso efectos no deseados, ya que en ninguno de los casos las fuerzas que promovían la libertad quedaron en el poder, por el contrario, terminaron gobernando otros a los que EEUU terminó enfrentado.

Un buen ejemplo de lo que habla Kissinger es el ambiguo papel que interpretó Washington en la primavera árabe en Egipto. En ese país, Estados Unidos forjó una amistad de 30 años con Hosni Mubarak, al punto que alejó al país del bloque soviético y lo convirtió en el líder de los árabes moderados en Medio Oriente. Sin embargo, cuando comenzaron las protestas, Estados Unidos miró para otro lado y dejó que la revuelta popular se impusiera y lo quitara de poder.

Es entonces cuando el gobierno de Obama ve a Mohamed Morsi ganar las elecciones como representante de un partido islamista radical como los Hermanos Musulmanes. Entonces el resultado de la revuelta popular ya no fue tan satisfactorio y Washington tuvo que pasar a apoyar el golpe de estado militar que derrocó a Morsi. El secretario de Estado de EEUU, John Kerry, terminó diciendo que el golpe contra Morsi fue “una restauración democrática”.

Libia fue otro experimento fallido porque quienes se levantaron contra el régimen de Muammar Gadafi, no son los que gobiernan el país sino un grupo bien surtido de señores de la guerra. Y este es otro efecto colateral del intervencionismo humanitario del que habla Kissinger, porque en esos países –Siria es otro ejemplo– la que sale peor parada es la democracia y los Estados resultantes son institucionalmente endebles.

La nueva modalidad diplomática se puso a prueba en Ucrania, en las puertas de la cueva del oso ruso y el experimento ahora puede ser más temerario. Todo comenzó como siempre: con una revuelta popular organizada por un grupo variopinto que saca del gobierno a un pésimo gobernante pro ruso y pone en su lugar a uno afín a los manifestantes europeístas. Estados Unidos y Europa aplauden el resultado aunque técnicamente se trate de un golpe de estado.

Ante este panorama la otra mitad del país, que es pro rusa y teme –con fundamento– a los nuevos gobernantes, también se subleva y todo termina en un referéndum en Crimea para escindirse de Ucrania y unirse a Rusia. En este caso la revuelta no le cayó bien a Occidente y terminó siendo repudiada. Se ha creado así otra anomalía en la doctrina del intervencionismo humanitario.

Pero ante tanta improvisación diplomática parece interesante remitir a una frase incluida en una columna que Kissinger publicó esta semana en The Washington Post: “El reto de la política consiste en saber cómo se termina, no en cómo se empieza”.

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