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2 de junio de 2012 21:35 hs

Arranca el partido. Venezuela mueve, avanza con un par de pases cortos y pone un centro largo y llovido en el área. Fernando Muslera sale y la descuelga sin problemas. El Centenario estalla en un grito. Una inexplicable mezcla de nervios y júbilo. ¡Por un centrito a la olla! Es el público de Uruguay. El que llena las tribunas pero el que no sabe cómo caerle encima a los rivales.

La hinchada no mete goles ni los evita. Pero sí juega.

Puede gravitar según la permeabilidad anímica del rival: sembrando pánico escénico, cargando de presión a los que no pueden gobernar sus nervios.

También puede sostener a los suyos ante la adversidad o empujarlos hacia un imposible.

El Centenario estaba vestido de lobo. Hambriento. Entradas agotadas. Sin un centímetro de cemento a la vista. Gente en todas las escaleras. Banderas, globos y camisetas. Amor profundamente celeste.

Así rugió el himno nacional. Pensar que antes se entonaban las estrofas y la gente sentía timidez de cantarlo. Ahora, con Diego Lugano en la pantalla, una especie de patriotismo futbolero se apodera de los hinchas que lo cantan como lo sienten los jugadores.

Y sin embargo, cuando la pelota empezó a rodar, el Centenario fue un corderito. Tibio, manso, paciente, inofensivo.

Tal vez porque el público de la selección es familia. La que dicen que corrieron de las canchas del torneo doméstico desde hace años. La que retornó para seguir al equipo de Tabárez. Por su estilo y también por su corazón.

Entonces el partido transcurrió como si fuera una obra de teatro, con breves interrupciones para la solemnidad del silencio.

Un cierre de Cáceres bien contra la Olímpica estuvo al borde la ovación.

Venezuela más que comodidad sentía placidez. El trámite transcurría entre pelotazos largos del rival y violentos despejes de Amorebieta que se iban a parar a la América ante la indiferencia del público. Cero reprobación ante la falta de recursos. Porque la hinchada tampoco silba y el silbido es el medio de desprecio elemental para con las formas del rival.

Entonces llega el gol de Forlán. El ídolo. Y el estadio se convierto en un alegre sonajero. Y de inmediato en un estadio de fútbol: “Hay que saltar, hay que saltar, el que no salta, no va al Mundial”.

Solo el puñadito de venezolanos que ocupó el tercer anillo de la América contra la Colombes permaneció sentado.

Era el momento ideal para que la tribuna se cayera encima de los Vega, Amorebieta y Cichero.

Pero los tibios cantitos que ensayó la Colombes no encontraron eco en las demás tribunas. Y el partido se fue al descanso 1-0.

Después cambió el trámite. Venezuela se hizo dueña de la pelota y acreedora del empate. Si en situación favorable la parcialidad celeste no empujó, menos lo hizo ante la adversidad.

El partido pedía un cambio a gritos. Uruguay no la tenía y estaba cada vez más replegado. Nunca un “hacé un cambio, vo”. Ni siquiera un “Maestro, ¿no me hace el favor de introducir una variante?”. El río jamás sonó...

Y así empató Venezuela. Mientras los uruguayos ensayaban la ola en las tribunas.

Ya habían salido el Ruso y Lugano. Después se fue Forlán, todos ovacionados.

El último intento de Suárez quedó atragantado en las gargantas. La pelota se fue por arriba. Y el partido terminó.

Los jugadores uruguayos se juntaron en la mitad de la cancha y saludaron. Desde las cuatro tribunas se correspondió el gesto que valoró el esfuerzo de siempre perdonando las deficiencias técnicas.

Mientras, los venezolanos hicieron una montaña humana entre titulares y suplentes. Habían salido a una cancha cuya imponencia les hizo olvidar sus favorables estadísticas recientes ante la celeste. Solo por un momento. Porque poco después, la monstruosa bestia se transformó en una fría e indiferente presencia.

No pasa con Nacional ni con Peñarol. Pero ojo, que sus hinchadas tampoco meten goles y este año jugando de locales sus equipos ganaron solo siete de 18 puntos por la Copa Libertadores.

En el fútbol, todo valor es relativo. Pero esta hinchada de Uruguay es un nuevo fenómeno cultural de dos caras. Un anverso de comportamiento ejemplar y calor familiar y un reverso de frialdad y escaso sentido futbolero para apreciar el juego.

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