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Los aniversarios de bodas

Estas celebraciones van más allá de los obsequios materiales

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28 de septiembre de 2018 a las 05:00

Sin ponernos más trascendentes de lo habitual es posible admitir que a los mujeres y a los hombres nos gusta recordar algunos momentos de nuestras vidas. Entre ellos están los aniversarios de casamiento. 

Recuerdo el dicho que expresaba con sabiduría que “es de bien nacidos ser agradecidos”.  El tiempo pasa pero no es posible encerrar el amor humano. Por eso, son muy diferentes las celebraciones que se hacen a lo largo de los años en recuerdo del comienzo de una unión.  Mujeres y hombre poseemos como una segunda naturaleza y sabemos que en el amor se dan los regalos, las palabras cariñosas y la valoración de tiempos. Por eso, no da lo mismo celebrar un aniversario de cuatro años de casados que es muy ponderable o festejar por todo lo alto los veinticinco años, los cincuenta, los sesenta de la perdurabilidad del amor.

Existen tradiciones y costumbres muy nuestras. Los aniversarios de bodas conllevan muchas veces unos gestos externos. Nos agrada felicitar,  que nos feliciten, regalar y que nos regalen. Dicen que el regalo es una de las formas más puras de dar. Por eso regalamos y nos desprendemos de algo. Siempre el regalo es un símbolo y no se tiene en cuenta su valor comercial.   
En los aniversarios de bodas se recuerda el comienzo de un matrimonio. Dicen que en la lejana Roma se daban las prácticas rituales y el casamiento tenía las propias.  Después de la ceremonia nupcial se acostumbraba  romper un pan sobre la cabeza de los contrayentes y así compartían por primera vez una comida. Los invitados entonces recogían las migas y las comían. Veían en ellas un símbolo de fertilidad.

Pasados los siglos y en el XVII, en Inglaterra,  los amigos de los contrayentes les llevaban unos panes o tortas  que luego se apilaban,  se rociaban con azúcar y se comían.  También llegaron a esconder un anillo y quien lo encontraba se aseguraba la felicidad. 

A lo largo de los años se destacan los aniversarios de bodas. Quizás las de plata, oro y diamante nos llevan a pensar en veinticinco, cincuenta y sesenta años. Cada aniversario posee nombre propio. Así tenemos un año, bodas de papel. Dos años, de algodón. Tres años de cuero. Cuatro de seda. Cinco de madera. Seis de hierro. Siete de lana. Ocho de bronce. Nueve de cerámica. Diez de aluminio.  Once de cristal. Veinte de porcelana. Veinticinco de plata. Treinta de perlas. Cuarenta de rubí. Cincuenta de oro. Sesenta de diamante. Nuestras tatarabuelas fueron grandes  expertas en aniversarios y manejaban al dedillo sus significados. Los  nombres indicaban o sugerían los regalos que se podían hacer.  Eran tiempos tranquilos  pero al mismo tiempo cargados de significación. 

El amor humano lo encontramos en nuestra poesía. Es Juana quien  expresa: “Te quiero y soy joven, por eso es que tengo/las mismas fragancias de la primavera” y en la profundidad de su pensamiento habla del amor de siempre: “Tómame ahora que aún  es sombría / esta taciturna cabellera mía”.  Es el amor en la juventud y en al atardecer de la vida.

Los tiempos actuales no permiten quizás muchas celebraciones familiares o de amistad. Sin embargo, como los valores se pueden materializar en símbolos nada impide alegrarnos con los aniversarios, saludar y trasmitir afecto a quienes cumplen sus bodas de lana o de plata. 

Hay frases hechas que encierran verdades. Quizás suene un poco cursi pero me viene a la memoria aquella que dice: “Los aniversarios son momentos para celebrar las alegrías de hoy, las recuerdos  de ayer y la esperanza del  mañana”. 
 

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