30 de septiembre 2011 - 19:36hs

Llegaron de Europa a principios de la década de 1980. Eran unos 20 babuinos a los que se los encerró en la jaula de las aves rapaces del parque Lecocq mientras se les encontraba un lugar mejor. Pero, ellos decidieron quedarse.

Se comieron a las aves, las palmeras y toda vegetación que allí había, dejando las rocas que bien representaban su hábitat semidesértico del noreste de África y la península arábiga. Allí comenzaron a reproducirse hasta llegar a los más de 100 ejemplares actuales y volverse los amos y señores de la jaula. Ingresar al encierro para retirar un cadáver o aislar a un mono que está enfermo para tratarlo es hoy una situación de riesgo para los cuidadores.

La revolución de los babuinos cual El planeta de los simios, puso a las autoridades en el apuro de destinar cerca de $ 5 millones para abrir una licitación que adjudique antes de fin de año la construcción de un nuevo encierro para estos animales exóticos.

“Algunas especies merecerían más dinero por ser autóctonas o estar en peligro de extinción. Me sería más agradable invertir en ellas, pero la situación de los babuinos es crítica y hay que resolverla”, dijo Eduardo Tabárez, director del Lecocq.

El proyecto en proceso de elaboración propone trasladar a los llamados Papio hamadryas a unos corrales ubicados frente al parador, donde en este momento hay cabras de angora y carpinchos. El lugar es cinco veces más grande que la ex jaula de las aves y será a cielo abierto, lo que dará una imagen más agradable que el alambrado y la cerca electrificada actual, contó Tabárez.

De todos modos, la principal condición de este nuevo encierro es que permita manejar a la colonia. “Tendrá dormitorios, lugares de internación y espacios que permitan inmovilizarlos”, detalló. Hoy, si quieren darles un medicamento, tienen que hacerlo a través del agua.

Recuperar el control sobre los babuinos permitirá también planificar su reproducción. Según un estudio de genética poblacional que hizo el parque zoológico, entre 50 y 60 ejemplares serían suficientes para tener garantizada la variabilidad genética por unos 100 años, contó Tabárez, quien trabaja en el Lecocq desde 1984 y lo ha dirigido por una década.

Evitar el incesto entre estos monos no es solo un motivo de salud física, sino también mental, ya que ellos reconocen el parentesco sanguíneo y hasta basan su compleja estructura social en la filopatría.

Violencia jerárquica
La unidad social básica de organización de los babuinos es el harén, formado por un macho líder que ejerce el control sobre una cantidad de hasta 10 hembras y sus crías. Estas unidades se unen para formar clanes, generalmente motivadas por vínculos de parentesco directo, como hermanos. Los clanes, a su vez, se agregan en bandas, que pueden formar un orden mayor, que es el del grupo. Cualquier similitud con la serie televisiva Game of Thrones es mera coincidencia.

“Son animales muy agresivos que, además, atacan en grupo, lo que los hace más peligrosos”, dijo Sylvia Corte, bióloga e integrante de la Sección Etología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, quien trabajó durante 7 años estudiando el comportamiento de los babuinos del Lecocq.

“Hubo casos en que observé ataques de varios machos adultos a otro, que terminó con heridas tan graves que ese individuo después falleció”, contó. Cualquiera que haya visto a estos monos por más de cinco minutos sabe que la violencia es parte del espectáculo que estos animales de nalgas rojas brindan.

Sin embargo, algunos de los visitantes del Lecocq han visto en estos tiempos una escena más que perturbadora: el canibalismo.

A través del blog Exordium, Corte recibió fotografías sobre este fenómeno que describió como “grave” y “nada normal” para la especie. En las imágenes se veía a una hembra que parecía en gestación o en período de lactancia, mordiendo el brazo de un cadáver en descomposición.

“Podía tratarse de un caso muy particular de una hembra en mal estado de salud, con carencias de alimentación, que por un mayor requerimiento energético haya realizando ese comportamiento”, dijo la etóloga. Y agregó: “Me preocupé más cuando después me enteré de que era algo común. Había entonces una evidente falta de bienestar en el grupo”.

Para Corte, “si se está viendo a menudo puede haber una falta de cantidad o calidad del alimento”. Tabárez, en cambio, afirmó que es un comportamiento que se ha dado en “dos o tres” oportunidades en 30 años y que jamás coincidió con épocas oscuras en que el alimento escaseó. Con una dieta balanceada, que abarca frutas, verduras y carne, el director del Lecocq consideró que estos animales “comen mejor que el 99% de los gurises de este país”.

Quizás este sea el motivo por el cual los babuinos todavía no iniciaron la revolución.

Los 76 nombres

Colorado, Corto, Curro, Moncho, Pelado: no son apodos de delincuentes, sino los nombres de cinco machos líderes que viven o vivieron en el Lecocq. Cuando los biólogos especialistas en comportamiento animal de la Universidad de la República Luis Fernando Silveira, Sylvia Corte y Gabriela Duarte los estudiaron entre 1994 y 2000, necesitaban identificar a los 76 ejemplares que habitaban allí. Y nada mejor que ponerles nombres fáciles y descriptivos para ello. Corte contó que en ese entonces los identificaban a todos y que, como sucede con los humanos, se había generado un vínculo especial con algunos. El Colorado, llamado así por su color de piel, era un macho con un puesto alto en la jerarquía de la jaula que, junto con dos de las hembras de su harén –la “madrasa” Uki y la rubia Mirella–, estaban en el grupo de sus favoritos.

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