22 de octubre de 2017 5:00 hs
El fútbol no es solo un deporte. Es también un género literario y una disciplina de estudio. Todos los años se publica una cantidad importante de libros, no todos ellos importantes, aunque para todos ellos parece haber lectores. Una cantidad. De lo contrario... Estoy suscripto a un servicio de información de novedades literarias referidas al fútbol y me sorprende el volumen de investigaciones, sobre todo de perfil académico, que se realiza en varias partes del mundo al respecto. Sin ir más lejos, la semana pasada recibí un ejemplar obsequio del libro Beyond Soccer. International Relations and Politics. As Seen through the Beautiful Game, de Tamir Bar-On, publicado en agosto. La bibliografía sobre el fútbol es extensa, crece anualmente, aunque no todos los libros publicados logran alcanzar el destino más afortunado que todo libro desearía tener, esto es, ser traducido a varios idiomas. Tal como pude constatar, hay libros importantes en alemán, japonés y ruso, que nunca han sido traducidos al español, ni siquiera al inglés. Un proyecto interesante a realizar sería crear una especie de Biblioteca del Congreso solo de libros sobre fútbol, incluyendo en su catálogo de obras disponibles lo que se haya escrito en todos los idiomas hasta la fecha sobre el principal deporte, que es mucho y muy variado.

La ubicuidad del fútbol es extraordinaria. Me contaba mi querido amigo Rafique-um-Munir-Chowdhury, poeta y profesor de la Universidad Nacional de Dhaka, en Bangladés, que su país, con una población de 165 millones de personas, se paraliza cada vez que se disputa un mundial de fútbol. Los bangladesíes son fanáticos del fútbol sudamericano. Bangladés ocupa la posición 196 en el ranking de FIFA. Sin embargo, pese a la popularidad universal del más hermoso de los deportes, con el fútbol como tema central no hay ningún libro de ficción que pueda considerarse extraordinario. Los hay en cambio sobre béisbol y boxeo. Si bien podrían argumentarse razones para explicar este vacío, no es fácil llegar a conclusiones para saber bien por qué la literatura todavía no ha podido crear un gran cuento o novela extraordinaria sobre ese deporte que existe tanto en la cancha como en la imaginación de la gente.

Tiempo atrás leí una novela notablemente bien escrita (al autor le llevó siete años de labor), Netherland (2008), del irlandés Joseph O'Neill, una de las mejores narraciones de lo que va del siglo. Tiene al críquet como uno de los temas centrales. Hasta ese deporte, el más popular en India, Sri Lanka, Bangladés y Paquistán, tiene su lugar en la literatura considerada de calidad inobjetable.
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Sobre el béisbol, deporte cuyas reglas de juego tienen la complejidad formal de un poema barroco, hay dos o tres novelas excelentes, entre otras El Natural (1952), de Bernard Malamud, y Submundo (1997), de Don DeLillo, cuyo primer capítulo es uno de los mejores comienzos de novela que he leído. Sobre boxeo hay varias. A la cabeza me vienen enseguida Fat City (1969), de Leonard Gardner, convertida luego en la mejor película de John Huston, y que en español se conoce como Ciudad dorada, sin olvidar, imposible, La pelea (1975), de Norman Mailer, magnífico relato documentalista sobre el épico combate en Zaire entre Muhammad Ali y George Foreman, conocido con el nombre de The Rumble in the Jungle (La pelea en la selva). La pelea fue, por un tiempo, uno de mis libros favoritos por la capacidad que demuestra el autor para relatar –a partir de la emoción sin caer en lo obvio de los sentimientos– una experiencia inolvidable. Prácticamente todos los deportes, incluida la lucha libre, tienen al menos un relato ineludible sobre su dinámica y mitología. Quizá el mejor relativo a este deporte sea el de un uruguayo, Jacob y el otro, de Juan Carlos Onetti, cuento largo extraordinario.

El fútbol, en cambio, por alguna razón no demasiado precisa ni identificable, sigue siendo un tema inaccesible para la literatura. No hay, por ejemplo, ningún gran relato, así sea novela o cuento largo, sobre la gesta de Maracaná. Me parece que es uno de los mayores colmos literarios de este país. No hay nada escrito que intente siquiera emular la sublime emoción trasmitida por el relato radial uruguayo de aquella tarde tan fácil de rebobinar en el corazón. En 2002, a raíz de una larga entrevista que le hice, y de los increíbles detalles que me contó sobre lo acontecido antes y después del partido contra Brasil, surgió la posibilidad de hacer un libro "híbrido" (crisol de ficción y documento a la misma vez) sobre Juan Alberto Schiaffino, tal vez, por todo lo que dicen quienes lo vieron jugar, el mejor futbolista que ha dado el Uruguay. Schiaffino, con quien tenía muy buena relación por haber sido mi técnico durante los años sagrados de la adolescencia, estaba de acuerdo con el proyecto. Incluso aportó sugerencias sobre aspectos a tener en cuenta, como sus historias en Italia y su relación de amistad con Berlusconi. Pero luego su salud se deterioró y a los pocos meses falleció. Recuerdo la última vez que lo visité en su casa en Punta Gorda. La mañana era lluviosa, ideal para hablar y mirar a través del ventanal la playa que estaba enfrente. De pronto sentí que el tiempo había desaparecido. La voz embelesada del gran crack uruguayo, el gran 10 de todos los tiempos (con uno como él en Rusia, acompañando a Cavani y Suárez, saldríamos campeones, no me cabe duda), parecía la reencarnación de algunos sonidos favoritos de mi infancia. Cada 16 de julio, sin excepción, oía las grabaciones de los relatos de Cheto Pelliciari, Carlos Solé y Duilio de Feo, que me había regalado mi abuela, las que contenían la gloria oral y oficial del partido más épico de la historia del fútbol mundial.

La hazaña de Maracaná fue la última de las historias míticas, de las que empezaban con "Había una vez" y tenían un final feliz contra todas las expectativas. Ni siquiera Cecil B. DeMille podría haberlo imaginado tan bien. Los tres relatos son fabulosos (creo que mi favorito es el de Duilio, extraordinariamente preciso, aunque la emoción de Solé en ambos goles es incomparable). Y agregan, por si fuera necesario, el ambiente sonoro más ideal para que la hazaña (a la que los diccionarios definen como: 'Proeza, acción importante o heroica') adquiriera características de epopeya, en las cuales, tal como sabemos, siempre debe haber héroes y desafíos casi imposibles de superar, pero que al final son superados. Para eso están los héroes. Los héroes del día que en la historia de Uruguay equivalen en gloria al del desembarco en Normandía, fueron 11, pero sobre todo dos: Schiaffino y Ghiggia, autores del primer y del segundo gol uruguayo, golazos ambos, según los patrones de la estética deportiva de entonces y de hoy. Debo haber escuchado como mil veces aquel "Ghiggia dio para Schiaffino...", previo al grito de "goooool" del empate, en el minuto 66 y que significó el renacimiento de la esperanza. El capítulo inmediatamente anterior al siguiente, que comenzó en el minuto 79, cuando "el gran puntero derecho uruguayo" (definición de Solé) hizo entrar la pelota al arco y con ella entraron tanto a la historia el autor del gol como un país entero, futbolero de alma.

Esa historia existe, ocurrió, es la memoria viva de tres millones y pico de personas que habitan un país en cuyo corazón hay una cancha de fútbol. Es una que dio la vuelta al mundo y que cada tanto se rebobina con la esperanza de ser replicada en los hechos por la realidad. Uruguay, en fútbol, tiene una historia para contar que ningún otro país en el mundo ha vivido jamás de tal forma. ¿Por qué nadie hasta ahora ha podido elevarla a las cimas de gran literatura, esa en la cual las palabras y las frases bien escritas hacen goles tan magnos y eternos como los de Schiaffino y Gigghia el 16 de julio de 1950? Fue la tarde en que Dios les dijo a los uruguayos, al mundo: "Ahí les regalo una gran historia para contar, hagan con ella lo que quieran". En literatura, no hemos hecho mucho. Los goles de la imaginación literaria aún están por llegar.

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