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Los indignados de Carrasco

Una manifestación que sembró sospechas sobre toda mujer gorda que se anime a pasear por el barrio costero.

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21 de mayo de 2013 a las 00:00

Agustín es ese niño que en las fotos de la protesta de los vecinos de Carrasco realizada el viernes 17 aparece con un cartel en el que reclama “Quiero ir al cole en bici”. Agustín no sabe cómo se llama la calle en la que queda su colegio, el Jesús María, pero sí sabe, o por lo menos eso es lo que declara, que un día fue amenazado con un “arma blanca” por un desconocido para exigirle que le entregara la bicicleta.

Agustín no sabe el nombre de la calle de su escuela –tal vez desconozca el nombre de muchas calles de su barrio- pero ya sabe, lamentablemente, que a un cuchillo los cronistas policiales le llaman “arma blanca”. Y, si escuchó a la señora que tenía parada a unos metros de él, sabe que los alumnos del liceo 20 --que se arrimaron a ver de qué se trataba la movida- forman parte del “planchaje”.

También se podría haber sorprendido al escuchar que Lorena –una de las alumnas de ese liceo público- le decía a este cronista que la zona en donde se estaba realizando la protesta es “muy tranquila” y que la cosa se “pone brava para aquel lado”. El dedo de Lorena señalaba hacia el norte de avenida Italia.

Y, si no lo sabía antes, a partir del viernes Agustín aprendió de boca de Roberto Canessa que tendrá que tener cuidado de las señoras gordas que transiten por las calles de Carrasco llevando de la mano a dos niños. “Hay que identificar al enemigo ¿y ese auto por qué está estacionado ahí? ¿Quién es esa señora gorda que va con dos niños marcando casas que luego serán robadas?”, dijo Canessa frente a los cientos de personas que lo escuchaban.

Cuando lo dijo me acordé de pasadas recorridas por Carrasco con mi madre o con mi abuela y de sus dedos señalando algunas casas para decirme “mirá que lindas”. Supongo que, sin que nadie nos avisara, ya estaba el ojo avizor de algún Canessa controlando nuestros pasos.

Canessa, se sabe, es ese doctor que un día tuvo la desgracia de caerse en un avión- junto con otros rugbistas- en la cordillera de Los Andes. Y tuvo la suerte de salir ileso para contarnos año tras año las peripecias de su aventura. El viernes en la marcha contra la inseguridad en Carrasco volvió a echar mano al periplo que lo hizo famoso.

“Tenemos que unirnos (contra los delincuentes) como lo hicimos en la montaña”, propuso. Quiero decirle a Canessa que la cordillera que me propone escalar no me interesa en lo más mínimo. Que su formación le debería permitir darse cuenta de que vive en un barrio privilegiado en donde las balas no le andan picando al lado y cuyos vecinos tienen la posibilidad de enrejarse fuertemente o de contratar guardias privados por si falla la Policía.

Los carrasquenses tienen, por supuesto, todo el derecho a reclamar lo que les parece justo y a organizar un acto para pedir Justicia, para reclamar la renuncia del ministro Eduardo Bonomi, o para advertirle a sus vecinos que “en las próximas elecciones” deben recordar que los uruguayos “viven la mayor carga de impuestos de la vida del país y el mayor desastre en materia de seguridad”.

Pero, eso sí, deberían tener el mínimo sentido común para darse cuenta de que su “pesadilla diaria” sería el paraíso cotidiano para quienes hoy viven en Casavalle, en el Marconi o en muchísimos barrios de Montevideo. Por tanto, no estaría mal que, al menos esta vez, les tocara el último lugar en la cola de los que esperan soluciones.

Quienes vivimos fuera de la zona delimitada por el mar, Avenida Bolivia y Avenida Italia, ya estamos avisados: todos podemos ser esa señora gorda que se pasea con sus niños y que, desde el viernes pasado, está siendo vigilada por aquellos que nos miran desde una altura de la que, según parece, nunca se terminaron de bajar.

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