14 de mayo 2021 - 16:40hs

Los líos en el Frente Amplio siempre fueron muy intensos. Tan intensos que hoy a muchos dirigentes los asusta la apatía por la que pasa la izquierda. “Languidecer” es una palabra que está de moda por estos días, por ser el sentimiento que la larga pandemia provocó en muchas personas. La coalición de izquierda parece estar sufriendo algo similar. Ya no tiene ni siquiera problemas internos y eso es un síntoma de su debilidad. De eso te voy a hablar hoy en la newsletter de análisis político EnClave.

 

Una historia llena de conflictos 

El conflicto más lejano en la izquierda fue la primera ruptura del Partido Demócrata Cristiano con el Frente Amplio durante la dictadura, cuando Juan Pablo Terra pretendía un receso de la coalición a finales de la década de 1970. 

Luego, en la salida de la dictadura también hubo fuertes choques entre Hugo Villar y Juan José Crottogini, uno en Madrid y otro en Montevideo, en disputa por cuál de los dos presidía la Mesa Política. 

Más adelante llegaron los casos más conocidos y resonados. 

El más fuerte, sin dudas, fue la salida de Hugo Batalla en marzo de 1989, que implicó que casi la mitad de la bancada del FA se fuera. La izquierda, sin embargo, en las elecciones de ese mismo año se recompuso y logró retener la mayor parte de los votos (sacó el 22% y el Nuevo Espacio de Batalla el 9%). 

Otra disputa prolongada en el tiempo fue la que mantuvieron Líber Seregni y Tabaré Vázquez por el liderazgo de la coalición en la década de 1990. Con el correr de los años, los choques más intensos se dieron entre Vázquez y Danilo Astori. El apoyo del líder de Asamblea Uruguay, contrario al del resto del FA, a la reforma constitucional que introdujo el balotaje, implicó que Astori perdiera muchísimo capital político y se ganara muchos enemigos internos.

En el medio hubo otros problemas: el ingreso del MLN-Tupamaros al FA generó debate, al igual que la “indisciplina” de Jorge Zabalza en la Junta Departamental de Montevideo al desacatar un mandato político para votar la concesión del Hotel Carrasco, lo que provocó la renuncia de Vázquez a la presidencia del FA en 1998. 

Con el crecimiento de la figura de José Mujica y su enorme caudal electoral, el nuevo foco de conflicto estuvo entre él y Vázquez. La gestión de gobierno desde 2005 también le trajo a la izquierda un montón de líos internos. Los más estruendosos fueron sin duda entre Mujica y Astori como presidente y vice. Un solo ejemplo de ello fue que pocos meses después de abandonar esos cargos intercambiaron en 2015 cartas públicas con reproches

La salida del gobierno encontró al Frente Amplio en una crisis, que en este segundo año en la oposición parece llevarlo a una apatía severa.

 

Cuál es el proyecto 

Esos líos mantenían vivo el debate en el Frente Amplio: muchos de los problemas que enfrentaba la coalición eran por cuestiones de rumbo ideológico, de estrategias. 

La ausencia de disputas es solo un síntoma de la apatía y del verdadero problema de fondo que parece tener la izquierda hoy: la falta de un proyecto político que encarne una diferencia sustancial con los partidos que conforman el gobierno. Ese fue el gran diferencial del Frente Amplio en toda su historia. 

Si bien está claro que creció y llegó al gobierno gracias a liderazgos fuertes como los de Vázquez y Mujica, lo que siempre tuvo detrás fue un proyecto de país que, con modificaciones a lo largo de la historia, siempre tuvo un sustento programático.

Ya desde el final del segundo gobierno de izquierda (2010-2015), el FA se quedó sin programa. El tercer gobierno lo ganó con la inercia, pero sin un rumbo contundente. En este año y medio que lleva en la oposición desde la derrota electoral de 2019 tampoco ha avanzado en construir una alternativa.

El problema está en que todavía no ha podido resolver algo anterior a la elaboración programática: una conducción política respetada por todos y en la que todos se sientan representados.

El camino impuesto desde que el FA decidió que la presidencia del partido se resuelva en elecciones internas en las que compiten las diferentes corrientes rompió con una forma de conducción que buscaba el famoso consenso que tanto repetía Seregni.

Los dos presidentes del FA elegidos de esta forma, Mónica Xavier y Javier Miranda, trabajaron intensamente para representar a toda la coalición. Pero nunca lograron que el resto los vea como eso, porque fueron electos solo con los votos de una parte.

 

La tradicionalización

Astori, Mujica y Vázquez, los tres líderes que llevaron al FA al gobierno

Esta es tal vez otra de las formas en las que el FA se “tradicionalizó”. Durante mucho tiempo a la coalición no se la consideraba como un partido tradicional y así se diferenciaba de blancos y colorados. 

Eso cambió. En 1999 el politólogo Jaime Yaffé hizo un estudio en el que encontró  varios aspectos que demuestran cómo el Frente Amplio se había transformado en un tercer partido tradicional.

Yaffé analizó a la coalición desde 1984 a 1999 y encontró “un proceso de moderación política que redujo la distancia que lo separa de los partidos tradicionales”, tanto en aspectos programáticos como estructurales y de liderazgo. 

“La conclusión principal de este trabajo es que el Frente Amplio se ha vuelto un partido tradicional en sentido estricto”, dice el trabajo monográfico de Yaffé, que fue tutelado por José Rilla.

Pero si le faltaban elementos para esa tradicionalización se lo dieron los 15 años en el gobierno. Bien valdría la pena otro análisis académico del estilo de Yaffé para visualizar los cambios en ese sentido. 

Hay otro elemento de la situación política actual que recuerda mucho al funcionamiento de los partidos fundacionales: la lógica de que los sectores estén alineados detrás de liderazgos personales y que sean ellos los que lo llenen y no al revés. Por ejemplo, en la época dorada de los colorados posrestauración democrática, el partido era representado por dos alas que giraban en torno a dos figuras políticas: Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle. Si bien esas figuras tenían diferencias ideológicas y políticas, eran ellos los que moldeaban los sectores y no al revés. 

En la historia reciente del Partido Nacional también sucedía algo similar. El herrerismo era Luis Alberto Lacalle y el wilsonismo era Jorge Larrañaga. Los sectores giraban alrededor de los líderes

En la izquierda eso era diferente. Los sectores (y las bases en algún momento, aunque cada vez menos) eran los que marcaban el rumbo y desde allí nacían y se forjaban los líderes. El peso del sector y del partido era mayor.

Hoy el Frente Amplio está entre Yamandú Orsi y Carolina Cosse, con otros dos liderazgos en un segundo escalón: Óscar Andrade y Mario Bergara. 

Por ahora son liderazgos que se imponen más desde lo personal que desde lo sectorial. Por lo pronto no hay una conexión ni un amalgamiento que los haga funcionar como parte de una estructura única.

El ejemplo más contundente de esto fue la reunión que Cosse, Orsi y el intendente de Salto, Andrés Lima, tuvieron con el presidente Luis Lacalle Pou hace algunas semanas cuando los eligió como interlocutores por el FA. Los jefes comunales no coordinaron nada entre ellos antes de la reunión.

En la izquierda esta falta de apego a la estructura puede costar caro a los líderes emergentes. En el Frente Amplio al militante más tradicional eso no le gusta y los puede castigar. Salvo líderes consolidados como Vázquez o Mujica que pudieron ir en algunas oportunidades en contra del partido. Y solo en oportunidades limitadas.

 

Cómo salir de esta situación

Camilo dos Santos Javier Miranda

Cuando uno habla con dirigentes del FA todos plantean como solución a esta crisis de apatía el recambio de la conducción de la presidencia. La mayoría cree que cuando Miranda deje la presidencia y asuma un nuevo equipo esa situación puede cambiar. 

Pero un nuevo presidente no podrá hacer magia. Son los dirigentes de la primera línea los que deben lograr que el acuerdo para instaurar nuevas autoridades no cometa los mismos errores de las últimas dos oportunidades: hacerle sentir a algunos grupos o sectores que no están siendo representados por la conducción política. En definitiva, lo que el FA necesita es volver a una de sus bases fundacionales: el consenso en vez de la mayoría.

 

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