Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

Los platos por la cabeza y “Parla!” 

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15 de septiembre de 2019 a las 05:00

Por Leslie Ford, del Trinity College, en Oxford.

Los platos por la cabeza 

Querida Magdalena:


No debe usted atribuirme la intención de querer agotar un tema de suyo inabarcable pero, ya que me corresponde esta semana abrir el diálogo, se me antojó académicamente oportuno decir todavía un par de cosas acerca de aquel Dios del que nos hemos venido ocupando este último tiempo. 

Y, si es verdad que Hegel se divertía imaginando a Kant otorgándole a Dios la existencia, una cosa sabemos de cierto, y es que los hombres se las vieron con Dios mucho antes de que, por la faz de la Tierra se dibujara la sombra del primer filósofo.  

Por alguna razón, cuando trato de encontrar una expresión de la antigua relación entre Dios y el hombre, mi memoria engendra siempre la imagen del Moisés de Miguel Ángel que se encuentra en la iglesia romana de San Pietro in Vincoli, y que tan bien muestra lo que de él dice el antiguo texto sagrado: que hablaba con Dios cara a cara, como con un amigo. 

Hasta ahora nuestras consideraciones se han movido dentro de los límites de la Filosofía -y espero que de la razón- pero quizás ha llegado el momento de escuchar al poeta: “There are more things in Heaven and Earth, Magdalena and Leslie, / Than are dreamt of in your philosophy”: hay más cosas en los Cielos y en la Tierra, de las que sueña nuestra Filosofía. 

La inteligibilidad del Ser no se agota en la Filosofía, porque la realidad siempre es más grande que lo que de ella podemos conocer por la razón. ¡Cuánto más si el objeto de nuestra pretensión cognitiva es el primer principio, el término primero absoluto sin el que, al decir de muchos, nada, nada sería!  

Decía usted, citando a Platón, que este absoluto que a todos ilumina es también el fin de las acciones humanas. Con una nota de melancolía no obstante, pues el alma no puede contemplarlo directamente y así sólo tiene “cierta intuición sobre su naturaleza”, pero no conocimiento pleno -y esto es causa de desconcierto. En el mismo sentido, dice Tomás de Aquino que aunque podemos conocer fácilmente y sin error la existencia de Dios, de su naturaleza es poco lo que está a nuestro alcance. Es decir, que hay una inmensa falta de información precisamente en el objeto del conocimiento del que cabría esperar la mayor abundancia. Una vez más Platón explica que esa ceguera ante la luz no es por defecto del sol, sino por la poca costumbre que tienen nuestros ojos de la luz del sol -no olvidemos que venimos de una vida entera de mirar sombras en su Caverna.

Sea como fuere, si nos atenemos a una experiencia largamente documentada en la historia y en la cultura de los hombres, Dios es mucho más que el Dios de los filósofos: es un ser personal. Y es por eso, sólo por eso, que es posible entrar en diálogo con Él. 

Nuestro querido Martin Buber, el filósofo judío al que debemos, en gran parte, la Filosofía del Diálogo, fue tan consciente de la centralidad de este hecho, de la inimaginable perspectiva que este hecho abre al hombre que, casi como apéndice del famoso “Yo y Tú” de 1923, recopiló durante años textos en los que se recogían experiencias reales y coloquiales entre los hombres y Dios. Su libro “Confesiones extáticas”, es un asombroso documento, no tanto porque el hombre hable, que eso ya lo sabíamos, ¡sino porque Dios contesta! Donde la Filosofía encontraba ceguera, ahora hay diálogo, hay familiaridad y hay encuentro.

A esto parece referirse una nota de un autor medieval que tomé hace años, cuando estudiaba Paleografía en Londres. Se refería al famoso Job, personificación de la paciencia misma; que, en un momento dado -harto de los males que, como en una novela de Stephen King, un ejército de diablos ha preparado para él-, explota y grita: “¡Basta ya! ¡Desearía discutir con Dios!”  

Y decía el comentarista que, en un primer momento, le había parecido desproporcionado ese grito de un hombrecillo contra el Dios que hizo el Cielo y la Tierra. Pero luego añade: “Y, sin embargo, no lo es, porque Dios y el hombre son de la misma familia”.

Esta intuición le habría encantado, estoy seguro, a Buber. Pues si es verdad que “toda vida es encuentro”, no es menos cierto que los encuentros no siempre están exentos de malentendidos. Y no ha faltado quienes, como Job, han querido tirarle a Dios los platos por la cabeza.  

Como en cualquier familia bien avenida.

“Toda vida real es encuentro” 

Martin Buber

“Parla!” 

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College

Estimado Leslie:

¡Qué belleza la del Moisés de Miguel Ángel! 

Recuerdo haber llorado a lágrima viva –como en el poema de Oliverio Girondo- cuando me encontré con la Pietà en la basílica de San Pedro.  El gesto de la Virgen María sosteniendo a Jesús muerto en sus brazos activó poderosamente en mí lo que los neurocientíficos llaman “neuronas espejo”, relacionadas con nuestra capacidad para empatizar con otros. La técnica de Miguel Ángel es, sin duda, magnífica. Pero lo que hace de él un auténtico genio es su don para descubrir lo que permanece encerrado dentro de un bloque bruto de piedra. Frente a la Pietà uno no sólo admira la perfección de una excelsa obra de arte, sino que también puede sentir la desgarradora agonía de una madre ante la muerte de su hijo.  Las esculturas de Miguel Ángel desafían la lógica que identifica vitalidad con movimiento: petrificadas e imperturbables  irradian, no obstante esto, un singular aliento de vida. “Vi el ángel en el mármol y tallé hasta que lo puse en libertad”. Esta frase expresa lo que para Miguel Ángel significaba el arte de esculpir, y la potencia animada que insuflaba a sus obras.  

Coincido plenamente con usted cuando dice que la realidad es mucho más vasta de lo que podemos conocer por medio de la sola y pura razón. Sin embargo, también creo que necesitamos de la inteligencia para tomar una clara y sana consciencia de esto. Espero que no desestime mi argumento presumiendo que es el resultado de una “deformación profesional”.  De hecho, como “Coffee and Cigarettes”, mi pasión por el análisis racional se combina gozosamente con el disfrute de ciertas certidumbres que mi entendimiento no puede justificar. Pero cuando el “creer en lo que no puedo explicar” no está tamizado por el pensamiento crítico, corremos el riesgo de caer en las más nocivas formas de ceguera, como son la idolatría y el fanatismo irracionales.  

Hace poco tiempo asistí a una ceremonia en la Iglesia Universal del Reino de Dios, y con todo respeto por los allí presentes -una multitud, por cierto-, debo decir que me vi impactada por el carácter sumamente sugestionable de nuestra humana naturaleza.  La realidad puede ser tan, pero tan dura a veces, que basta una hábil retórica (y el aporte del diezmo) para que personas sufrientes y desesperadas crean que le hablan a Dios y que Él les responde, aliviando así la carga que la vida les impone.  Claro que éste no es el diálogo al que refiere Buber.  La diferencia radica, justamente, en que, como filósofo, Buber llega a su Filosofía del Diálogo después de haber reflexionado largo tiempo acerca de los límites de la inteligencia humana para conocer todo lo que existe tanto en la tierra como en el cielo. 

Fui educada en la creencia en ese Dios personal que usted menciona en su carta.  Sin embargo, y a pesar de que aún hoy tiendo –por default– a pensar en Dios de esa manera, comprendo perfectamente por qué Einstein decía que sólo podía creer en el dios de Spinoza, representado en la expresión Deux sive Natura (Dios O la Naturaleza). Para Spinoza Dios no es alguien fuera de este mundo, sino que se encuentra unido en forma inseparable a todo lo que existe: todo es Dios porque Dios es la Naturaleza, y la forma en que se nos revela es a partir de la armonía, lógicamente justificable, que reina en el Universo. Spinoza sostiene que existe un solo ser, Dios, que comprende todo lo que es -la historia universal y a cada uno de nosotros, nuestra vida, lo que soñamos y pensamos, lo que será mañana, el día de nuestra muerte, la Pietà de Miguel Ángel y también su Moisés-. Para el panteísmo spinoziano Dios no es un ser personal trascendente con quien dialogamos “cara a cara”. Nuestro encuentro con Él se parece, más bien, a la respuesta de Sócrates cuando le preguntaron ¿qué es la Filosofía?: “El silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser”.   

Cuenta la leyenda que al terminar de esculpir al Moisés, a Miguel Ángel le pareció tan real que quiso que le hablara: “Parla!”, le ordenó.  Sin recibir respuesta alguna, al igual que Job, el frustrado e impaciente artista golpeó la rodilla del Moisés con su mazo. 

¡Es tan poco lo que sé de Dios, querido Leslie! Pero en lo que va de mi vida ha sido siempre en ese silencioso diálogo de mi alma consigo misma donde me he encontrado más íntimamente conectada con la divinidad, aún sin poder explicar ni comprender totalmente su insondable misterio.

“Dios existe. Y si no existe debería existir. Existe en cada uno de nosotros ,como aspiración, como necesidad, y también como último fondo, intocable de nuestro ser” 

Octavio Paz

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