13 de julio de 2012 19:12 hs

Decir que era pintor sería demasiado. Se ajusta más decir que la pintura era su faceta artística menos conocida. El músico Eduardo Mateo, autor de canciones que marcaron épocas y generaciones como Príncipe Azul, también pintaba.

Roberto Sampognaro, un vecino de Melilla, exconcejal y exasesor honorario de la Comisión de Montevideo Rural, tiene dos cuadros que el músico creó hace 30 años, cuando vivió en su chacra.

Son dos óleos chicos. Sampognaro no los tiene colgados y no le interesa saber qué valor pueden tener en el mercado. Para él son el recuerdo de una buena época, dos imágenes que lo llevan a su juventud.

Más noticias

Hace 30 años Melilla no tenía tantos salones de fiestas como tiene hoy. Era una zona de quintas, con pocos vecinos, donde no todos tenían teléfono. Si bien ha cambiado, igual mantiene su identidad. Por ejemplo, el almacén Cavalieri sigue siendo un punto de encuentro. “Es otra vida a pesar de estar a 20 minutos del Centro de Montevideo. Es lo lindo que tiene esta zona”, asegura.

La casa de Sampognaro estaba vacía por aquel entonces. Él tenía veintipocos años y vivía con su hermana y sus padres en Ciudad Vieja. A la chacra, que había sido de su tía abuela, iba algún fin de semana que otro. Frecuentaba el café Sorocabana, por aquel entonces ubicado en la Plaza Libertad, reducto de artistas y bohemios. Lo bueno que tenía ese lugar, dice, es que podía pasar horas solo con un café.

A Mateo lo tenía de vista, pero no sabía quién era realmente. Quizás lo identificaba por su pelo largo, su bigote y esa particular forma de hablar, como con los dientes apretados. Un día, el músico se le acercó a la mesa y le dijo: “Vos debés tener una casa vacía para que yo me pueda quedar, ¿no?”. “Sí, tengo una casa en una chacra en Melilla, si querés irte para allá…”. “Bueno”, respondió Mateo.

Parece extraño, pero fue así. Salieron del Sorocabana y se tomaron un ómnibus de la línea 131 que llegaba a Melilla. Sampognaro iba sentado y Mateo parado, hablando y riéndose solo. “Yo quedé un poco sigiloso”, confiesa el dueño de la chacra. El más urbano de los músicos uruguayos se estaba mudando a una zona rural.

Las pinturas

Sampognaro está sentado en un sillón frente a la estufa a leña. Lo que hoy es su oficina, donde mantiene reuniones de negocios rurales, antes era un galpón donde hacía fiestas y bailes.

María, su hermana, le trae los dos cuadritos. Uno tiene un bosque de cipreses como el que hay en la chacra, con una luna enorme y redonda en el cielo. El otro tiene siluetas de edificios con una luna parecida al primero. A María le gustan: “Lo que yo vi estaba bien pintado”. Según ella, el artista hizo un buen uso de los colores.

Los recuerdos vienen a la memoria de Sampognaro. Al principio, cuenta, Mateo llevaba una vida un tanto desordenada. No tenía horario para comer ni para dormir, las luces podían estar prendidas a las dos de la tarde como a las cuatro de la mañana y resultaba un vecino extraño para la zona. Sin ningún tipo de vergüenza, podía halagar los ojos de la mujer que lo atendía en el mostrador del Cavalieri, lo cual generaba cierta incomodidad: su espontaneidad chocaba de frente con la rutinaria y conservadora vida de Melilla.

Contra todos los pronósticos, Mateo se fue quedando en la chacra. Y se fue ordenando. Un hombre de apellido Fuentes, domador de caballos que en aquella época estaba en la casa, se convirtió en su compañero de todos los días. Con él conversaba, tomaba mate y aprendía sobre caballos.

Sampognaro dice que en la chacra Mateo encontró inspiración. Lo vio escribir y pintar. Usaba un caballete que había en la casa y que perteneció a la tía abuela de Sampognaro. Sobre él apoyaba los bastidores. El caballete todavía está en la chacra, guardado en el galpón que hoy es oficina.

Parte de la historia de Sampognaro y Mateo está contada en el libro Razones locas, de Guilherme de Alencar Pinto,que repasa “el paso de Eduardo Mateo por la música uruguaya”.
En un pasaje del libro, Julio Pelossi, un técnico de sonido, cuenta que le sugirió a Mateo vender cuadros para no “vivir del mangueo”. Un día, dice, fueron a comprar pinturas, pinceles, témperas, óleos y seis telas. El músico se fue a pintar y regresó a las dos horas con las seis telas pintadas adonde estaba Pelossi. “Ya está. Ya terminé. Comprámelas”, le dijo. Le compró dos por cinco pesos cada una.

Cuando vio un tercer cuadro notó que la pintura había pasado de un lado a otro, no sabe si por la lluvia o si era porque “él mezclaba la pintura con huevo frito, con tierra, con arena, con ladrillos molidos”. Cuando lo levantó para mostrárselo, le dijo: “Este vale diez”. Pelossi le preguntó por qué y Mateo respondió: “Porque es reversible. Mirá: tiene dos lados”.

Sampognaro cuenta que Mateo era muy generoso y que, si tenía más cuadros,probablemente los regaló. En su opinión, la pintura era para el músico otra forma de manifestar su creatividad. “Era una expresión más de él”. Sampognaro conserva esos dos cuadros no para reivindicar la faceta menos conocida de aquel amigo, sino más bien para regresar a los buenos momentos de su pasado.

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos