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Montevideo por Arana: ¿cuáles son las sus calles, edificios, plazas y atardeceres predilectos?

El exintendente de Montevideo elige algunas de las postales de la capital en las que se funda su pasión por la ciudad

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28 de noviembre de 2020 a las 05:01

Pocas cosas le gustan más a Mariano Arana que conversar con Montevideo. No es que estrictamente hable con la ciudad, pero a su manera lo hace. Mientras camina sus calles arboladas, paladea los parques y las plazas y reimprime algunos momentos de su infancia y juventud en postales cotidianas, el arquitecto y ex intendente dialoga con la capital de una manera visceral y la piensa constantemente. De pique queda pautado su amor por la ciudad en ese quiebre que se le nota en la voz; siempre está dispuesto a hablar, pero cuando entiende que la convocatoria es para charlar sobre Montevideo, el tono del asunto cambia. Se vuelve personal. Emocional. 

Así, en parte, es como recorre la capital en Arana. pasión por Montevideo, un libro editado recientemente por Banda Oriental donde a través de los textos del escritor Horacio Cavallo y las fotografías de Carlos Contrera, el arquitecto desenvuelve su amor por la ciudad a través de una larga caminata, bien abrigado, por calles, monumentos, edificios y barrios. En el puño de Cavallo, el recorrido empieza así: “Arana tiene puesto un pantalón de vestir y un saco haciendo juego. Usa unos zapatos raros, oscuros, parecidos a championes. Hace frío, estamos a la mitad del invierno de 2019, y cualquiera diría que todo esto debería haber empezado algunos meses más tarde. Cuando llegamos al monumento a Bruno Mauricio de Zabala empieza a hablar como si lo hiciera para un auditorio”.

En ese libro la lengua arquitectónica del hombre de 87 años se suelta y no para de dar, justamente, cátedra a ese auditorio imaginario, auditorio de lectores que luego leerán un testamento puramente montevideano. Y si bien en varias de sus intervenciones quedan pautadas sus preferencias, en Luces quisimos ir a por más. Quisimos rascar la corteza del Arana arquitecto y encontrar al Arana ciudadano, preguntarle puntualmente sobre cómo vive él la ciudad, que nos cuente cuándo una calle es más bella, qué tienen de particular los edificios que lo fascinan, dónde ha visto los mejores atardeceres capitalinos de su vida, por qué Montevideo se siente así. En resumen: entender, a través de su voz, cómo una de las personalidades más importantes del urbanismo uruguayo contemporáneo piensa y quiere a la ciudad que lo vio nacer, crecer y ser.

Tres calles

“La primera que me vino a la mente es una que está en Pocitos y me encanta: Santiago Vázquez. Es una calle brutal, que no respeta estrictamente el damero que viene de las leyes de Indias, el damero octogonal. No lo hace en todo su recorrido a un lado y el otro de Avenida Brasil, y además tiene un conjunto de viviendas que, la mayoría, están construidas por los famosos arquitectos Ramón Bello y Alberto Reborati. Sus casas son todas distintas en pequeñas variantes, pero tienen una homogeneidad en el ritmo de puerta-ventana, en los garajes, en sus pequeñas escaleritas de medio tramo. Santiago Vázquez no es recta, tiene un pequeño desvío hacia el este y además tiene una variante de la altitud; hay una bajadita. Es una calle bárbara, francamente.

Pero no todo es Pocitos. Está también 19 de abril en el Prado, imponente. En invierno y en verano. No solo cuando está plena de hojas como ahora. A veces me ha dado la sensación de que la calle llega a tener una tonalidad dorada, y a través de los ramazones se notan una serie de casonas que todavía, felizmente, existen. Algunas muy antiguas y lindas, otras más nuevas pero hechas con sensibilidad.

Luego, una que está en Punta Gorda, que se aproxima a la rambla, y que es Lucerna cuando empieza el otoño y los cipreses calvos empiezan a tener una coloración canela, de color oxidado. Es de una belleza que no se puede creer.”

Tres edificios

“Me costó elegir. Soy un maniático de la arquitectura y estoy muy embalado no solo con la arquitectura soberbia que tenemos del siglo XIX, sino también con la modernidad arquitectónica del Uruguay, que tiene edificios que son incomparables respecto a todos los que conozco de ese estilo en América Latina. Aunque puede ser que en algunas cosas empatemos con México. De todas formas, pensé enseguida en el Palacio Lapido, el viejo edificio de La Tribuna Popular, y que luego fue sede del diario del Partido Comunista, El Popular, un edificio al que le destrozaron la entrada a lo bestia con un tanque en épocas superadas felizmente. El Lapido es un edificio de los años 30, de dos arquitectos, Juan María Aubriot y Ricardo Valabrega, que falleció con más de cien años y era un tipo fuera de serie.

Palacio Lapido

También el Club Uruguay, que es de fines del siglo XIX y obra de Luigi Andreoni, uno de esos talentosísimos creadores que se formó como ingeniero en Italia y luego vino a Uruguay recién recibido y se quedó hasta que se murió, haciendo maravilla tras maravilla. El club es uno de esos ejemplos, frente a la Plaza Matriz. Es un edificio imponente, algo muy exquisito en su época además, muy selectivo hasta bien entrado el siglo XX. Hoy día creo que se puede almorzar allí y visitarlo. Es una obra fenomenal. Andreoni también hizo la casa que es sede del Partido Nacional y esa maravilla que es la actual embajada francesa. Y también hizo el ferrocarril y el hospital italiano. Hay que ver los patios del Italiano; parecen palacios de la Italia del norte.

Club Uruguay

La tercera obra es el Instituto de Higiene, también contemporánea y de Carlos A. Surraco, otro enorme arquitecto que felizmente conocí y pudimos entrevistarlo a través de un par de volúmenes sobre modernidad con la Facultad de Arquitectura. Ese edificio es una maravilla en su exterior y en su interior. Es un edificio brutal.”

Tres plazas

“De nuevo volvemos a Pocitos. Viví por largos años en una casita muy chiquitita en la calle Jaime Zudañez, y para ir a la playa bajaba por la escalerita de la Plaza Gomensoro. Esas plazas de dos niveles son una cosa que me encanta, no se pueden creer. Es una lástima que a veces la gente maltrata demasiado a la obra pública, porque esas escaleras tenían una forma muy linda, y en lugar de balaustro tenía unas piezas de cerámica que parecían tejas, y alguien las dañó. Fue un daño a la ciudad y a los habitantes de Montevideo.

Plaza Gomensoro con el detalle de las "tejas" en la escalera

Después, la plaza Zabala. Es curiosísima. Todo Montevideo, en su fundación, en pleno siglo XIX, se modeló de acuerdo a las leyes de Indias, con un estricto damero y como si fuera un tablero para jugar a las damas o al ajedrez. Pero en la Zabala, curiosamente, eso se desvía: allí estaba el viejo fuerte de Montevideo hasta que finalmente se lo ahuecó y quedó esa plaza soberbia. No solamente tenés el Palacio Taranco de vecino, que enriquece a la plaza, sino que desde varios puntos podés mirar la punta de la escollera, la punta de la Ciudad Vieja, y hacia el norte vez los barcos y parte de la instalación portuaria, a donde ahora desgraciadamente no se puede entrar. Recuerdo que íbamos con mi hermano y mi papá, que tenía buen gusto, y nos señalaba y enseñaba sobre los edificios de la Ciudad Vieja.

Otra plaza que me encanta y que no tiene nada que ver con las vinculadas a obras de cierta jerarquía y barrios en general opulentos como la Ciudad Vieja –cuando se concentraba la oligarquía del país hasta bien entrado el siglo XX– o Pocitos, es la plaza Casavalle. Evidentemente, se hizo inspirada en la plaza Seregni, que más que plaza es un parque y está muy bien. La plaza Casavalle es un orgullo para la gente de la zona. Recuerdo que no pude estar en la inauguración y cuando fui uno o dos días después a sacar fotos, pensando en lo que efectivamente se hizo, se me acercó una señora con un niño, no me conoció, y me dijo suavecito: "Vio, ahora nos vienen a ver a nosotros". Me emocionó de una manera tremenda.”

Tres atardeceres

“Qué querés que te diga, uno de ellos está muy cerca de donde vivo ahora: desde el Parque Capurro, una plaza recuperada y reconquistada. Es una muestra de arquitectos que tienen responsabilidad en el diseño y que han hecho maravillas con lo que era y ahora es el lugar. El parque Capurro quedó perfecto, y con los atardeceres desde ahí se te caen las medias. No es una expresión muy académica, pero es así.

Todo tiene que ver en gran medida con el agua. El agua en Montevideo, sea de un Miguelete recuperado como el Río de la Plata, es fundamental. Y por eso, también elegiría alguno de los clubes de pescadores, en particular el Club de Pesca Montevideo, del que logramos que la callejuela que bordea la bahía más allá de la playa Ramírez sea un espacio público, porque antes no dejaban pasar a la gente. Un disparate.

Y luego, otro punto que me encanta y tiene que ver mucho con la topografía y con el agua es el atardecer desde la Plaza Virgilio. Durante la puesta de sol presenta un espectáculo paisajístico que te morís. Impresionante. Tenés que ir con un médico al lado para que te vaya tomando la presión.”

Donde Arana se apropia de Montevideo

“Primero la altura: tanto en el panorámico de la Intendencia, como en el piso 26 de la Torre de Antel, tenés una vista de 360 grados de la ciudad desde ese ámbito fenomenal. De lado a lado, de punta a punta.

Luego, la explanada que está frente a la iglesia del Cerrito de la Victoria me emociona mucho. Es una zona contraria a algunas otras que he mencionado, donde hay poblaciones que para habitar en las cercanías tienen que pagar precios muy elevados, pero esa es una zona muy popular donde arquitectos buenísimos han hecho muchas cosas buenas y ahí aparece esa explanada.

Por último, un punto en el límite de Montevideo. De niño viajábamos con mi mamá en el tren de la barra, que tenía una bocina inolvidable y era un paseo divino que nos llevaba hasta ese lugar donde el río Santa Lucía se derrama en el Río de la Plata. Aquellos tranvías que nos llevaban como visitantes recorrían todos los mercados de Montevideo –el central, el de la abundancia– y terminaban en Santiago Vázquez. Desde allí todavía vale la pena ir a mirar la puesta de sol, o a mirar todo el resto del Santa Lucía, con los barquitos cerca del viejo puente móvil. Es un paseo soberbio.”

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