A fines de los años 1990 y principios de los 2000, la gente en las fiestas comenzó a hablar de las series de televisión como antes lo hacía sobre las películas. Fue el amanecer de lo que llegó a conocerse como “la edad dorada de la televisión”, un término que se ha repetido tanto que se convirtió en un cliché. Era la época en la que se emitían Los archivos X, Twin Peaks, Friends, Los Soprano y Buffy la cazavampiros. Luego llegaron The Wire, Six Feet Under y Mad Men. Durante años se intentó descifrar lo que sucedía en Lost. La gente insistía a sus conocidos para que comenzaran a mirar la nueva serie sobre el fabricante de metanfetaminas de Albuquerque (Breaking Bad) o sobre la agente de la CIA con trastorno bipolar (Homeland). Cada show se convertía en el mejor de todos los tiempos.
En otras palabras, los espectadores actuales saben cómo se siente vivir en una era dorada de la televisión. La cuestión es si aún estamos en ella o no. Es probable que ya haya terminado. Los programas de televisión salen uno detrás de otro desde una variedad de fuentes, y todos tienen una gran calidad desde el punto de vista técnico, gracias a programas innovadores que hace una década no existían, y que elevaron el nivel en general. Pero hay que admitir que estamos ingresando en una “era de plata” que puede durar un largo tiempo.
Con un incremento de las expectativas y una sobreproducción de programación, nos estamos acostumbrando a programas que, en el mejor de los casos, son bastante buenos pero no brillantes. El hecho de que ahora haya más series en producción que nunca –en el cable, en canales premium o a través de servicios de streaming– ha matado a la era dorada en lugar de prolongarla. Hoy, lo “bastante bueno” es suficiente, en tanto se pueda convencer a un grupo de espectadores de que han encontrado su nuevo programa favorito.
Ese es el caso de la múltiple ganadora del Emmy Mad Men. El programa, que el domingo estrena el primero de sus siete episodios finales (ver tapa), es uno de los últimos sobrevivientes de la era triunfante de la televisión. La hemos visto descender desde sus temporadas más excelsas hasta ser, justamente, bastante buena.
Sus ratings nunca fueron impresionantes, sobre todo cuando se los compara con el éxito de The Walking Dead, también creada por la cadena AMC y que se trata de un producto que encaja a la perfección con las demandas de la era de plata televisiva, con acción, violencia gráfica y personajes que prácticamente resaltan con un marcador en sus guiones los temas importantes para que el espectador los conozca.
Calidad sobre cantidad
Hay un par de centenas de series en producción. Cada una cuenta con su equipo de marketing y con reseñas positivas al momento del lanzamiento, pero eventualmente se van perdiendo, sin nadie que las mire. Todos los canales, cadenas y servicios online quieren tener el próximo éxito, así que siguiendo la tendencia de HBO esperan con paciencia a sus series, renovando por una o dos temporadas más a los programas que no tienen éxito para que encuentren su propio ritmo y su audiencia.
Hay elementos y temáticas que se repiten. Los dramas televisivos que tratan sobre contraterrorismo tienen debilidad por los subtítulos, lo que les da un aire “cinematográfico”, y optan por las locaciones sombrías. También se favorecen los misterios largos que abarcan una temporada (o varias) hasta que son resueltos por sus personajes emocionalmente inestables, como en True Detective.
Pasado un tiempo, cada programa empieza a sentirse como igual al resto. Alguien los está viendo (un amigo, un pariente, un crítico de televisión) y te prometes que lo vas a seguir, cuando tengas tiempo. Es que la era de plata de la televisión genera la sensación de que siempre se está corriendo de atrás.