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Cómo influye el pago en las obras de los artistas más destacados de Uruguay

Músicos, escritores y cineastas explican su particular relación con el lugar en el que nacieron y cómo influye en sus obras

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17 de septiembre de 2018 a las 16:42

*Esta nota está ilustrada con imágenes de los fotógrafos de El Observador Diego Battiste, Camilo dos Santos y Leonardo Carreño, todos oriundos de diferentes localidades del interior. Las fotografías representan diferentes facetas de su lugar de origen y fueron elegidas por ellos. 

A veces me pregunto cuándo me voy a cansar de volver. No de manera física, eso no; sé bien que Paysandú va a seguir estando allí para ser esa especie de puerto seguro y conocido, el oasis semibucólico que tranquiliza aguas agitadas por tormentas capitalinas esporádicas. No es la vuelta física la que me preocupa. Me atraviesa, de vez en cuando, la duda sobre la otra, esa vuelta sensorial que me hace salpicar textos y artículos con experiencias del litoral, la que me hace ventilar reflexiones íntimas nacidas en cunas sanduceras en publicaciones generalmente periodísticas, o la que me impulsa a proponer ideas como la de esta nota. Me preocupa, sobre todo, saber hasta cuándo voy a estar sometido, textual y existencialmente, a mis años en el interior. 

Pero entonces las respuestas a la consigna de esta suerte de “ensayo colectivo sobre el origen” comienzan a llegar. Veo que Dani Umpi me dice que siempre estamos volviendo a casa. Leo como Damián González Bertolino y Gustavo Espinosa anclaron su literatura a su departamento y costumbres. Cómo Lucía Trentini moldeó su dramaturgia a partir de tardes duraznenses. Cómo Alfonsina, a pesar de no haber nacido en Paysandú, empapó su música con vibraciones familiares de esa ciudad.

Y entonces la duda es reemplazada por la certeza de que, seguramente, no me voy a agotar. Seguramente seguiré manchando mi periodismo con retazos del interior, continuaré cumpliendo esta especie de pena dictada por el desarraigo tempranero; vendrán más notas, más textos, más cosas. Y calculo que lo voy a disfrutar, porque eso es lo que estoy haciendo ahora. Porque esto también es volver, y tanto yo como los artistas que hablan a continuación podemos asegurar que es una vuelta tan grata como la otra. Y, quizá, un poquito más.

Alfonsina Álvarez

Cantante y compositora / Paysandú

Mi historia familiar tiene raíces en Paysandú. Era desde allí que mi abuelo materno me enviaba sus cartas, poemas y cuentos escritos por él y que me infundieron inclinaciones poéticas para siempre. Hoy entiendo a la música como una extensión de la poesía. Mis padres se conocieron allí, se enamoraron allí. Mis abuelos paternos llevaron sus vidas a Paysandú para fundar el servicio de psiquiatría y criar a sus hijos. Cuando era chica vivía esperando el momento de ir a visitarlos, donde la cuadra era tranquila, los juegos con las amigas eran más imaginativos y más atentos, el tiempo iba más lento, el cielo parecía más grande.

Manuel Berriel

Codirector de La noche que no se repite / San José

Tenemos una única película (dirigida junto a Aparicio García) y fue actuada y realizada casi que enteramente por maragatos, además de que fue filmada en San José y basada en la novela del autor también maragato Pedro Peña. Por todo eso, podríamos decir que la influencia del interior en nuestra obra es absoluta. 

Una de nuestras mayores motivaciones para adaptar la novela era que conocíamos el terreno y nos parecía divertida la aventura de revisitar nuestro pasado, especialmente nuestra adolescencia en la ciudad, ya que desde hace años trabajamos y vivimos en Montevideo. Nuestras experiencias en la ciudad influyeron absolutamente a la hora de encarar las escenas y moldear los personajes. 

La película es coral, no sigue la línea narrativa de un solo protagonista. Los diferentes caminos están interconectados y sus destinos comienzan a entreverarse. Siempre pensamos que este estilo narrativo de la historia estaba ligado a la vida de un pueblo chico donde las personas están estrechamente conectadas por el tamaño del lugar. En ellos, la gente se encuentra más cerca y sus caminos están inevitablemente más entrecruzados. A diferencia de lo que sucede en la ciudad, donde las personas se diluyen más en una masa anónima.

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Inés Bortagaray 

Escritora, guionista / Salto

He vivido más años en Montevideo que en Salto, donde nací y crecí, y sin embargo la noción de arraigo es totalmente nítida: soy salteña y siento que esa ciudad y la costa del río Uruguay son muy importantes en mi vida. Tengo una colección de lugares favoritos y de usos y costumbres que se construyeron allá. Y tengo gran parte de mi familia allá, también.

Creo que esos orígenes se transparentan en mi trabajo de modo inconsciente. No es algo sobre lo que tenga demasiado control. Supongo que esto está vinculado con una infancia en un ambiente que dominaba, un espacio con coordenadas claras, donde me podía mover con independencia, y entonces hay una idea de libertad y de felicidad que quedaron prendidas a ese tiempo para siempre. El problema, si lo hay, es la idealización (todo ha cambiado mucho) y esa nostalgia que a veces se vuelve un poco zumbona y que puede llegar a ser mentirosa. También hay palabras y un fraseo que moldearon el oído y el vocabulario. Y después están los ilustres: a Quiroga, Amorim, Marosa di Giorgio, Lamarque Pons, Aquilino Pío, hoy se suman Suárez y Cavani. Hace poco se presentó en La Paz la edición boliviana de mi Prontos, listos, ya, y fue muy simpático ver en las gacetillas de prensa la alusión a mi lugar de nacimiento como la patria de los grandes futbolistas. Una alianza improbable.

Alicia Cano

Cineasta / Salto

Todo está en la infancia. Cuando llegué a la historia del Bella Vista (equipo de fútbol que fue foco de su primer documental) fue a raíz de una noticia del diario que me resultó profundamente familiar. Y creo que desde la creación, de formas más o menos tangibles, siempre estamos evocando esos paisajes, esas baldosas que a una edad eran enormes y con el paso del tiempo se van desdibujando. Así creo que influye el interior en mi obra, de forma intangible, desdibujada, magnificada por el recuerdo. De hecho ahora estoy preparando una nueva película que es el Italia, pero la pregunta que guía es sobre el significado del hogar. Aunque los paisajes sean ajenos, ahí está la casa del recuerdo, esa que siempre podemos volver a habitar.

Gustavo Espinosa

Escritor / Treinta y Tres 

Treinta y Tres no es –nunca fue– una arcadia pastoril con gauchos floridos y chinas rozagantes. Treinta y Tres, como cualquier pueblo chico en cualquier parte es, ahora, aldea y aldea global. Hay personajes, maneras, situaciones, nada bucólicos. Por ejemplo: circulan miles de motos chinas, algunas de ellas tripuladas por desnutridos hell angels del subdesarrollo que escandalizan a las señoras, eluden todo control de tránsito y –a veces– se matan en medio de alguna maniobra radical en sus motos baratas, en las anchas calles de hormigón del “pago menos occidental”.

El habla de aquí ya no es la que registró Obaldía en su lexicón ni la que reprodujeron Julio C. Da Rosa o Serafín J. García. Ya nada es tan idiosincrático; se habla cada vez más parecido a Montevideo, a Buenos Aires, etcétera. Otro ejemplo: cada vez se oye menos un modismo muy curioso que las adolescentes en sus conversaciones utilizan repetidamente como vocativo como manera de referirse a su interlocutora: macha. ¿Será una especie de intuición espontánea del lenguaje inclusivo o, por el contrario, una muestra abyecta del estado de alienación en que viven estas muchachitas olimareñas respecto al poder heteropatriarcal? 

Cosas como estas hacen de Treinta y Tres un lugar funcional desde donde proyectar una mirada oblicua o descentrada, que es lo que conviene a la literatura. Por otro lado, mis libros más conocidos han resultado ser novelas realistas (me han salido así); es más cómodo, entonces, escribir sobre lo que conozco. Mi coartada es –otra vez– una frase de Bioy Casares: “¡Al diablo las Islas del Diablo, la alquimia sensorial, la máquina del tiempo y los mágicos prodigios! nos decimos para volcarnos con impaciencia en una región, en un pago, en un entrañable partido del sur de Buenos Aires”.

Juan Andrés Ferreira

Periodista, escritor / Salto

Es posible que Salto haya influido en una cierta predilección por historias que transcurren en universos cerrados. Más allá de esto, Salto es, para mí, una especie de estudio cinematográfico. Es una oficina de locaciones, un departamento de arte, un banco de imágenes, una agencia de talentos y un archivo de sabores, aromas y sonidos. Contribuye a la textura de la ficción en la que estoy trabajando. 

Por eso creo que influye en la elección y la sonoridad de algunos nombres propios y algunos apodos para los personajes. En la creación de lugares, establecimientos e instituciones (y sus respectivos nombres). Buena parte (y me refiero al 95%) de lo que compone el universo de Mil de fiebre (NdR: su primera novela) ni siquiera existe por fuera de la novela. Es pura ficción. En el Salto real, el que se agita más allá de las páginas, no existen ni existieron Los Muertos, ni las Academias Da Vinci, ni el hotel Dagoba, ni el Barrio Hippie, ni el diario El Día, ni la Avenida de las Barracas, ni el Complejo Palmar. Sin embargo me suenan a Salto. A pesar de que, por ejemplo, para algunas zonas de la ciudad me basé en imágenes y descripciones de Pionyang, la capital de Corea del Norte, todos estos lugares tienen, al menos para mí, una textura salteña.

Damián González Bertolino 

Escritor / Maldonado

Se trata de un punto de partida, de una circunstancia fortuita. Haber nacido o vivido en el interior del país no debería ser mejor o peor que otras posibilidades, pero yo suelo verlo como una ventaja. El margen, el desplazamiento que ello provoca me parece estimulante a nivel narrativo. Como sabemos, los conflictos humanos están en todos lados; pero lo que buscamos siempre son modulaciones de esos conflictos. Y las modulaciones que observo en la zona de Punta del Este o Maldonado me provocan otras percepciones de nuestra cultura. Uno no solo halla una cierta síntesis del Uruguay actual en las calles de Maldonado (fruto de las procedencias de otros uruguayos del interior que buscan otra vida), sino que el eje Punta Ballena-Punta del Este-La Barra-José Ignacio ofrece otras coordenadas que permiten apreciar realidades de otras sociedades superpuestas a esta geografía.

Un ejemplo: Punta del Este está más lejos de Buenos Aires que Montevideo en términos geográficos, pero más cerca en un nivel sensible. Vivir en un lugar cuyas fronteras físicas están asediadas a su vez por las fronteras lábiles de la imaginación y por los conflictos que llegan de otras partes es desafiante para explorar la conducta humana y el lenguaje de un modo alternativo frente al predominio de los temas y los argumentos (también válidos) de la capital del país y zonas de influencia.

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Federico Lima

Músico, cantante de Socio / Cerro Largo

Creo que si un artista se cría lejos de un centro de poder y tendencias culturales como una capital, seguramente tome como válidos e interesantes elementos de su entorno que escapan a esos que dominan en el mercado. Por ende será diferente, pero depende de él. 

En mi caso, la frontera con Brasil hace que me haya criado escuchando su música, sus acordes y ritmos. Es la música que escuchaban mis padres y, por ende, yo. Pero eso no se vio reflejado en componer música como la de ellos, sino en apreciar y asimilar su riqueza armónica y su swing, y en la técnica de sus intérpretes. Y el sonido de sus discos, obviamente. 

También, al ser del interior, recuerdo escuchar mucha música desfasada de época y gracias a eso rescatarla, como la parte buena de la música disco, pero ya en pleno 82. Y Kraftwerk. El folclore siempre está, es su lugar y es parte del sonido cotidiano. Pero depende siempre del artista darle lugar o no en su obra a todo eso.

Nicolás Molina

Cantante, compositor / Rocha

Influye de manera diferente en cada artista. En mi caso, le debo mucho a Castillos, a lo bueno y a lo malo. Rescato mucho la diversidad musical que siempre hubo en mi entorno.
De niños íbamos con mis amigos a la plaza Artigas a ver en vivo a la Banda Municipal de Castillos (la más antigua del Uruguay), que hacía algún melódico internacional que otro. Luego, en la adolescencia, llegaron las primeras kermeses rurales y fiestas en los clubes sociales. Eran muy divertidas y con mucha cumbia. Todo esto se mezclaba, además, con la música brasilera, que nos llegaba desde la frontera a 75 kilómetros, con lo que traían los turistas y las modas del verano.

Lucía Trentini

Cantante, compositora, dramaturga, actriz / Durazno

En la esquina de mi casa había un campito, lleno de bichos de luz donde uno se podía perder en las noches de verano. Los escapes por el río rodeado de monte consistían para mí en salir en canoa y buscar un lugar en soledad donde pudiera detenerme y pensar, en medio de ese silencio cautivante.

Mi casa de la infancia, la que aún visito y tiene todavía objetos colocados como el día en que me fui, fue el escenario de mis primeras obras, esas que presentamos con mis hermanos para los vecinos, que iban ansiosos por recorrer el fondo llenos de cruces que habíamos transformado en cementerios, o a ver alguna representación sentados en los cajones de apicultura que nos prestaba papá.

Cerca de ahí estaban las casas de las abuelas, donde estaba el vestuario esperando para cualquier evento, y en una de ellas, que se llenaba de folcloristas de la región, se terminaba la mayoría de las veces en una peña improvisada.

Dani Umpi

Músico, escritor, performer, artista plástico / Tacuarembó

El trabajo de los artistas o la gente que trabaja en la cultura es particular y la vida en el extranjero te hace pensar en otros anclajes con tu identidad, otros ejes que varían, sorprenden. Pienso mucho en el concepto de “patria”, que nunca me gustó. Mi infancia la viví cerca de la frontera, familiarizado con sentirme extranjero, incluso en Montevideo y eso ayuda. Nunca me siento locatario, nunca le terminé de sacar la onda a Montevideo ni a Buenos Aires, siempre algo se escapa. La frontera del norte uruguayo está más familiarizada con lo transitivo y ahora que tengo un estilo de vida más nómade, esa memoria reaparece, sintiéndome más tacuaremboense. Porque hay varias patrias.

Ocurre que mi obra, como tiene una obvia influencia de lo neoconcreto brasilero, en Brasil tiene una lectura rapidísima y queda bastante contextualizada, mientras que en Uruguay es una rareza. Y me ha hecho reflexionar que, más allá de mis intereses personales como artista y visión poco patriótica y huidiza, el norte es muy diferente al sur uruguayo. Nos pasa mucho a los del interior. Uno tiene una patria, que es la frontera donde transitás de un lugar a otro, yendo y viniendo, traduciendo, mixturando. Hay varias patrias que no coinciden con esa mirada paternal y melancólica que tienen los argentinos de Uruguay, sobre todo los porteños, eso de paraíso fuera del tiempo.

El norte uruguayo es más permeable, más transitivo, incluso teniendo todo eso de “la tradición”, con la Patria Gaucha, a la vez hay más mestizaje con Brasil, que se nota hasta en la comida. Pero Montevideo sigue siendo el centro. Un tacuaremboense que quiera mudarse y prosperar no suele tomar como opción irse a Porto Alegre que, incluso con la diferencia de lenguaje, es increíble lo compatible que es nuestra idiosincrasia. Los del norte cuando van a Montevideo también forman una manada, hasta hay un boliche que se llama El Norte.

En el sur, sobre todo en Montevideo, están más preocupados por la reafirmación de una identidad nacional, cuando en realidad, el Uruguay es básicamente mestizo. En Brasil sí se han desarrollado teorías o son más abiertos a los sincretismos. Eso ayuda mucho a vivir afuera y producir afuera, si no estás pegado a esa búsqueda de la identidad agotadora. Lo digo yo que, incluso, me llevo de Uruguay jabones que en Argentina no venden.

Está bueno probarse en otros contextos. Uno siempre está en camino. Siempre se puede volver. Siempre estamos volviendo a casa. Siempre está la posibilidad del reencuentro y de la huida.

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