Estilo de vida > Damián González Bertolino

El escritor que salió del asentamiento Kennedy y se lee en Latinoamérica

Desde su barrio de Punta del Este, el autor reconstruye el camino que lo situó entre los nombres más promisorios de la narrativa local contemporánea

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07 de mayo de 2018 a las 05:00

Damián miró la bolsa con poco interés. Mientras su madre, que había estado en Montevideo por el funeral del abuelo Bertolino, se iba de la cocina, él se acercó a revolverla. Empezó a escarbar sin ganas, como siempre, sabiendo que allí iba a encontrar lo usual: la misma ropa usada de sus primos que su tía les mandaba como herencia. Por eso, Damián hundió las manos esperando encontrar tela, pero encontró otro tipo de resistencia. Pensó que era una caja, algún par de championes viejos de sus primos. Pero, cuando sacó el objeto, descubrió un libro.

Nunca lo había leído. Se llamaba Corazón y el autor era un tal Edmundo de Amicis. Pero había más. Varios más. También encontró Memorias de Juan Pedro Camargo de José Monegal, Platero y yo de Juan Ramón Jiménez y alguna que otra novela de Julio Verne. Y también estaba Perico, de Juan José Morosoli. Perico. Pensó que lo iba a olvidar fácilmente. Se equivocó.

El historial literario de Damián, que tenía entonces 8 años, era todavía reducido. En su casa, como en el resto del barrio Kennedy de Punta del Este, era más importante llenar la olla que la biblioteca. Los libros, entonces, lo tomaron por sorpresa. Y, como él mismo había supuesto, al principio no les hizo mucho caso. Al principio.

Treinta años después, Damián González Bertolino está sentado en la misma mesa donde su madre dejó la bolsa con ropa y libros. Es, también, la misma mesa en la que escribió su primer libro de cuentos a los 19, la misma en la que todavía se sienta con sus cuadernos de notas a pensar novelas. Allí, en la casa donde nació, se crió y se quedó, la humedad pegotea todo y atrae a las moscas. Es el viernes previo al fin de semana largo y el barrio, afuera, se queja de calor.

La casa de González Bertolino tiene pocas habitaciones, en todas hay libros, la puerta siempre abierta y la radio Clarín suena de fondo. La humildad del espacio desnuda el espíritu de su dueño. "Este soy yo", dice.

Mientras se sirve agua de un bidón y corre a un gato que vio la puerta de su abierta y se metió, González Bertolino piensa en aquellos primeros libros de su infancia. "Creo que de algún modo me cambiaron la vida", dice. Otro gato, uno negrísimo, entra y lo interrumpe. A este no lo corre, solo lo mira. Y una sonrisa se asoma llena de dientes, mientras los rulos se balancean en su cabeza y los ojos escrutan su propio pasado.

Empecé a leer por pereza, para evitar ayudar en casa con los quehaceres. Es un poco lo que me pasa hoy también, leo para escapar del mundo, de sus obligaciones, de su sujeción. La lectura nos permite conspirar contra este mundo que nos reclama permanentemente.

Escapar del mundo es algo que repite de vez en cuando. Escapar de la tiranía de unas redes sociales en las que ya no está, de un mundo cada vez más conectado y contaminado. De lo que Damián González Bertolino no puede huir, ni tampoco quiere, es de su barrio. En el Kennedy –denominado asentamiento por las autoridades departamentales de Maldonado–, González Bertolino creció, maduró y se convirtió en uno de los escritores más destacados y promisorios de la literatura nacional contemporánea. Allí nacieron El increíble Springer, Los trabajos del amor y El fondo, títulos que le dieron reconocimiento y un lugar en varias listas de escritores internacionales. Como Bogotá 39, por ejemplo, nómina que integró junto a su amigo, también fernandino, Valentín Trujillo. En esa mesa, también, nació Herodes, su última novela, que espera una última corrección para entrar en fase de edición.

Pará, aguántame que creo que me están cortando el pasto. No, en serio. Acá es muy común, hay muy buena onda. Te cortan el pasto, te regalan cosas, tortas fritas, pan. Yo hace poco repartí unos higos que tenía. El Kennedy sigue siendo un barrio como los de antes, una comunidad. Esa es una de las cosas que me sedujo siempre de vivir acá, la cercanía que hay entre la gente. Acá ves a todos conversando en la vereda, no ves celulares, están los vagos en la esquina y vos te podés sumar. Con todo el confort que nos envuelve, que pasen estas cosas es cada vez más raro.

La primera biblioteca

Si el barrio fue fundamental para la construcción del presente de Damián González Bertolino, también lo fue el Club de Golf que hay frente a él. Entre pelotitas, víboras en los matorrales y palos de golf que todavía están desperdigados por su casa, González Bertolino conoció las caras de dos estratos sociales que se mostraban opuestos, pero que los adolescentes y niños del Kennedy unían sin prejuicio.

Pasar de un barrio al otro, de una clase social a la otra, y notar que también tenían problemas era interesante. Si bien en el Club de Golf nadie se moría de hambre, ninguno de nosotros queríamos tener su vida. Ellos también tenían problemas terribles.

"La lectura nos permite conspirar contra este mundo que nos reclama permanentemente"

Cuando cumplió los 13 o los 14, empezó a trabajar como cuidacoches del club. Los socios, de a poco, fueron encariñándose con aquel flaquito que se pasaba leyendo los diarios que le regalaban y comenzaron a dejarle libros. Algunos eran usados, otros se los compraban especialmente. Gracias a los socios, González Bertolino formó su primera biblioteca.

En la temporada del 92 faltaba alguien que cuidara los autos y un caddie viejo que me conocía me preguntó si podía hacerlo. Pasé toda la adolescencia cuidando autos, sin días libres, de ocho a ocho y trabajé hasta los 23, hasta que me recibí de profesor de literatura.

Antes de recibirse, antes incluso de dejar el trabajo en el Club de Golf, supo que quería escribir. ¿Cómo iba a hacer para convertirse en escritor? No lo sabía, pero lo anhelaba más que a otra cosa. Lo sabía, por ejemplo, cuando escuchaba hablar de su tía, poeta inédita que jamás llegó a publicar sus obras; sentía que la admiración se abría paso y pedía seguir el mismo camino.

Pero tenía un problema, le iba pésimo en el liceo. Repitió cuarto y después sexto, y un día se cansó del todo. No quiero volver, le dijo a su madre, y no volvió. El arreglo fue claro: daba todos los exámenes libres y se dedicaba a su formación como escritor. Sellado el pacto, comenzó a aprender.

Fue uno de los mejores años de mi vida. Me dediqué a leer y escribir. No tenía mucha plata para los libros, pero iba a la biblioteca de Maldonado en la bicicleta y leía muchísimo. Como decía George Bernard Shaw, tuve que abandonar la escuela para dedicarme a mi propia educación. Leía de día y escribía por las noches. Ese año fue cuando escribí mi primer libro de cuentos, que después destruí porque era muy malo. Fue acá, en esta mesa. Lo más importante fue que me demostré a mí mismo que era capaz de escribir un libro. El 99 fue fundamental. Ese año me perdí en mí mismo.

Un día, después de alternar los estudios de docencia con la escritura de cuadernos enteros con novelas, cuentos, notas, personajes y argumentos, encontró El fondo, algo de lo que, por primera vez, no se avergonzaba. Sin embargo, las editoriales lo rechazaron. Siguió intentando y un día llegó El increíble Springer. "Y a partir de allí todo cambió", ríe entre dientes. Aquel libro, que unía el cuento que da nombre al volumen y Threesomes, ganó el premio Nacional de Narrativa y resignificó toda su obra. Después, vino el resto.

Damian Gonzalez Bertolino

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Escribir

Ya hay menos luz. El día se va apagando, pero la noche no es lo único que aparece amenazante en el cielo. Una tormenta se agita lejos, en donde se supone que está el océano Atlántico. "Ya me parecía que esta humedad y este calor no eran normales", dice mientras agita un matamoscas por la cocina. Entran dos gatos y un perro se asoma por la puerta, que sigue abierta. "Está viejito, ya casi ni se mueve", explica. Los animales, allí, se tranquilizan, como si la paz que transmite ese hombre de ojos calmos y sonrisa ancha trascendiera las especies.

En parte, eso es el barrio. El Kennedy se puede ver allí, en los animales que saben que en la casa de Damián tienen un lugar donde guarecerse de la amenaza del cielo. O en los veteranos que cruzan y lo saludan por la calle. "Damián, casi te cortan el pasto", dice uno mientras camina al bar que queda al lado. "Ese es el Manso. Ellos son así, algunos ni saben que soy escritor. Y está bien", explica mientras se mete de nuevo en su casa. Es difícil saber quién quiere más a quién, si el barrio a su escritor o él al Kennedy.

"Es muy desafiante para mí como escritor meterme en algo en lo que voy a estar incómodo, porque esa incomodidad es excitante para la escritura"

Una de las muestras está pegada a su casa. Kennedy Cultura Feliz es un centro que nació por su propio impulso y que hoy funciona como una biblioteca barrial. Arrancó con la mesa de la cocina en su patio, con 60 libros que había recolectado. Ahora tiene unos 3.000 y los vecinos se han consustanciado con su causa.

Es un barrio con muchísimas carencias a nivel económico y social, pero que tiene una cultura muy rica. Frente a eso, siempre me pareció una lástima que no hubiera un lugar de encuentro como este. De niño siempre quise una biblioteca en el barrio y no teníamos. Y llegó un momento de mi vida en el que me fue bien y quise hacerlo valer acá.

Mientras la charla deriva en su enorme y desordenada colección de libros –"tendría que ordenar un poco, la verdad"–, el autor toma una pequeña pila de libros de una de las repisas de la pieza que utiliza como estudio. "Por primera vez tengo mis propios libros –dice– Nunca me gustó mucho tenerlos, incluso en alguna entrevista se me han enojado por no tener ejemplares". Mira sus títulos, los reordena y los pone arriba de una máquina de escribir.

¿Cómo se da cuenta de que algo que escribió vale la pena?

Naturalmente, vas adquiriendo experiencia. A mí se me ocurren en el año un montón de ideas que mastico hasta que me doy cuenta de si son firmes o no. El filtro, hoy, es más elaborado. Adquirís más seguridades, también. De todos modos, siempre estás en una tierra incierta cuando estás escribiendo y no sabés qué es lo que estás haciendo. Lo que sí sé es que me gusta salirme de mi propia circunstancia, de situaciones familiares. Es muy desafiante para mí como escritor meterme en algo en lo que voy a estar incómodo, porque esa incomodidad es excitante para la escritura. Y sana, porque yo podría haber seguido escribiendo del increíble Springer, pero me gusta que cada libro me proponga un desafío, una nueva forma de escribir. Admiro a los artistas que no se quedan en el molde de lo que hicieron y les salió bien y que apuestan por algo distinto. Eso me hace sentir vivo.

Y si para González Bertolino escribir es estar vivo, escribir a mano, incidir en el mundo físico a través de su puño y letra con ideas que puedan ser leídas, pero también tocadas, es disfrutar de la vida, sentirla de cerca. Para él, traducir sus ideas al papel a través de la caligrafía es parte de un proceso de escritura ineludible que se atiene a rutinas estrictas, como aquella que lo obliga a escribir determinadas horas por día, o determinada cantidad de palabras.

Damian Gonzalez Bertolino

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En esencia, se considera un obrero de la palabra que no teme a la hoja en blanco y que afronta el bloqueo con la certeza de que no se moverá de la silla hasta que por lo menos salgan dos frases de su mano. "Si avanzo media página, ya es un logro", asegura.

¿Cuánto hay de disciplina en su escritura?

Cuando empezás a escribir todo es idílico, estás enamorado de la idea, y todo luego se transforma en nimiedades. Con el tiempo empezás a apreciar el esfuerzo que hay detrás de la escritura, en la corrección, en las críticas. Entendés que nunca vas a tener las condiciones ideales para escribir. El tiempo me demostró la importancia del trabajo y la disciplina. Y por eso en esos días en los que no puedo escribir me siento mal, siento que estoy faltando a una obligación moral.


La tormenta oscureció el cielo antes de tiempo. Los árboles del monte frente a su casa se agitan con violencia. Los gatos desaparecieron. Hace rato que el agua dejó paso al café, pero el café también se terminó. Quedan, entonces, los ojos del autor, rebuscando en el interior de su cabeza, escrutando el barrio en busca de anécdotas infantiles. El repaso a sus 38 años de idas y vueltas, sus reflexiones entre dientes. Y, en medio del olor a lluvia que desplazó la humedad, queda la última. La que deja claro que, más allá de los premios, los reconocimientos, las horas frente al cuaderno en esa mesa, lo más importante siempre va a ser tener la posibilidad de escribir.

La gran satisfacción que tengo es poder tener el tiempo y la libertad de escribir, lo demás es pasajero. Hoy se fijan en ti, mañana capaz que no. La mejor certidumbre es hacer lo que le gusta a uno, y lo que a mí me gusta es escribir, leer, tener un libro a la mano, algo para contar. Poder crear, eso es algo que no te lo cambio por nada.

Morosoli

"Es uno de los grandes narradores uruguayos de todos los tiempos. Hace poco dije que me parecía técnicamente superior a Raymond Carver. Y lo que pasa es que hay un camino ya armado. Tenés 19 y leés a Bukowski, Carver, Amélie Nothomb, Kerouac. Y ahí sí, Morosoli frente a un lector citadino pierde por goleada. Si hubiese nacido en Argentina, en México o en Francia, era uno de los escritores del siglo. A mí me encantaría escribir con la contundencia con la que él lo hizo".

Bogotá 39

Damián González Bertolino fue uno de los 39 escritores de ficción menores de 39 años seleccionados en América Latina por Hay Festival, un acontecimiento literario internacional. Junto a Valentín Trujillo, viajó hace algunos meses a Cartagena para participar en el evento junto a los otros
autores . "Allá te pasa que estás cenando y está Coetzee al lado. Estás en una fiesta y te encontrás con Salman Rushdie, o se te sienta al lado y te da la mano Vargas Llosa. Es todo muy irreal".

Lea también: Bogotá 39, una ventana literaria

Picado

Un libro de la infancia: "Perico, de Juan José Morosoli"

El último libro que leyó: "Me estoy poniendo al día con los relatos de Henry James. Antes de eso me gustaron mucho Masa y Poder, Elías Canetti, un libro de ensayos sobre poesía de Ezra Pound y En rada, de Karl Joris Huysmans"

La última película que vio: "La noche que no se repite, que me parece la mejor película uruguaya de los últimos tiempos, y Milagro en Milán, que es una de las cosas más hermosas que vi"

El último disco que escuchó: "At Shelly's Manne-Hole, de Bill Evans"


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