22 de agosto de 2021 5:05 hs

Los uruguayos nacen con el gen de la nostalgia. En su ADN hay una zona vasta dedicada al pasado, un área vip solo para los nacidos en este país. Ahí el pasado es tan poderoso, que no hay presente. Un cartel dice en la puerta: “El futuro tiene la entrada prohibida”. Más allá de las peculiaridades inconfundibles que lo caracterizan, el nuestro es un lindo ADN. La primera frase que dicen los niños uruguayos apenas aprenden a hablar es: “¿Te acordás, mamá?”. Después la usan infinidad de veces a lo largo de su existencia, ya no solo con quien los trajo al mundo, sino con sus hermanos, primos, abuelos, padre, tías, amigos, madrinas, nueras, novias, profesores, incluso con personas cuya identidad desconocen. En eso de ir en reversa como si nada, los únicos que nos ganan, y por mucho, son los talibanes. Los uruguayos viajan solo hacia un pasado de la época moderna. Los sanguinarios afganos añoran la Edad Media, donde mentalmente viven, y a balazo limpio quieren traerla de regreso al presente. Los uruguayos –inclúyanme dentro–, fundamentalistas solo en el fútbol, ejercen un afán retroactivo que requiere de subtítulos para poder ser comprendido por el resto de la humanidad. Les encanta recordar incluso con gente que recién conocieron, con nuevos desconocidos. Van al estadio, y de lo que conversan con quien tienen al lado es de los tiempos aquellos cuando en el césped del Centenario descollaban Morena o el principito Sosa, Manga o Ladislao Mazurkiewicz, ídolos intemporales. Algunos extrañan a Vanzini, aunque fuera un tronco al cubo, otros al lento de Bengoechea, pues siempre le hacia algún gol de tiro libre a Nacional. Y la lista de futbolistas que son fetiche del pretérito es enorme. En política pasa lo mismo. 

Hay quienes refieren a José Batlle y Ordóñez como si el comienzo del siglo xx hubiera sido antier (para fortuna del romanticismo que al mundo le falta, el uruguayo suele llegar un siglo tarde a cosas del siglo posterior), otros siguen hablando de José Mujica como la gran esperanza nacional de un futuro que para ellos luce igual de promisorio que el pasado, suponiendo tal vez que Matusalén tiene bigote y cédula de identidad uruguaya. Y toma mate. Siempre me ha sorprendido, incluso más, conmocionado, la facilidad que tiene la mayoría de mis compatriotas para viajar sin boleto al pasado, así se encuentre este varias décadas atrás. A mí me pasa dos por tres. No hace mucho me topé con un antiguo compañero de liceo. Enseguida noté que en su caso la edad había llegado acompañada de deterioro de visión, pues lo primero que dijo fue: “Estás igualito”. Ni lo estaba antes ni tampoco ahora, y menos en diminutivo. ¿Igualito a cuándo? Como al parecer no tenía tema de conversa, me habló con cariño entusiasta de algunas excompañeritas –vaya casualidad, el muy pícaro solo mencionó a las más lindas–, como si estuviéramos en un hoy sincrónico, anclados en aquel presente liceal, cuando en verdad todo lo que estaba contando había ocurrido en ¡1972! Es decir, estaba hablando de varias señoras actuales con mucho pretérito detrás, la mayoría de las cuales son hoy ancianas en vías de desarrollo. Claro está, no se lo dije, ni siquiera lo mencioné, pues nada perturba más a un uruguayo que alguien le arruine la gira mágica y misteriosa al pasado, así sea esta una cortita, como ir a Buenos Aires en Pluna.

Los uruguayos no necesitan un auto DeLorean para viajar a donde el presente dejó de serlo hace rato. Como el pasado es una utopía disponible apenas la memoria comienza a actuar, pueden viajar al ayer en lo que sea. Si de la estación de Tres Cruces salieran ómnibus hacia ese lugar nómada llamado Pasado, saldrían todos repletos. Habría incluso pasajeros viajando parados. Quién desearía tomar uno de los ómnibus grises de Buquebus con destino a Colonia, si está el Pasado como mejor opción y para llegar ahí no hay que atravesar ningún río donde a veces hay terribles tormentas. El lugar llamado Pasado es local. Por tanto, por ser de cabotaje el viaje, no se necesita visa ni pasaporte. Además, queda más cerca que Vichadero o Cerro Chato, miniurbe en medio de la nada que me encantó cuando fui. Incluso menos lejos que Punta del Este, versión de ese Pasado pero en futuro, por las dudas. Cuando dicho espacio mental y nada neutro de cada uruguayo, bautizado por el tiempo como Pasado, comienza a quedar distante del hoy, y los años dejados detrás parecen lejísimo, emerge poderoso un sentimiento difícil de controlar –sobre todo para la tutela de la razón– llamado nostalgia. 

Tan importante es ese sentimiento (o padecimiento, depende), que el país entero, sin divisiones deportivas, políticas, sexuales o etarias, le ha dedicado una jornada, mejor dicho, una noche, porque la celebración comienza con la caída del sol y continua impía al día siguiente, que los celebrantes dedican a la rehabilitación de su maltratado cuerpo, tras horas continuas de juerga y brindis excesivos por el pasado –¡salud!–, reciente o no tanto. Como en los buenos tiempos de las tiendas Ta-Ta, es dos por el precio de uno: primero la Fiesta de la Nostalgia, luego la de la Independencia Nacional, que pasó a segundo plano pues son pocos los que tienen la energía suficiente como para levantarse temprano, escuchar el mensaje del presidente, y cantar de pie el himno nacional. Como el Uruguay no hay, y Paraguay, ay. Si este país no existiera, habría que inventarlo. Y más ahora, cuando faltan países de exótica normalidad como el nuestro.

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Antes la celebración de la nostalgia era patrimonio exclusivo de los uruguayos. Desde hace tiempo, creo yo debido al estado de vulnerabilidad generalizada que afecta al planeta, todo el mundo, esto es, el mundo entero, tiene nostalgia de algo. “Cómo a nuestro parecer / Cualquiera tiempo pasado / Fue mejor”, canta Jorge Manrique en sus geniales coplas, escritas a fines del siglo xv. En los albores de otro siglo, en junio de 2015, apareció en Estados Unidos, de la nada, un candidato presidencial que despotricaba por el estado de las cosas en la política de su país, invitando a sus conciudadanos a hacer un viaje juntos por el pasado, para rescatar valores que según él se habían perdido. Su lema era: “Make America Great Again” (como traducción prefiero “Hagamos que América vuelva a ser grande”, aunque también la he visto traducida como “Haz a Estados Unidos grande otra vez” y “Hacer que América sea grandiosa de nuevo”). El entonces candidato de pelo cobrizo invitaba a viajar al pasado estadounidense. Pero, ¿a cuál de todos? ¿Al de los tiempos cuando asesinaron a Lincoln? ¿A aquellos cuando a los negros por cualquier cosa los linchaban sin que a los verdugos les pasara algo? ¿Al pasado no tan distante de la década de 1960, cuando los mismos negros solo podían viajar en el último asiento de los ómnibus o de lo contrario los bajaban a patadas? ¿Al tiempo en que todos los privilegios eran para gente blanca? Trump nunca lo aclaró, aunque está claro que el pasado puede ser un lugar oscuro, en donde incluso las perspectivas más nítidas tienen problemas para ver con claridad.

La bola de cristal de los uruguayos les permite hacer predicciones hacia atrás. Somos geniales vaticinando lo que ya sucedió. En eso nunca le erramos. Hacemos el horóscopo del día anterior. Esa es una de las razones por las cuales la gente celebra con brío y frenesí la fiesta de la Noche de la Nostalgia: porque ciertas canciones de otras épocas confirman en la pista de baile la condición inapelable del pretérito, por más que sobren los buenos y malos intentos para rebobinarlo. Este año, pandemia mediante, la ocasión surge redimensionada por las circunstancias. Tenemos muchísima nostalgia de las épocas no tan anteriores cuando la vida era normal y no había que ir a la playa, al supermercado, a la pizzería, ¡a la peluquería!, con la cara cubierta para que el virus de procedencia asiática no se cuele por algún orificio del cuerpo. En tiempos cuando la palabra de moda es ‘tapabocas’ (claro está, peor sería que fuera taparrabos, ahí sí estaríamos mal), los uruguayos han enloquecido sanamente con la noticia de que habrá fiestas de la nostalgia “autorizadas”. Tengo la leve sospecha de que en esta especial ocasión se va a tomar más alcohol que de costumbre. Suele pasar cuando la gente bebe para olvidar y desahogarse, tal cual sucede en los tangos tristes en los que el hombre está solo y espera. El arsenal sonoro integrado por Village People (por estas fechas YMCA es más popular que el himno patrio), Boney M, los Bee Gees, Gloria Gaynor, Donna Summer, y algún que otro temita de los ochenta, espera por la multitud danzarina. En una noche en que muchos usarán barbijo por primera vez en un 24 de agosto, los bares de las disco trabajarán a full. Gran parte de la ciudadanía hará acto de presencia. También estará el covid-19, personaje ubicuo que nunca pierde la oportunidad, aunque aborrezca la nostalgia y cualquier cosa relacionada con el pasado, pues su existencia está hecha de presente, solo de hoy, de ahora, y de ya mismo. 

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