12 de diciembre de 2012 19:18 hs

Los actores son camaleones. Se visten de diversos personajes, como si fueran capas superpuestas, y así trastocan su identidad. El caso del argentino Julio Chávez no escapa a aquella ley que regía en el década del 70 en su país, cuando lo más común era cambiarse el nombre y crearse uno “artístico”.

Julio Chávez se llama Julio Hirsch, pero el director Juan José Jusid, que lo dirigió en No toquen a la nena, en 1976, le dijo que ese nombre no iba a funcionar. Él le propuso “Julio Chávez” y a Jusid le pareció bien.

“En esa época era muy común, desde que estudiábamos teatro, preguntarle a tus compañeros: ‘¿y cómo te vas a poner’?”, dice Chávez a El Observador, quien ayer estuvo en Montevideo y hoy presenta en el balneario de José Ignacio la edición 2013 del José Ignacio International Film Festival (JIIFF), en calidad de “padrino”. El JIIFF exhibirá cinco películas en escenarios naturales de José Ignacio y Pueblo Garzón entre el 5 y el 9 de enero de 2013.

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Con la creación de su nuevo nombre, Chávez fue moldeando su identidad actoral desde muy joven. Hizo teatro y televisión, pero a los ojos del público uruguayo saltó como destaque en 2002 al protagonizar la película Un oso rojo, dirigida por el uruguayo Israel Adrián Caetano. Justamente Un oso rojo se exhibe hoy en José Ignacio en función homenaje.

Siguió alternando cine, teatro y televisión, y se lo vio en Uruguay en la producción policial de HBO Epitafios, en 2008, y el año pasado brilló (y ganó un premio Martín Fierro) por su trabajo en El puntero, con producción de Adrián Suar.

Como el 95% de los argentinos que llegan a esta ciudad es inevitable su referencia a Montevideo como “un Buenos Aires tranquilo y manso, un Buenos Aires de vacaciones”. Pero Chávez es bastante menos obvio de lo que parece este comentario. Su curriculum habla por él.

Desde sus inicios hace casi 40 años, Chávez ha representado personajes de Pinter, de Goethe, de Strindberg, de Chéjov, de Ibsen, o El vestidor de Ronald Harwood, que inmortalizara el actor Tom Courteney junto a Albert Finney. Clásicos y modernos se unen en su repertorio. Luego vino el cine y la televisión, que lo acercaron al gran público. Pero nunca abandonó el teatro, donde ahora interpreta al protagonista de La cabra, de Edward Albee (una obra que piensa traer a Montevideo entre abril y mayo de 2013). Los autores siguen siendo nombres con mayúscula, sin esquivar el bulto.

“Estoy contento con estos diez años de vida entre Un oso rojo y el presente. Fueron diez años muy importantes en el entendimiento del trabajo, del gusto de la madurez, de los atributos de ciertas cosas, de poder tener mejor gobierno sobre el asunto. Si hay algo que he podido mejorar es que soy mejor gobernante de mis asuntos que antes”, opina el actor.

Estas formas de ‘gobierno’ están presentes en la última producción televisiva de Chávez, El puntero, donde hizo de “El Gitano”, un personaje que estaba inserto en la corrosiva escala jerárquica de la política argentina. En el conurbano bonaerense un puntero es un representante de un candidato que le gestiona los votos y los actos, haya campaña electoral o no. “(El Gitano) Quiere gobernar sobre algo, pobre, y en los hechos, sobre algunas cosas gobierna ”, dice Chávez con sorna.

La serie logró récords de audiencia en Argentina. Según el actor, la base de ese éxito se sostuvo en su director (Daniel Barone, realizador de la productora Pol-ka), en el equipo técnico y en la llamada ‘audiencia capturada’.

Además coincidió con el año electoral argentino. “Nos criticaron mucho por eso. Pero a ver, es como cuando llueve: ¿qué hace la gente? Saca el paraguas. La gente cuando quiere ser mala es tonta”, dice Chávez.

Los personajes pasan
Tanto en el teatro (como actor, director y autor), como en el cine y la televisión, Chávez ha tenido un trabajo intenso y alternado, demostrando que puede pasar con comodidad de un espacio escénico a otro.

“Cuando tomo la decisión de actuar es porque creo que es lo mejor que puedo dar en ese momento, sea en el formato que sea”, dice, y aclara que en el único género donde no desea aparecer es en la publicidad, porque no quiere quedar atado a un producto que se vende.

Sus personajes pasan frente al ojo del espectador, que lo reconoce por la calle por su último papel. Cuando hace unos años protagonizó la serie Tratame bien, lo saludaban y le gritaban “¿Qué hacés, José?” (el nombre del personaje).

“Después se olvidaron de José, y vino El Gitano. Algunos todavía alguno me grita “Chau, Oso”, por Un oso rojo, pero en general la gente se olvida, la gente se lava”, cuenta Chávez, reconociendo la enorme potencia de la televisión pero su carácter bastante efímero.

La sinuosa carrera de Chávez lo llevó en 2010 a representar a Sweeney Todd, el barbero demoníaco que filmó Tim Burton. “Allí me metí en nuevos problemas, porque debí aprender una profesión durante nueve meses”, agrega. Luego vino Albee. Chávez se va a hacer una temporada en Mar del Plata con La cabra, donde encarna a un hombre feliz, prestigioso y con una familia formado, exitoso con el dinero, que de pronto se enamora de una cabra. “El tema no es la cabra sino: ¿qué es enamorarse?”, se pregunta el actor.

Ahora su rostro estará en el atardecer idílico de José Ignacio, en una película donde un ex presidiario vuelve al crimen. Pero Un oso rojo es ir al pasado. La pregunta es: ¿cuál será la próxima cara de Julio Chávez? El año que viene hará del pintor abstracto Mark Rothko. Y seguirá mutando.

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