Opinión > HECHO DE LA SEMANA

Para leer a Manini

Tensiones por el pasado, dilemas por el futuro y cierta ambición personal

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16 de marzo de 2019 a las 05:02

La destitución el martes del jefe del Ejército, general Guido Manini Ríos, recordó las tensiones que subsisten por viejas cuentas mal saldadas; y también los dilemas, más actuales, sobre la función y el presupuesto militar. 

El presidente Tabaré Vázquez relevó a Manini de su cargo luego que cuestionara ciertas decisiones del Poder Judicial, al que acusó de actuar con prejuicios contra las Fuerzas Armadas. Él se refería a las causas por violaciones a los derechos humanos cometidas durante la lucha de militares y policías contra las guerrillas de izquierda en la década de 1960, y durante la dictadura posterior (1973-1985); aunque aclaró que no justificaba ciertos hechos “deshonrosos”.

Todo indica que Manini buscó su destitución: para no irse como cualquiera, hacia un gris ocaso, sino como víctima por actitud e ideas, y, eventualmente, como líder político en ciernes.

Desde que asumió como jefe de las Fuerzas Armadas en 2015, optó por un papel de liderazgo político: recoger el malestar acumulado por los militares en las últimas décadas, en particular los más viejos, y hacérselo saber a los gobernantes.

Guido Manini Ríos es nieto de Pedro Manini Ríos, un colaborador íntimo del líder colorado José Batlle y Ordóñez que en 1913, disconforme con la profundidad de las reformas y con la idea de un Poder Ejecutivo colegiado, dejó a su mentor y lo desafió como líder de un facción disidente: el riverismo.


Guido Manini tiene amplia formación intelectual e ideas conservadoras. Es un nacionalista católico, que, por lo tanto, circula por la vereda de enfrente a la de la Masonería, organización en la sombra en la que actuó el presidente Vázquez y algunos altos oficiales militares.


Su filiación contribuyó a acercarlo al ex ministro de Defensa y líder tupamaro Eleuterio Fernández Huidobro, un viejo nacionalista y militarista de izquierda, quien entre 1963 y 1972 lideró una guerrilla en nombre de la “liberación nacional” y el socialismo.

Como muchos otros, Manini sostiene que las Fuerzas Armadas vencieron rápida y legítimamente a las guerrillas de izquierda en 1972, por mandato de un gobierno y un parlamento democráticos. Los abusos cometidos, que incluyeron asesinatos y desapariciones, en particular durante la dictadura posterior, no pueden cargarse a las nuevas generaciones de oficiales y soldados, salvo en un sentido histórico-institucional genérico; como también los partidos políticos y los sostenedores de las guerrillas guevaristas son responsables de sus propios desastres. 

Desde hace décadas en Uruguay se hace política contra las Fuerzas Armadas. Pero, paradójicamente, las encuestas denotan una sistemática apreciación de la imagen pública de los militares, por encima de otras instituciones como la Justicia, el Parlamento, el gobierno, los partidos y los sindicatos.

Las iniciativas para reformar el oneroso sistema de pensiones militares, o “Caja Militar”, una cuestión espinosa en todo el mundo, también preocupa y molesta a los militares uruguayos. 


Muchos oficiales creen que el estrangulamiento de las Fuerzas Armadas a través de un presupuesto menguante es una política deliberada de liquidación por parte de la izquierda, que las concibe como un enemigo natural.

La rebaja de las Fuerzas Armadas en cantidad y calidad ha dejado bajo mínimos a la Fuerza Aérea y a la Armada, con un entrenamiento precario y un material escaso y viejo. Las capacidades para cumplir sus funciones, como el combate al tráfico ilegal aéreo o marítimo, son más bien nulas. 

Sólo las misiones de paz en el exterior, como Haití, Congo y ahora el Golán, han dado un poco de respiro moral y material a soldados y oficiales. Bajo bandera de ONU se cuenta con mejor material, más entrenamiento y una paga decente.

La pobreza castrense refleja las dudas del sistema político sobre la función de los militares en Uruguay, si es que la tienen.

Los militares también resienten el deseo de muchos líderes de permearlos como base política de largo plazo: una pieza de lucha partidaria.

 
Al menos desde tiempos de Lorenzo Latorre el Ejército fue más colorado que blanco. Y ahora la izquierda juega su mano. 

La antigua guerrillera Lucía Topolansky, actual vicepresidente de la República y esposa del ex presidente José Mujica, dijo en 2012 en Buenos Aires que el Frente Amplio se proponía crear unas Fuerzas Armadas “fieles” a su proyecto político. “Preciso por lo menos un tercio de la oficialidad y la mitad de la tropa de mi lado”, calculó. (Ver Búsqueda del 3 de mayo de 2012).


Una eventual incursión de Manini en política partidaria no tiene por qué ser exitosa. El fenómeno Bolsonaro no es fácilmente repetible fuera de Brasil, un extraño país que acuna veleidades nacionalistas y sueños de grandeza nacional, y que venera a sus militares. 

 

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