Cuando comemos un pedazo de pan o un simple caramelo y vemos qué ocurre en nuestra sangre resulta que, a los pocos minutos, nuestros niveles de glucosa (comúnmente denominada “azúcar”) han subido.
Las células requieren un suministro permanente de glucosa para realizar sus funciones vitales.
Sin embargo, su aporte es discontinuo, limitado a las comidas.
¿Cómo resolverlo para garantizar que las células reciben constantemente azúcar sin comer a todas horas?
El cerebro y otros órganos del cuerpo necesitan energía para funcionar correctamente.
Existen detectores celulares en distintos órganos (hígado, páncreas e hipotálamo, entre otros) que vigilan la disponibilidad de glucosa.
El papel del hígado
Cuando es alta (por ejemplo, inmediatamente después de comer), el hígado puede almacenar parte en forma de glucógeno para "después", esto es, para cuando la glucosa escasee.
Como ocurre durante el ayuno entre comidas o mientras dormimos.
Entonces lo degrada y vuelve a obtener glucosa, que es liberada a la sangre para ser utilizada por otros órganos.
El hígado también convierte el exceso de azúcares en triglicéridos (grasa) y promueve su almacenaje en el tejido adiposo como reserva energética.
En momentos de ayuno prolongado, estos triglicéridos son hidrolizados y convertidos en ácidos grasos, que viajan donde se les necesita a través de la sangre para ser oxidados o degradados por las mitocondrias de las células y así producir energía.
La insulina es la hormona que produce el páncreas y que permite a nuestro cuerpo absorber la glucosa.
El pancreas, clave del proceso
Por su parte, el páncreas juega un papel importantísimo en el equilibrio de los niveles de glucosa.
Se ocupa de detectar el exceso o déficit de glucosa, y responde en consecuencia fabricando y secretando hormonas que intentan restaurar el equilibrio.
La más conocida es la insulina, que se libera a la sangre cuando sube la glucemia y manda una orden contundente a las células: “captad glucosa sanguínea, que hay demasiada, y gastadla o almacenadla”.
En ocasiones, el equilibro se puede descompensar porque alguno de los pasos que hemos explicado está alterado.
Por otro lado, si los niveles de glucosa en sangre se mantienen altos incluso en periodos de ayuno (hiperglucemia), hablaremos de la existencia de diabetes.
Dos elementos clave
Existen dos puntos clave a nivel molecular para controlar el desarrollo de obesidad o de diabetes.
La incorporación de comida procesada ha contribuido al aumento de la obesidad.
De un lado los sensores, esto es, dispositivos moleculares que se encuentran en las células que detectan los niveles de glucosa o el estado energético de la célula (niveles de ATP), respectivamente.
Ejemplos de éstos son las proteínas glucoquinasa (GCK), el transportador de glucosa 2 (GLUT2), la quinasa activada por AMP (AMPK), la quinasa con dominios PAS (PASK) o la diana de rapamicina en células de mamífero (mTOR).
De otro lado, debe generarse una correcta respuesta a la insulina, es decir, que las células sean capaces de identificar y responder a esta hormona adecuadamente.
De que respondamos adecuadamente a la insulina se encargan una serie de receptores de la membrana de las células, así como un conjunto de proteínas intracelulares (IR, IRS, PI3K, AKT, etc).
Si el mecanismo falla en algún punto, las células no responden a la insulina, y el azúcar sanguíneo sobrante no se elimina.
Es lo que se conoce como resistencia a la insulina.
La consecuencia es que la glucosa en sangre permanece alta y se desarrolla diabetes (diabetes tipo 2).
La obesidad está catalogada como una enfermedad.
Diabetes tipo 2, compañera de la vejez
A lo largo de los años, las células envejecen, los mecanismos moleculares de respuesta a la insulina se deterioran y van perdiendo su funcionalidad, por lo que es frecuente desarrollar resistencia a la insulina y diabetes tipo 2.
Por eso es una enfermedad habitual de la tercera edad.
En estos casos, lo que sucede es que el tejido adiposo, obligado a almacenar un exceso de grasa por encima de su capacidad, está hipertrofiado y alterado.
Como consecuencia, la respuesta a la insulina se ve mermada.
1 de cada 4
Para colmo, los tejidos son menos eficientes captando y gastando glucosa, lo que conduce a un aumento del azúcar en sangre (hiperglucemia) y, en consecuencia, diabetes tipo 2.
No es baladí, sobre todo si tenemos en cuenta que una de cada cuatro personas mayores padece diabetes tipo 2.
Es más, según la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología el 40% de personas mayores de 65 años padecen diabetes (2,12 millones).
Esto supone un problema de salud grave dadas las numerosas complicaciones asociadas a esta enfermedad: problemas cardiovasculares, retinopatía diabética, nefropatías, neuropatía diabética, etc.
El bajo precio de la comida poco saludable está vinculado a un mayor riesgo de obesidad en la población de bajos recursos.
Investigación para el futuro
Por ejemplo, cada año aparecen alrededor de 386.000 nuevos casos de diabetes en la población adulta española.
De ahí la importancia de llevar a cabo estudios encaminados tanto a conocer sus mecanismos moleculares como a diseñar fármacos dirigidos a controlar los sensores de glucosa y nutrientes.
A eso precisamente lleva años dedicándose nuestro grupo de investigación, en la Universidad Complutense.
Concretamente estudiamos sensores y nutrientes a nivel del hipotálamo, el hígado y el tejido adiposo que ayuden a atajar una enfermedad responsable de una gran mortalidad y morbilidad en el mundo.
En los tiempos actuales, se ha añadido una nueva enfermedad infecciosa que, cuando afecta a enfermos de diabetes, produce un incremento en su severidad y mortalidad.
Nos referimos, claro está, a la covid-19.
La investigación de la interrelación entre ambas enfermedades se hace necesaria y urgente.
*María del Carmen Sanz Miguel, Ana Pérez García, Elvira Álvarez García y Verónica Hurtado Carneiro forman parte de un equipo de investigación de la Universidad Complutense de Madrid.
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y está reproducido bajo la licencia Creative Commons.