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Por qué un premio internacional lleva el nombre de una científica uruguaya

Elisa Izaurralde, fallecida en 2018, dirigió el Departamento de Bioquímica del Instituto de Biología del Desarrollo del Max Planck en Alemania y es referente mundial en el ARN

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06 de septiembre de 2019 a las 05:00

Por Daniela Hirschfeld - Especial para Cromo

De todos los científicos del planeta que podrían haberse elegido para dar nombre a un nuevo premio, la organización mundial que nuclea a los investigadores que estudian el ácido ribonucleico (ARN) decidió rendir homenaje a Elisa Izaurralde, una bióloga molecular uruguaya fallecida el 30 de abril de 2018 en Tübingen, Alemania. Tenía 58 años y, aunque tal vez su nombre no es conocido, fue referente mundial en la biología del ARN con aportes que merecieron prestigiosos galardones. Por eso, su muerte ocupó las páginas de las principales revistas científicas del mundo y varios investigadores dedicaron su tiempo –muestra de cariño y admiración– a escribir su obituario.

En Uruguay, en diciembre de 2018, la Dirección para el Desarrollo de la Ciencia y el Conocimiento (D2C2) del Ministerio de Educación y Cultura bautizó con su nombre la sala de videoconferencias del organismo, y este año, en el primer aniversario de su fallecimiento, el Instituto Max Planck –donde Izaurralde trabajó por más de una década– organizó un simposio en su memoria.

Este mes, la RNA Society anunció la creación del premio Elisa Izaurralde para la Innovación en Investigación, Enseñanza y Servicio, que otorgará US$ 20 mil a un joven científico o científica del campo del ARN. “Este premio honra su pasión, su rigor científico, su valentía intelectual y su dedicación sincera a su trabajo, a su grupo y sus colaboradores. Elisa fue un modelo a seguir extraordinario que formó investigadores transmitiendo altos estándares de excelencia y una actitud de apoyo y audacia a todos los que interactuaron con ella”. Así resume su perfil el comunicado del premio, cuyo primer ganador se sabrá en octubre y continuará amplificando el legado de esta investigadora uruguaya.

Sobre Elisa

Nacida en Montevideo el 20 de setiembre de 1959, fue la tercera de cuatro hermanos en una familia en la que el padre trabajaba en una empresa de ascensores y la madre era ama de casa, contó Irene, su hermana, a Cromo.

Izaurralde creció en el Cerrito de la Victoria y de adolescente se mudó a Aires Puros. Al terminar secundaria ya tenía claro interés por la ciencia, así que se anotó en la Facultad de Humanidades y Ciencias. Sin embargo, era 1978 y Elisa estaba en pareja con un profesor de literatura que participaba activamente en política, así que solo unos meses después de comenzar a estudiar se casó y dejó el país para exiliarse en Suiza junto a su marido. Apenas tenía 18 años.

Al año de llegar a Suiza se anotó en la Universidad de Ginebra, donde también realizó su doctorado en el laboratorio de Ulrich Laemmli. Según contó a El Observador la investigadora Inés Carrera —admiradora del trabajo de Izaurralde—, Laemmli elegía a sus estudiantes muy cuidadosamente y era difícil de impresionar, pero Izaurralde lo hizo y ganó reputación como una investigadora para quien la perfección era solo algo suficientemente bueno.

Carrera no la conoció pero leía con interés artículos científicos firmados por Izaurralde. Por eso, cuando se enteró de su muerte, Carrera —que trabajaba entonces en la D2C2 del MEC— propuso su nombre para la sala de videoconferencias. Investigó más sobre la vida de Izaurralde y se encontró con relatos de quienes habían sido sus compañeros de trabajo, que coincidían en destacar la entrega, calidad humana e inteligencia de la investigadora que surgió de un hogar humilde y logró ocupar espacios solo reservados para los mejores.

Cuando empezó a construir esa carrera, Izaurralde se dedicó a estudiar el ADN, pero la fascinó el ARN. Mientras el primero contiene las “instrucciones” para la producción de las moléculas que la célula necesita—, el ARN decodifica estas instrucciones, hace copias de esa información en ARN y la exporta al citoplasma celular, donde están las estructuras que fabrican las proteínas.

Gran parte de la carrera inicial de Izaurralde se centró en dilucidar cómo se produce esa exportación del ARN a nivel molecular. A eso se dedicó a partir de los años de 1990, cuando se mudó a Heidelberg, Alemania, para cursar estudios posdoctorales en el Laboratorio de Biología Molecular Europeo (EMBL). Posteriormente volvió a la Universidad de Ginebra, su alma mater, para crear su propio laboratorio, en el que identificó los mecanismos moleculares para exportar un tipo de ARN llamado mensajero, que lleva el mensaje al citoplasma.

En 1999, regresó al EMBL, fue jefa del Programa de Expresión Génica y siguió aportando al conocimiento de mecanismo de control celular sobre estos ARN mensajeros.

En 2005 inició un nuevo camino como directora del Departamento de Bioquímica del Instituto de Biología del Desarrollo del Instituto Max Planck, en Tübingen, Alemania, cargo que ejerció hasta su muerte.    

 

Sus premios y su legado

Por su destacada labor, Izaurralde recibió varios reconocimientos. Uno fue el premio Gottfried Wilhelm Leibniz, que en 2008 compartió con la investigadora italiana Elena Conti, por identificar “nuevas ideas fundamentales sobre el transporte intracelular y el metabolismo del ARN”. Este premio —el principal a la investigación alemana— otorga hasta un máximo de € 2,5 millones por cada uno de los 10 galardones anuales.

En 2012, recibió el premio Ernst Jung de Medicina, una de las distinciones más prestigiosas de Europa, que ha sido entregado a varios investigadores que luego fueron premios Nobel.

En tanto, sus colegas la nombraron miembro de la Organización Europea de Biología Molecular (EMBO) e integró varios comités científicos de institutos y consejos editoriales de revistas.

Mentora excepcional y aficionada a la salsa

Un rasgo distintivo de Elisa fue su entrega a la ciencia, al punto de relegar varios aspectos de su vida personal. Muchos colegas la señalan como dedicada mentora, interesada en el crecimiento profesional de sus discípulos. “Su legado vive a través del conocimiento que ella generó, a través del enjambre de ‘jóvenes demonios del ARN’ que ella guio, quienes continuarán agitando el campo en los próximos años”, escribió Oliver Weichenrieder, del Instituto Max Planck en Tübingen, luego de su fallecimiento.

En cuanto a su vida privada, se divorció de su marido a poco de llegar a Suiza y no volvió a casarse, aunque tuvo algunas parejas. Pese a su foco en el trabajo, en los últimos años había retomado actividades como bailar salsa, ir de excursión a las montañas, leer ciencia ficción y practicar meditación, detallaron sus compañeros Elena Conti y Witold Filipowicz, en el obituario publicado por la revista científica RNA.

“Esperamos que (…) recuerden a Elisa no solo como la figura intimidante sentada en la primera fila de las conferencias con la pregunta justa, la científica competitiva, excepcionalmente rigurosa, eficiente y sobresaliente que era, sino también como un ser humano generoso y una persona querida en nuestra comunidad”, destacaron los expertos.

“Echaremos de menos su intelecto brillante y su cálida y conquistadora sonrisa”, agregaron Matthias W. Hentze, director del EMBL, y Juan Valcárcel, presidente de la RNA Society, en el obituario publicado en la revista Nature Structural & Molecular Biology. Su sonrisa. Una búsqueda rápida de imágenes en Google siempre devuelve su sonrisa.

A su familia, con la que mantuvo contacto permanente aunque pocas veces volvió a Uruguay, le avisó que estaba enferma 10 días antes de morir. “Decía que no quería preocuparnos”, recuerda su hermana. Fue cuando supo que iba a morir. Entonces, Izaurralde dejó en orden sus cosas, pidió a sus amigos que en su memoria se hicieran donaciones a organizaciones que promueven la educación para niñas, y eligió un árbol en un bosque de la zona. Allí yacen hoy sus cenizas.

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