2 de marzo de 2019 5:03 hs

Dice Donald Trump que Kim Jong Un, alias Rocket Man, le escribe palabras bellas. El presidente lo sintetizó en una frase: “Me escribió hermosas cartas y nos enamoramos” (sic). Según Trump, al leer sus cartas se dio cuenta de que Jong Un es inteligente y divertido.  Qué difícil trabajo tiene la imaginación para imaginar el verdadero significado de las palabras utilizadas en el intercambio de seducciones al más alto nivel político mundial. ¿Cómo interpretar, qué interpretar? Los traductores del norcoreano al inglés han de sentirse igual que cuando el poeta estadounidense Ben Bellit tradujo al inglés los poemas de amor de Pablo Neruda (traducciones, por cierto, entre malas y pésimas).

Quién hubiera dicho que tras una sarta de palabras empalagosas (podemos imaginarlas), el gordito dictador con el gracioso corte de pelo, pasara de futuro culpable de la tercera guerra mundial, a ser el remitente que enamora con sus frases nada menos que al presidente estadounidense, quien nunca ha demostrado –al menos en público– ser un tipo romántico, ni siquiera las veces cuando quiere que su esposa le tome la mano, pero esta mira para otro lado, como si estuviera intentando tocarla un desconocido en la línea 102 destino Hipódromo de Maroñas. 

Lo mismo que en los puritanos días del siglo XIX, cuando las cartas representaban el primer paso para conseguir visa de residente permanente en el amor eterno, otra vez la vida epistolar recobra plenitud. En los tiempos menos esperados –porque la tecnología canceló para siempre el gusto por las bellas palabras escritas en fino papel y enviadas dentro de un sobre–, en tiempos cuando los dos mencionados son de los más temibles personajes universales, escribir cartas vuelve a convertirse en práctica de comunicación con vigencia total. Los ejemplos vienen de los lugares menos esperados.

Al mismo tiempo que Trump informa sobre su no tan secreta relación amoroso-epistolar con el líder norcoreano, el domingo pasado fueron rematadas las cartas escritas por el criminal James Whitey Bulger, quien estuvo fugitivo por 16 años, y a quien otro recluso asesinó en la cárcel. La imagen que la ley y el mundo tienen del homicida y mafioso de sangre irlandesa es la de un tipo cruel, carente de sentimientos, capaz de matar a sangre fría a quien le saliera al paso y fuera percibido como enemigo. En las cartas, que se hicieron públicas, aparecen las caras B, C, y D del criminal, el cual se presenta en sus palabras como alguien que sufre de nostalgia, tras constatar que el barrio donde creció en Boston cambió mucho hasta adquirir una imagen irreconocible. Bulger escribe comentarios que podrían ser comunes en un ciudadano honesto y común, pero no de un criminal con varios records sangrientos en su haber. En un momento de melancolía le escribe a un amigo: “El mundo ha cambiado... todo es diferente, incluso el barrio”. En el barrio de su infancia, donde vivía gente de escasos recursos que debía trabajar mucho para poder pagar las cuentas a fin de mes, ahora viven “niños universitarios ricos en condominios caros”.

Las cartas de Bulger presentan comentarios que resultan sorprendentes, pues revelan algo no tan conocido como son los sentimientos de los peores criminales cuando están en prisión. Como si fuera un niño en la escuela, Bulger escribe: “¡Esta noche nos dieron un helado en barquillo!” (los signos de admiración están en la carta escrita en febrero de 2015). Quizá lo más interesante de las misivas, escritas por alguien que no tiene una visión artística de la vida ni aporta perspectivas estéticas nuevas sobre el mundo circundante, sea el hecho de que presentan observaciones totalmente simples, pero sobre un mundo, como el carcelario, del que raras veces conocemos comentarios escritos con el candor de quien se siente solo y aislado. Lo interesante son las observaciones nimias, en apariencia insignificantes, que adquieren otra dimensión por haber sido escritas por uno de los grandes criminales de los últimos 50 años. 

Vivimos tiempos extraños, no hay duda al respecto. Nadie (o solo un puñado) entre quienes crecieron en tiempos de la computadora escribe cartas en papel, apenas cortos mensajes que tan rápido como se escriben y se leen son olvidados. Es tan grande el desconocimiento del género epistolar, de las frases bien escritas, con cuidado y amor por el idioma, es tan grande la ignorancia, que para algunos la palabra matasellos es sinónimo de sicario.

Bulger se queja del precio de los libros en la cárcel –“No puede ser, US$ 32  por un libro”–, de algunos políticos –“Todos los liberales como VP Gore [el ex presidente Al Gore] hicieron una fortuna hablándole del ‘calentamiento del planeta’ a las personas asustadas”–, de los medios de comunicación, a los cuales considera “parte y parcela de la corrupción en lugar de ser ‘perros guardianes’ de la sociedad”, y también del sistema legal, por considerar excesiva la pena que le dieron a su novia, la cual fue sentenciada a ocho años de cárcel por haber ayudado al criminal a escapar: “Jugué un juego rudo y acepté el trato rudo. Pero siento que Catherine fue tratada con demasiada severidad”. La insatisfacción con el tiempo presente y la nostalgia por la vida del pasado, son los dos sentimientos que recorren las cartas, en las cuales dice extrañar los días cuando estaba preso en Alcatraz y los presos eran más solidarios entre ellos, intercambiando regalos simples durante la estación navideña: “Aquí [en la prisión federal de Virginia donde estaba], los ‘presos’ te venderían los chocolates. En aquel entonces nadie buscaba obtener ganancias con otro convicto. Miro hacia atrás, esos años y el lugar, con nostalgia. Todo se ha ido”.

Al mismo tiempo que Trump informa sobre su no tan secreta relación amoroso-epistolar con el líder norcoreano, el domingo pasado fueron rematadas las cartas escritas por el criminal James Whitey Bulger, quien estuvo fugitivo por 16 años, y a quien otro recluso asesinó en la cárcel.

Bulger, quien a los 89 años de edad tenía problemas motrices, escribe en otro pasaje que no permite suponer lo que estaba por ocurrir: “Casi siempre que me voy a algún lado [dentro de la cárcel], los muchachos me preguntan ‘hey viejo, quieres un empujón’... o simplemente toman las manijas y comienzan a empujar. Una ventaja es que si estamos en silla de ruedas podemos ir al principio de la fila para comer”. Todo iba bien en la vida carcelaria del criminal, quien parecía haberse acostumbrado a los que iban a ser sus últimos meses o años de vida sin libertad, hasta que un día fue ejecutado brutalmente por otro preso, quien le destrozó la cabeza a fierrazos. Al parecer, el verdugo había sido contratado por dos mafiosos de Boston. 

Las cartas de Bulger estaban dirigidas a Timothy Glass, criminal 34 años más joven que él, a quien conoció cuando ambos coincidieron en una prisión federal de Brooklyn en 2013. Bulger estaba ahí acusado de participar en 11 asesinatos, y Glass por robo a mano armada. Bulger era un mito dentro del mundo del hampa y en la cárcel los reclusos hacían cola para conseguir un autógrafo del criminal, temido por la ferocidad con que podía matar a un enemigo, incluso aquellos que no lo eran pero eran percibidos como tales. Cuando tenía la necesidad de expresar en palabras sus sentimientos y puntos de vista, dejaba surgir otra imagen suya, una menos violenta, casi humana. Lo increíble de la relación epistolar entre ambos, y que destaca la necesidad de comunicación que tiene el ser humano cuando encuentra a alguien que lo escucha, es que Bulger y Glass tenían prohibido enviarse cartas, por lo tanto, el primero se las enviaba a un amigo que no estaba preso, y este se las reenviaba luego a Glass. 

En los tiempos menos esperados –porque la tecnología canceló para siempre el gusto por las bellas palabras escritas en fino papel y enviadas dentro de un sobre–, en tiempos cuando los dos mencionados son de los más temibles personajes universales, escribir cartas vuelve a convertirse en práctica de comunicación con vigencia total. Los ejemplos vienen de los lugares menos esperados.

“La gente está loca y los tiempos son extraños”, canta Bob Dylan en Things Have Changed, canción ganadora del Oscar en 2000. Vivimos tiempos extraños, no hay duda al respecto. Nadie (o solo un puñado) entre quienes crecieron en tiempos de la computadora escribe cartas en papel, apenas cortos mensajes que tan rápido como se escriben y se leen son olvidados. Es tan grande el desconocimiento del género epistolar, de las frases bien escritas, con cuidado y amor por el idioma, es tan grande la ignorancia, que para algunos la palabra matasellos es sinónimo de sicario. Sin embargo, vaya paradoja, el género epistolar es hoy un fenómeno literario, no en vano, las principales librerías del mundo tienen anaqueles dedicados a libros conteniendo la correspondencia reunida de figuras célebres de todos los estratos de la vida social. Es un tema para analizar. Al mismo voy a regresar en notas futuras.

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