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Postales de la plaga desde EE.UU (V)

Hay quienes creyeron que se había ido, pero la realidad demostró lo contrario; el coronavirus sigue presente y más poderoso que un mes atrás

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03 de julio de 2020 a las 05:02

El coronavirus se parece al pecado: es invisible y hay quienes no creen en él. La situación, mejor dicho, la forma de percibir el problema, está cambiando en varias partes del mundo donde eran mayoría quienes hasta hace un mes seguían creyendo que se trataba de una enfermedad como cualquier gripe invernal. Hoy más que ayer, el estado de vulnerabilidad se percibe a nivel colectivo, e incluso en sectores de la población que ignoraban el problema puede constatarse algo parecido al principio del pánico. Esto, para decirlo claro y conciso, que es la pandemia, va para largo. No creo que la situación mundial se normalice en menos de un año y pico. Tal vez dure más. La realidad se contrajo y estos últimos meses han servido para aprender que la paciencia y la resignación ante las ineludibles circunstancias son las dos únicas aliadas firmes que tenemos para sobrevivir el temporal sin que se hunda el barco.

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Amigos de todas partes del mundo, de Italia, España, Mongolia, Azerbaiyán, China, Corea del Sur, Chile, Rusia (mi amigo Eldar, poeta de estirpe, héroe cultural de Siberia), Argentina, México, Ecuador, casi todos ellos escritores, me han escrito en las últimas horas preguntándome lo mismo: ¿Está la situación en Texas tan mal como la presentan las noticias, las cuales dicen que la cifra de muertos y contagiados se ha disparado a niveles alarmantes? La respuesta es un sí rotundo, librado de eufemismos. Días atrás hablé con un médico que trabaja en uno de los principales hospitales de Houston y me dijo que en los veinte y tanto de años de profesión, nunca había visto una situación tan desafiante, riesgosa y peligrosa como la actual. Los adjetivos sobran para intentar describirla. ¿Cómo se ha llegado a ella? La respuesta no se hace difícil.

Cuando la crisis sanitaria a raíz del coronavirus se desató a principios de marzo en la costa este, notoriamente en Nueva York, las ciudades y pueblos de Texas mostraban una baja tasa de contaminados debido a la enfermedad, lo cual hizo creer a millones que las posibilidades de contagio eran bajas. Los temerarios, un grupo nada menor, supusieron que el virus había pasado de largo, o bien que su poderío letal y de contagio era menor. Las autoridades estatales, como corolario, levantaron las prohibiciones, y los bares y restaurantes volvieron a abrir como si la Covid-19 se hubiera marchado sin avisarle a nadie, cuando en realidad, la situación era otra muy diferente, tal cual las cifras de infectados y muertos de las dos últimas semanas lo destacan.

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Covid-19 amagó con que se iba, sin embargo, su aparente partida no fue más que una farsa; no solo no se fue, sino que decidió instalarse, como si Texas resultara territorio propicio para desparramar sus letales consecuencias. La tensión de los días actuales impide refugiarse en ilusiones y falsas esperanzas: el mes de julio que recién acaba de empezar va a ser durísimo, y mucha gente que pensó que la había librado y saldría ilesa de la pandemia, morirá o terminará internada luchando contra la muerte, en compañía silenciosa de todos quienes serán las próximas víctimas del gran mal del año, qué digo, del milenio.

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Gracias pandemia. El señor JM (no digo su nombre y apellido, pues su historia es parte de un álbum colectivo en el cual cada héroe es anónimo) vino de Guatemala a los Estados Unidos hace muchos años, escapándole a la pobreza. Llegó a este país sin nada, pero con un oficio digno y antiguo, que él ha convertido en arte: la sastrería. Claro está, hoy en día son pocos los hombres que pagan por un traje a medida, pues los trajes, también eso, vienen hechos de Oriente y pocos le sacan el cuerpo a vestirse un ambo Made in China. JM hace muy buenos trajes a medida, pero el sustento, el de él, su esposa y sus cuatro hijos, proviene de un plan B: arregla vestidos, sacos, pantalones, lo que sea y esté hecho de tela. Representa al típico experto en corte y confesión, que en una época hubo en cada barrio montevideano.

No obstante, este buen hombre, que trabaja de sol a sol y rechaza tanto los horrores del comunismo como del capitalismo feroz, que incluye a empresarios capaces de dejar en la calle a miles de empleados con tal de no permitir que sus millonarios ingresos disminuyan, ha encontrado en el virus internacional a un inesperado aliado. Cómo se preguntará usted. Pues, pues muy sencillo. Cuando el problema sanitario comenzó, JM tuvo la buena idea de comenzar a confeccionar tapabocas, primero para familiares y amigos que se desesperaban por no poder hallarnos ni en farmacias ni en supermercados. Luego, al ver que la gente entraba a su negocio preguntando si vendía tapabocas, comenzó a fabricarlos, de a uno y de a cientos.

De pronto, en la última semana, sus ganancias se han ido por las nubes. Anoche hablé con él y me dijo que no da abasto, que tiene a toda la familia frente a las máquinas Singer confeccionando máscaras anti Covid-19, las cuales vienen con diferentes diseños y colores. La cruel realidad indica que la necesidad colectiva ira aún más en aumento y que por los próximos meses el panorama pinta para convertir a los tapabocas en “el gran artículo no de lujo” del cual nadie puede prescindir. La pregunto a JM si tuvo quejas de algún comprador respecto a la calidad del producto y me dice que no, que todo lo contrario. La gente lo ha elogiado, incluso por redes sociales, y hay quienes dicen sentirse incluso elegantes al usarlos, por la buena elección de color y diseño. Le digo al noble sastre de barrio que a pesar de las circunstancias colectivas adversas debería celebrar, pues en esta parte del mundo sus tapabocas han superado en ventas a las remeras Lacoste del cocodrilo y a las camisas Ralph Lauren.

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