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Reflexiones de una vida en pausa

Tenemos la oportunidad de plantearnos como sociedad qué queremos hacer cuando la crisis se supere, antes el tiempo solía escasear

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06 de abril de 2020 a las 10:06

En el mes de febrero viajé a Seúl, capital de Corea del Sur, y ya entonces era necesario tomar algunas precauciones, como, por ejemplo, el uso de mascarillas.

Además de la sofisticación, pujanza económica y organización, me impactó la eficiencia de un pueblo acostumbrado a la obediencia y el respeto a la autoridad. Si tuviera que definir al surcoreano con una palabra diría disciplina.

Aun a riesgo de sonar extemporánea, entiendo que esa misma capacidad de respetar una orden sin mayores cuestionamientos, al menos en apariencia, puede ser una de las claves para entender por qué en Asia, especialmente en China y Corea del Sur, la pandemia ha sido mejor controlada que en Europa. Y ello teniendo en cuenta que ambas naciones fueron desde el inicio epicentro del covid-19.

En mi viaje de regreso a Uruguay, pude permanecer unos pocos días en España, lo justo para viajar al País Vasco a visitar familia. El coronavirus era, en el mejor de los casos, un problema de China y la solución era la salida inmediata de los españoles y otros extranjeros de Wuhan. A ninguno de mis amigos o familiares se les pasó por la cabeza que pocas semanas después la pandemia se cebaría con italianos, españoles y británicos, entre otros europeos.  Más bien lo contrario, me burlaban por haber visitado una zona de riesgo.

Resulta evidente que el modelo autoritario e invasivo de la privacidad de cada ciudadano que se practica en China no es plato de nuestro agrado en Occidente y serían muy pocos los que aquí en Uruguay abogarían por un cambio societario hacia ese modelo asiático. A decir del filósofo surcoreano Byung Chul Han los europeos reaccionaron tarde y mal, cerrando fronteras como también ha hecho Estados Unidos, en un intento por blindarse del coronavirus, mientras que en Asia los gobiernos optaron por incrementar la vigilancia de sus ciudadanos, compartiendo las empresas de telefonía y software con el Estado, datos e información sobre sus movimientos, temperatura corporal o incluso posibles violaciones de la cuarentena.

Uruguay se benefició con la aparición tardía del virus. Pero la alarma social que hay es muy similar a las de otras latitudes

Las razones por las que esta pandemia se está cobrando tantas vidas en Italia y España serán motivo de estudios científicos varios, especialmente a nivel de medicina y sociología. Sin embargo, me atrevo a aventurar una opinión.

Ante situaciones inesperadas y de la gravedad que reviste la actual crisis provocada por el coronavirus, no solo a nivel de salud sino también por su enorme impacto en la economía, incluso a nivel micro para trabajadores eventuales e independientes, las medidas a adoptar por parte de los gobiernos deben ser drásticas y contundentes. En menor o mayor medida Uruguay se benefició de la aparición más tardía del virus, cuando ya se conocía su altísimo impacto en Europa. No obstante, la alarma social y la incertidumbre que esta pandemia genera también en Uruguay es muy similar a la que se vive en otras latitudes.

Y es que nuestras vidas de repente entraron en pausa. Clases suspendidas, profesores improvisando aulas virtuales, restaurantes y bares cerrados, comercios con escaso movimiento y un sinfín de servicios paralizados por completo. El aislamiento y la exhortación desde distintas agrupaciones (médicos, periodistas, entre otros) a permanecer en casa debiera ser un acicate para regalarnos un tiempo de reflexión. Tiempo es lo que solía escasear para muchos, antes de la llegada del virus con corona, que afecta sobre todo a los que se mueven y desplazan, a los que solíamos salir a trabajar y realizar múltiples tareas, si acaso, no todas estrictamente esenciales.

Nuestra sociedad del espectáculo, en la que prima el morbo por la vida ajena y el talenteo, había olvidado cuán importante es invertir en áreas que se tornan vitales ante una crisis sanitaria 

Pues bien, hoy tenemos la oportunidad de plantearnos como sociedad qué queremos hacer cuando la crisis se supere. ¿Acaso volveremos a nuestra rutina desquiciada de horarios y superposición de tareas? O quizá pensemos fríamente sobre qué vale la pena mantener y qué descartar.

Europa bajó la guardia. A falta de una amenaza mayor se dedicó a recuperar tono muscular en sus finanzas tras la última recesión del 2008 y a zurcir las roturas de una unión que se rompía, como lo evidenció el brexit.

Estados Unidos siguió invirtiendo en poderío militar y económico, mientras Rusia y China hacían lo propio en distintas regiones en las que la Administración actual del presidente Trump no parece tener un real interés; a saber, Medio Oriente y África.

Nuestra sociedad del espectáculo, en la que prima el morbo por la vida ajena y el talenteo, había olvidado cuán importante es invertir en áreas que se tornan vitales ante una crisis sanitaria. La investigación y la ciencia debieran ser siempre sectores en los que los gobiernos inviertan más recursos económicos y de otro tipo. Sin embargo, el mundo desarrollado, también llamado civilizado, sigue exhibiendo un afán desmedido por el poder y el dinero.

No es con armas ni con glorias del fútbol que se podrá desarrollar una vacuna para el coronavirus. Cada cierto tiempo, a veces siglos, ocurre una epidemia que obliga a la civilización a reprogramarse. En vez de preocuparnos tanto debiéramos ocuparnos de pensar y planificar cómo podemos mejorar como especie en el futuro, esperemos cercano.

Entre la sociedad vigilante de los países asiáticos y la permisividad –y en no pocas ocasiones, frivolidad– de la nuestra occidental, existe un amplio espacio para crecer en empatía, solidaridad, protección de nuestra casa en común, el planeta y todas las especies que lo habitan, así como en un modelo económico que no descuide lo que verdaderamente importa que es el bienestar, físico y mental, de la gente.

Asimismo, hablar de un enemigo “invisible” o apelar a una metáfora como la guerra, reproduce una semántica falaz. Ni esta pandemia es una guerra ni  habrá héroes ni villanos. Nuestra sociedad occidental sigue anclada a una estructura masculina, según el modelo de cultura elaborado por Geert Hofstede, en la que los valores que la guían como la asertividad, el materialismo o una menor preocupación por el ajeno, vale decir por el prójimo,  claramente no son los que nos ayudarán a salir de esta crisis. Por ello, profesores y otros educadores debemos plantear una nueva semántica que ponga en valor cuestiones que se dejaron libradas a la ética, la religión y las buenas costumbres, es decir al campo de las humanidades, tan denostadas en tiempos de competitividad y el exitismo capitalista. La atención al otro, el cuidado de nuestra sociedad a todos los niveles, no solo su bienestar económico, la empatía y la solidaridad altruista recuperan una centralidad que ha de ser debidamente entrenada desde la infancia. Todos estos valores, presentes en sociedades femeninas a decir de Hofstede, no debieran ser exclusivos de la mujer si no un rasgo común a ambos géneros en este atribulado siglo XXI.

Entender esta necesidad exige una nueva retórica de nuestros gobernantes, pero también un cambio en el paradigma de educación. Esta es una reflexión para estos tiempos en que nos adaptamos a nuestra nueva vida en pausa. Saldremos de esta crisis, sin duda que sí, e incluso fortalecidos, pero ojalá sea con la inteligencia suficiente para discernir entre lo importante y lo secundario.

Directora de la Cátedra Permanente de Islam

Instituto de Sociedad y Religión, departamento de Humanidades

Universidad Católica del Uruguay

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