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Releyendo la elección uruguaya: ¿Una isla en el vecindario?

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05 de diciembre de 2019 a las 05:01

Por Rafael Porzecanski 

Especial para El Observador 

Los uruguayos somos habitualmente afectos a compararnos en términos favorables frente al vecindario en el que vivimos. Aunque a veces estas comparaciones pecan de autocomplacientes, cuando de política se trata el diagnóstico favorable tiene fundadas razones. Sin importar el índice de democracia elegido, el país sale muy bien parado ante la región. Elecciones libres y competitivas, gobiernos susceptibles de perder elecciones y entregar el mando sin dificultades, protagonistas políticos que raramente juegan al borde del reglamento, debates presidenciales civilizados, ciudadanos capaces de agitar banderas diversas en un mismo espacio físico. Aunque la lista podría continuar, los ejemplos alcanzan para ilustrar una democracia sólida cuya luz brilla especialmente en un año muy tumultuoso para la región.

Autopercibirnos políticamente excepcionales nos ha llevado sin embargo a privilegiar las explicaciones endógenas de nuestros rumbos políticos, es decir, a enfatizar los procesos explicativos internos: los errores de tal o cual gobierno, la diferente capacidad de los partidos para construir relatos poderosos, la eficacia de las campañas publicitarias y las fortalezas y debilidades de imagen de tales o cuales candidatos. En cambio, hemos descuidado la importancia de fenómenos que compartimos con nuestros compañeros de región y que impactan fuertemente en las respectivas economías, en el humor de los ciudadanos y, al final del día, en su comportamiento en las urnas.

¿Cómo es que el viento regional puede afectar los sucesos políticos del Uruguay si al mismo tiempo lucimos tan políticamente excepcionales? Los recientes trabajos de dos politólogos brasileños, Cesar Zucco y Daniela Campello, nos dan buenas pistas al respecto. Según argumentan y prueban con modelos econométricos, los países sudamericanos son altamente vulnerables a dos grandes variables exógenas: las tasas de interés norteamericanas y el precio de las commodities. Estas dos variables tienen un fuerte impacto en los indicadores económicos domésticos (tales como el crecimiento y el empleo) que a su vez moldean el humor político ciudadano. Por ello, cuando los buenos tiempos ocurren (como el reciente super ciclo de las commodities), los gobiernos tienen altas probabilidades de ser reelectos. A la inversa, cambios muy negativos en una o ambas de estas variables exógenas afectan negativamente la economía, alimentan el descontento popular, favorecen la alternancia en el poder y, en contextos de crisis extrema, podrían producir incluso un cambio de régimen (sea en dirección autoritaria como en los setenta o democratizadora como en los ochenta).

Si reflexionamos acerca del ciclo de ascenso y caída del Frente Amplio, este se corresponde con el comportamiento de la mayoría de progresismos sudamericanos. Por ejemplo, a principios de este siglo, los progresismos acceden al gobierno en el marco de economías (como la uruguaya) severamente afectadas por shocks exógenos. Fruto principalmente de esta alternancia, entre 2000 y 2004 solo el 22% de las elecciones sudamericanas arrojaron victorias oficialistas. En cambio, entre 2005 y 2014 los oficialismos disfrutaron de contextos económicos muy favorables y mayoritariamente renovaron con comodidad el gobierno. La tasa de reelección de los oficialismos llegó en esos diez años al 67%. En ese período ocurren, por ejemplo, las renovaciones en el poder del FA en Uruguay, del MAS en Bolivia, del FPV en Argentina y del PT en Brasil entre otros.

A partir de 2015, con el fin del boom de las commodities y el deterioro económico, el descontento ciudadano vuelve a predominar y los oficialismos pierden el 78% de las elecciones celebradas. Aquí se enmarca el llamado fin de la primera ola progresista (del que Uruguay es el último protagonista) pero también alternancias en países con gobiernos de otro signo (como Colombia). Argentina es un caso particularmente interesante pues es el único país en el que se celebraron dos elecciones presidenciales desde 2015 en adelante, es decir, en tiempos regionales de vacas flacas. En línea con el contexto económico adverso, en ambas elecciones perdió el oficialismo, primero el kirchnerismo a manos del macrismo y luego el macrismo a manos del kirchnerismo.

Justo es decir que aunque el FA accedió, renovó y perdió el poder en tiempos y dinámicas similares a otros progresismos regionales, todo este proceso ocurrió “a la uruguaya”: sin elecciones fraguadas, sin intentos reeleccionistas indefinidos, sin rebuscados juicios políticos presidenciales, sin una oposición jugando al “todo o nada” y sin amenazas serias de una escalada de violencia civil o de conformación de una grieta social irreparable. Tampoco es correcto afirmar que el contexto regional causó la derrota del Frente Amplio. Esta no era inexorable tal como la exigua victoria de la oposición en el balotaje dejó en claro. Sí, sin embargo, el nuevo escenario contribuyó al significativo debilitamiento del oficialismo ante la ciudadanía (reflejado en las urnas con pérdidas de nueve y seis puntos respecto a la primera y segunda vuelta de 2014), imponiéndole restricciones inéditas desde que accediera al gobierno y exhibiendo los evidentes límites del llamado “desacople económico”.

En las puertas de un nuevo ciclo de gobierno que marca alternancia en el poder e impone significativos desafíos a sus conductores, es necesario observar este año políticamente complejo para la región no solo desde el verde jardín de nuestra democracia distintiva sino también reconociéndonos como habitantes de un vecindario con una historia compartida de luces y sombras. Seguramente, los soplidos del viento regional volverán a darnos claves para entender los próximos cinco años y nos ayudarán a estimar las posibilidades de opositores y oficialistas al regresar en 2024 a las urnas.

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