3 de abril 2015 - 18:50hs

Hubo una época lejana, filmada en blanco y negro, donde las bandas de rock uruguayas, impregnadas de beatlemanía o amor por los Rolling Stones, cantaban en inglés y usaban los mismos instrumentos, las mismas melodías, los mismos cerquillos y las mismas risitas para cautivar a multitudes en ambas márgenes del Plata e incluso en territorios allende el estuario, como por ejemplo Bolivia. Esos fueron Los Shakers, comandados por los hermanos Hugo y Osvaldo Fattoruso, y Los Mockers, con el inconfundible vozarrón del “Polo” Pereira.

Si bien pronunciaban mal algunas palabras en inglés, su calidad técnica era muy buena y, si hubiesen surgido en Inglaterra, hubieran conseguido trascender mucho más de lo que lograron en la Tacita de Plata montevideana. Fueron la reacción local ante un fenómeno mundial.

Los cantantes de protesta de la década de 1960 los miraban por encima del hombro, como unos colonizados culturales que ignoraban de forma olímpica las luchas revolucionarias del pueblo. Muchos años después, escuché a Hugo Fattoruso en televisión poco menos que pidiendo perdón por la actitud que habían tenido en aquellos años Los Shakers. O sea que durante la década de 1970 la actitud política del rock uruguayo fue la indiferencia.

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A lo largo de la dictadura, el rock local, el que pudo quedarse en el país, se refugió en las metáforas más o menos retorcidas para intentar decir cosas y palabras prohibidas. A la salida democrática, con mucha mayor influencia del punk en la escena uruguaya, el rock era mucho más combativo y la actitud frente al poder político era de desconfianza y de desafío. Los Estómagos, Los Tontos, Cross, Los Buitres, Los Traidores y varios otros. A pesar de esto, hubo algunos que quisieron ver detrás de la insurgencia de estos grupos rockeros algún tipo de expresión cultural de la primera presidencia de Julio María Sanguinetti y de olvido de las reivindicaciones, por ejemplo, de todo el movimiento de los familiares de desaparecidos. El rock seguía siendo alienante.

Esta situación se trasladó a la década del noventa, donde apareció una banda que parecía tocar canciones en broma y tuvo un súbito éxito en 1995: El Cuarteto de Nos. Su relación con el poder de turno fue distante hasta que se les ocurrió en una canción tomarle el pelo a Artigas y debieron enfrentar un juicio por vilipendio a los símbolos patrios.

El apogeo popular del rock uruguayo coincidió con los años de la crisis económica y social de inicios del milenio. Allí pulularon bandas como La Vela Puerca, No Te Va Gustar, Trotsky Vengarán y un Cuarteto de Nos renacido (y descafeinado). Si bien en algunas letras había referencias críticas hacia la Policía y el control estatal, se guardaron bastante bien de esconder sus palos, porque el gobierno se caía solo, sin necesidad de ningún empuje cultural.

Y luego ganó el Frente Amplio y algunos grupos de rock se volvieron casi oficialistas, participando y poniendo la cara y la música en campañas oficiales. Una actitud nueva y peligrosa en este repaso histórico, porque el rock auténtico y el poder nunca se llevaron bien. En la última campaña electoral varios rockeros locales aparecieron cantando el jingle del Frente Amplio (“No te detengas, no dejes de soñar…”). Entre ellos, uno fue Federico Graña, líder de la banda Fede Graña & Los Prolijos, por lo que la actitud fue peligrosa.

Hace unas semanas, su banda estuvo en la ciudad texana de Austin en Estados Unidos, representando a Uruguay en la edición del festival South by South West. Mi compañera de sección, la periodista Kristel Latecki, les sacó la foto que ilustra esta columna, tocando en un pub con una bandera de Estados Unidos de fondo.

Cuando vi la foto, pensé: “Estos tipos podrían ser perfectamente tejanos”, pues además sus ritmos son claramente estadounidenses. A pesar de los años parece que hay un reflejo constante en la cuestión musical, como Los Shakers imitando a Los Beatles. Algunas cosas cambian y otras no.

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