Opinión > EDITORIAL

Tierra de nadie

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06 de febrero de 2020 a las 05:02

El asesinato de Pepe, el cuidacoches de una de las calles aledañas a Plaza Constitución en Pando por una turba de forajidos es la triste postal de una convivencia urbana que hace tiempo está herida y sangra.

Lo mataron entre diez personas a cuchillo, patada y piedra limpia. El motivo del crimen aún permanece en misterio. Hay quienes sugieren que fue por que impidió el robo de una moto o por que trató de evitar que le peguen en patota a alguien.

Las imágenes captadas por los videos de vigilancia de la zona ven como la manada lo persigue una cuadra hasta atraparlo y como si fuera una presa lo destrozan hasta dejarlo inerte en la calle junto a un contenedor.

Pepe tenía problemas con las drogas, consumía marihuana y pasta base. Pero no era de los peores de la calle. Tenía una pareja con quien estaba peleado por esos días. Sin embargo, era querido y hasta apañado por los vecinos de la cuadra que cuidaba. Muchos comerciantes incluso le arrimaban todos los días un plato de comida para alimentarlo y se sentían seguro por su presencia.

Hay cientos de Pepes en todos los barios y en todas las cuadras de las principales ciudades del país. Son hombres jóvenes –este tenía 39 años cuando lo mataron– que luchan por sobrevivir con los míseros pesos que consiguen de cuidar coches. Para quienes no están en situación de calle y utilizan los autos como medio de transporte pueden convertirse en un verdadero dolor de cabeza. No todos son educados, no todos son serviciales, pero son legión.

Para esa numerosa población masculina urbana ser cuidacoches es la última barrera previa antes de caerse del sistema. Se encuentran en esa frontera difusa entre la civilidad y la barbarie. Un peldaño más abajo está mendigar y comer de la basura: la locura y el abandono total. Padecen problemas graves por abuso de alcohol, drogas, el desarraigo, la soledad y en muchos casos tienen patologías mentales. A su manera y con las pocas herramientas que les quedan saben que es su última batalla.

Pepe murió en la calle. Sus asesinos siguen libres. Tal vez ni sepan que comparten la culpa de haber matado a un pobre hombre que vivía en la calle. Es la barbarie a la que Uruguay se viene acostumbrando desde hace tiempo sin poder reaccionar. En las noches en las plazas y esquinas oscuras de Montevideo y los principales centros urbanos hay decenas de Pepes deambulando con hambre, masticando sus mandíbulas, presos de adicciones, tan solo esperando ver el amanecer de un nuevo día para poder continuar sus vidas sin norte.

Cuando la opinión pública aún comentaba el triste episodio de Pando, trasciende la noticia del ataque con una bolsa de escombros a una policía que iba en moto a cumplir su tarea. Luego de caer en el pavimento en velocidad, y ante el inminente ataque de su agresor, saca su arma de reglamento dispara y lo mata en defensa propia. El atacante tenía 24 años y antecedentes penales: murió.

Dos episodios tristes del avance de una tierra de nadie que avanza sin pausa allí donde no hay más Estado ni Ley. Una barbarie que hay que enfrentar con decisión aplicando urgentes políticas públicas y aplicando el Estado de Derecho pese a quien le pese.

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