Siempre se ha dicho, y se dice, que todos los caminos llevan a Roma... salvo los años en los que la festividad de Santiago Apóstol cae en domingo, como ocurre en el año en curso. Esos años, y cada vez más, la verdad es que todos los caminos parecen conducir a... Santiago de Compostela, en el noroeste español.
Este es un Año Santo -denominación tradicional, aunque ahora se lleve mucho lo de 'Año Xacobeo'- especial, porque no volverá a celebrarse, no volverá a coincidir el 25 de julio en domingo, hasta el año 2021. Muy lejos. De modo que se espera que sean millones los peregrinos que viajen, por todos los medios imaginables, hasta la catedral compostelana. Muchos son los caminos, y muchos los medios; pero lo tradicional, lo clásico, es hacer el llamado Camino Francés, que recorre buena parte del Norte de España, desde Roncesvalles, donde fueron batidas las tropas de Carlomagno, hasta Galicia. Y lo suyo es hacerlo... a pie.
Vale la pena, desde luego. Artísticamente compensa, sobre todo si a uno le gusta el arte románico. El paisaje también es magnífico: la mayor parte del Camino transcurre por la España verde. Y, gastronómicamente... pocas peregrinaciones pueden resultar tan satisfactorias como ésta.
Uno de los símbolos de esa peregrinación es la vieira. Bueno, lo que queda de ella una vez comida, es decir, su valva cóncava. Pero la vieira es un molusco marino, que en realidad no encontraremos hasta el final del Camino. Sucede que recorriendo las tierras de Navarra, La Rioja, Castilla la Vieja, León y Galicia el peregrino acabará convirtiéndose en un "gastroperegrino", por la riqueza de las cocinas de los parajes que va a recorrer.
Las cocinas... y los vinos. En esta ruta se encontrarán con los mejores vinos de España. Sin desmerecer a ninguno, habrá ocasión de saborear vinos navarros antes de internarnos en las dos zonas de tintos españoles de más prestigio: la Rioja y la Ribera del Duero. Cerca queda otra zona de blancos -Rueda- y otra de tintos recios -Toro-; un intermedio en El Bierzo... y nos daremos de bruces con los vinos gallegos, con esos blancos excelsos que se elaboran con uvas que recorrieron ese mismo Camino hace casi mil años.
Vinos y cocina del Camino... Un motivo más para peregrinar, para patearse el viejo Camino que marcan en el cielo las estrellas desde hace miles de millones de años, para seguir el curso del sol en ese eterno viaje hacia el Oeste. Verduras navarras y riojanas, asados castellanos, mariscos gallegos... son sólo algunas de las muchísimas posibilidades que se ofrecen. Cocinas antiguas, serias, rotundas.
Pero también hay sitio para los postres. Uno es el más emblemático: la tarta de almendras que se conoce, justamente, como "tarta de Santiago", que lleva su cruz marcada en su cara superior. Hoy se quiere regular su elaboración, para evitar fraudes, y está bien. Pero la verdad es que su confección no ofrece grandes dificultades, y los resultados son muy gratificantes.
Ustedes muelan hasta reducir a polvo unos 200 gramos de almendras. Batan en un bol cuatro huevos con otros 200 gramos de azúcar, hasta que los huevos doblen su volumen. Procedan entonces a mezclar cuidadosamente este batido con las almendras molidas, momento en el que añadirán, además, una pizca de canela y unas ralladuras de piel de limón.
Forren un molde desmoldable con papel sulfurizado untado de mantequilla y llénenlo con la masa anterior. Calienten el horno al máximo durante unos diez minutos; a continuación, bajen la temperatura a 120 grados centígrados y metan la tarta. Dejen que se haga, siempre a temperatura suave, durante unos 35 ó 40 minutos. Desmolden la tarta y cubran su parte superior con azúcar en polvo, sobre la que, con la plantilla correspondiente, podrán trazar la cruz de Santiago... o el motivo decorativo que se les antoje.
Un postre perfecto para una larga peregrinación. Aunque, si quieren terminarla de verdad, han de seguir caminando un poco más: el Camino jacobeo acaba en Compostela, pero el Camino hacia el Oeste no termina hasta que el peregrino ve cómo se hunde un sol rojo como el fuego en el antiguo Mar Tenebroso, desde los impresionantes acantilados del cabo de Finisterre. Hay que llegar allí... y sin miedo, que pese al nombre, aquí no se acaba el mundo.