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Un debate que pudo ser entre tres o cuatro, pero fue de dos

La estrategia de Talvi, golpeando a un socio potencial, muestra que no es fácil que haya más debates antes del 27 de octubre

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05 de octubre de 2019 a las 05:00

Los frenteamplistas señalaron al de la derecha de la pantalla y dijeron: “No da la talla”.

Los nacionalistas apuntaron al de la izquierda, y dijeron: “Se van”.

Los colorados de Talvi miraron con bronca, por la exclusión, y dijeron: “Si estaba Ernesto hubiera sido paliza”.

Los colorados de Sanguinetti, señalaron a Martínez y concluyeron: “Se van”.

Los cabildistas comentaron: Manini hubiese pegado más fuerte y claro.

Los de otros partidos, siguieron su batalla por marcar bases en el mapa.

¿Y los “indecisos”?

El comienzo de octubre fue con un debate entre candidatos presidenciales como sólo había ocurrido en Uruguay en las elecciones de 1989 y 1994: en ambas campañas entre varios candidatos.

Este debate 2019 nació mal, y pese a lo enredado de una organización de tipo colegiado, dio un resultado aceptable para ver el comportamiento entre los candidatos de los dos partidos con más adherentes en el país.

Nació mal, porque en una elección con varios partidos, de los cuales hay cuatro de peso significativo, era claramente injusto que se limitara a dos candidatos.

El papel del sindicato de los trabajadores de los medios de comunicación deja mal expuesto a un gremio que resurgió en dictadura con la bandera de la libertad de expresión y la necesidad de que todas las voces pudieran ser escuchadas.

La Asociación de la Prensa Uruguaya (APU) se conformó con dejar por escrito el deseo de que hubiera más debates, pero no se incomodó con brindar su ámbito gremial para un debate con excluidos.

Nadie puede imaginar que en las primeras elecciones de la nueva democracia, cuando el Frente Amplio era el tercer lema partidario (1984 ,1989 y 1994), la APU hubiera sido organizador de un debate presidencial entre colorados y blancos.

No solo no se hubiera prestado a jugar el rol de organizador, sino que hubiese puesto el grito en el cielo en defensa de la exposición más plural posible de ideas y propuestas.

El caso de los medios de prensa privados es diferente: ante la severa acusación del candidato colorado, de ubicarlos en el rincón de cómplices de la exclusión, quedaron rehenes de una decisión tomada, y su alternativa era transmitir o ignorar lo que iba a ser el principal hecho político de la campaña (al menos hasta ahora).

***

El debate valió la pena. Mostró dos dirigentes políticos que se preparan en serio para exponerse ante el gran público, que estudiaron contenido de sus mensajes y estilo de comunicación, que llevaron mensajes concretos para transmitir, y que pueden confrontar sin cortar líneas de diálogo.

Dureza y respeto, acidez y cordialidad.

Para una parte del público falto “show”; para otra faltó “contenido”, pero lo cierto es que esto es Uruguay, una penillanura suavemente ondulada, sin el histrionismo de los porteños, ni la intelectualidad de otrora.

Martínez y Lacalle Pou sabían que corrían riesgos, que por apostar fuerte podían quedar mal expuestos, que ir a ganar por nocaut podía tener un efecto búmeran, y que por lo tanto “ganar por puntos” siempre queda dentro de la polémica de miradas diversas. A todo esto, los convencidos reafirmaron su convencimiento, y no hay pistas de qué conclusión sacaron los que no tenían definición de qué hacer el domingo 27, aunque el debate no pareció tener golpes de efecto tan fuerte como para ayudar a un indeciso a dejar de hacerlo.

Lacalle Pou aprovechó todo el tiempo que pudo para reafirmar la necesidad de un cambio, y eso va de la mano de un sentimiento mayoritario de desaprobación de lo hecho en este gobierno .

Martínez advirtió que se puede estar peor, que cambiar no es igual a mejorar, y que en otros países donde hubo cambio de partido en el gobierno, hoy la gente vive peor.

Lacalle Pou habla de “lo que une” a la oposición y tiene un triple desafío: (i) mantener unidad en el Partido Nacional pese a que hay nuevos miembros no habituados a estos menesteres; (ii) convencer indecisos y lograr la mayor votación posible para ganar la elección; y (iii) hacer lo anterior sin descuidar lazos de unidad con otros partidos, potenciales socios.

Talvi busca crecer pero sin la presión de ese tercer punto (cuidar unidad entre opositores) y por eso caricaturiza el plan de Lacalle Pou sobre un acuerdo político y programático que se plasme en una ley de urgencia que recoja las coincidencias entre socios. Lo comparó con “una lista de supermercado” y dijo que en cambio, él tiene un “proyecto de país”, que se supone que los blancos no tienen.

Esto último muestra que es muy difícil que haya un debate Lacalle Pou-Talvi, como reclama Martínez como condición para volver a debatir, porque para el candidato blanco (y para la oposición en su conjunto) sería de alto riesgo.

El Frente Amplio encuentra en la estrategia y en los dichos de Talvi, un buen punto para advertir que una alianza entre esos partidos no garantiza “gobernabilidad”.

Sanguineti opera diferente: hizo ayer un llamado público a votar “por el cambio” y contra “el continuismo” en nota de “Correo de los Viernes” en la que advirtió que en esta elección no solo se vota “el curso de los próximos cinco años”, sino que “más aún, porque las consecuencias se proyectarán hacia un lapso mucho mayor”.

Sanguinetti prioriza la coalición y el cambio; pero Sanguinetti no ganó la interna.

Talvi prioriza “el proyecto” de Ciudadanos, por lo que necesita votar lo más que pueda el domingo 27 y no se limita en chocar contra un potencial socio.

Expuesto eso en todos los canales en forma simultánea, era y es mucho riesgo para Lacalle Pou. Por eso, aunque la exclusión de Talvi sea injusta, ahí están los incentivos de Lacalle Pou para que el debate fuera de dos, y nada más que dos.

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