19 de diciembre 2020 - 5:01hs

Es fácil hablar de libertad cuando la libertad no está en juego, cuando no hay riesgos ni desafíos ni autoritarismos ni temores que la coarten. Este año los uruguayos nos convencimos de que éramos los campeones de un tipo de libertad que el presidente Luis Lacalle Pou llamó “libertad responsable”. Fuimos campeones circunstanciales, lo cual no le quita mérito al esfuerzo.

Durante más de ocho meses logramos contener una pandemia que descontroló al planeta, que provocó más de un millón y medio de muertes y cientos de miles de contagios, que destrozó vidas y economías y que nos bajó a la raza humana entera de un pedestal artificial que, sin embargo, siempre nos gusta ocupar. Así logramos salvar a uruguayos con nombre y apellido, se calcula que a unos 1.000, y sumamos calidad de vida porque pudimos movernos, trabajar (aunque miles se quedaron sin trabajo), durante varios meses ver a amigos y compañeros, y mantener un ritmo más o menos normal en tiempos en que la normalidad es ya un concepto perimido.

Todo lo pudimos hacer porque fuimos, mayoritariamente, responsables. Pero pasó el temor que nos corría por los huesos, volvimos a nuestra cotidianeidad y así nos creímos de nuevo un poco dioses, ese estado “natural” al que lamentablemente nos hemos acostumbrado los humanos desde hace milenios. Ahora estamos en problemas, algo que era esperable y que tanto el gobierno como los científicos se veían venir. Ahora nos piden, con razón, que volvamos a ser responsables.

El mensaje es que “la conducta humana puede ganarle a las gráficas”, como dijo el presidente en la conferencia de prensa del miércoles en la que anunció una nueva batería de medidas con las que se intenta contener el crecimiento de los casos. En la teoría es posible doblegar al virus para evitar llegar a esos 1.200 contagios diarios que, sin pelos en la lengua, Fernando Paganini (una de las tres caras visibles del GACH) dijo que se estiman para fin de año si las medidas no surten efecto. En los hechos, y de acuerdo al comportamiento de los uruguayos durante estos últimos meses, es altamente improbable que lo logremos. La movilidad no baja y la conciencia parece haber desaparecido.

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Acá entra en juego de nuevo la libertad, esa palabra tan hermosa con la que nos llenamos la boca, que genera alaridos políticos que frecuentemente no tienen pies ni cabeza y que hemos aprendido, desde tiempos inmemoriales, a manipular a piacere, de acuerdo a nuestros caprichos de turno. Usted podrá tener la posición que quiera sobre la libertad, pero difícilmente exista una que no integre los conceptos de derechos y deberes.

Personalmente me sumo a la definición de libertad del filósofo existencialista Jean Paul Sartre. “El hombre está condenado a ser libre” es una de sus frases más célebres, de esas que a veces, de tanto repetirlas, se vuelven vacías. Pero esta está llena de significado, hoy más que nunca. Esa condena tiene que ver con la dualidad derechos-deberes que nos regala y nos exige la libertad, una dualidad de la que en estos días deberíamos ser mucho más conscientes y a la que deberíamos venerar, tanto los ciudadanos comunes y corrientes como los jerarcas y políticos que crean regulaciones y opinión.

Estamos condenados a ser libres y por eso mismo somos totalmente responsables de lo que hagamos. No es que la realidad coarte nuestra libertad. Es lo que elegimos hacer con esa realidad, en este caso con esta pandemia, lo que determina nuestra libertad. Por eso está muy bien que el gobierno haya tomado algunas medidas, que las administraciones departamentales controlen y multen, que la policía y los helicópteros de la Armada patrullen. Pero nunca podrán, ni deberían (porque eso sería un peligro para nuestra libertad), sustituir la dimensión personal que hace que cada uno de nosotros sea, al menos en este país, dueño y responsable de su libertad.

En momentos de incertidumbre es muy humano eso de buscar soluciones mágicas, oráculos que predigan el futuro o mejor aún el presente. Miramos a las estrellas, a las religiones o a los gurúes de turno, igual que miramos a un presidente, a un gobierno o a un científico en busca de salvación. No son lo mismo, pero en este caso ninguno tiene la posta a la hora de sacarnos el peso de nuestra propia libertad responsable. No hay dios ni GACH ni presidente que pueda o deba hacerlo y agradezco que así sea, porque pretendo seguir administrando mi libre albedrío para decidir cómo vivir y educar a mis hijos, pero también para discernir con cuántas personas me junto en Navidad, dónde me voy de vacaciones y quiénes y cuántas burbujas armaré para cuidarme y cuidar a los que quiero y, por extensión, al resto de los uruguayos.

Todo lo anterior no se hace solamente con gritos para la tribuna o con “botoneos” por redes sociales o en vivo y en directo. La responsabilidad empieza en casa, en cada uno de nosotros, y recién después se traslada al comunicado gremial, al discurso político o al censor de las redes que anda gritando qué se puede o no hacer. He leído y escuchado muchas críticas sobre las medidas que se tomaron; que son muy indulgentes, que son muy duras, que no bastan, que se meten con nuestra libertad personal.

Pero casi nunca escucho a alguien que diga primero qué hace él o ella para intentar contener el virus y luego analiza hasta qué punto las medidas son muchas, pocas, efectivas o ineficientes. La libertad responsable era nuestra bandera a mediados de año. ¿Ahora queremos que alguien se encargue de controlarla? Si es así, es hora de sacarse la careta y pedir directamente lo que se quiere. El presidente del Frente Amplio (FA), Javier Miranda, dijo esta semana: “Es la hora del Estado para poner límites a la situación de la pandemia". ¿Cuáles son los límites que considera convenientes? ¿Cuarentena total, como adoptaron muchos países europeos cuyos niveles de democracia no se pueden discutir? ¿Toque de queda como ya está establecido también en muchas partes? En cuanto se limitó el derecho a reunión hubo críticas. ¿Cómo se establecen límites sin tocar el hueso de las libertades personales?

Uruguay ha tomado como norte a Alemania a la hora de evaluar las medidas que se llevan adelante en ese país, en una segunda ola que ha resultado mucho más devastadora de lo que se preveía. Aquí, mientras tanto en la primera ola, nos llenamos la boca con críticas pero seguimos moviéndonos por todos lados como si no pasara nada. No critico la movilidad. Critico el doble estándar.

Angela Merkel fue contundente y al mismo tiempo muy empática, casi emotiva –algo que no la caracteriza– cuando en estos días pidió comprensión y redoblar esfuerzos que suponen muchas limitaciones a la libertad. "Realmente lo siento, desde el fondo de mi corazón. Pero si el precio que pagamos es de 590 muertes al día, entonces esto es inaceptable", dijo hace unos días, al tiempo que anunciaba una cuarentena aún más estricta que regirá hasta el 10 de enero, con cierre de todos los comercios no esenciales, ampliación de vacaciones escolares y limitación de reuniones de Navidad de hasta cinco personas de dos domicilios (sin contar menores de 14 años). Todo esto lo anunció al día siguiente de que se llegara a un récord de contagios y muertes en su país: 29.875 nuevos casos y 598 fallecidos.

Vuelvo a Sartre, que no por filósofo carece de practicidad; para él, el hombre tiene la felicidad y la condena de la libertad. Ambas dimensiones son igual de complejas. De nosotros depende cómo administrarlas, lo que también supone aceptación o crítica constructiva a lo que se dispone desde el Estado. Ni fantasías ni lloriqueos. Libertad responsable.

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