19 de septiembre de 2020 5:00 hs

Fue a mi tío con apodo muy anglosajón a quien se le ocurrió que yo debía conocer en persona a Mario Benedetti. Mi tío era amigo de la esposa del escritor, mujer de buena puntería en el polígono de tiro, según él me dijo, y creía que para mi incipiente condición de escritor en vías de desarrollo sería un estímulo encontrarme con una figura estelar que por entonces, año 1970, era también vocero de una manera flechada de ver la realidad, tal como lo siguió siendo hasta su muerte el 17 de mayo de 2009. En mi etapa adolescente yo hacía unas cuantas cosas relacionadas a la vida, entre otras escribir. Los tanteos en el lenguaje apenas comenzaban. Bueno, no tanto, pues para mi sorpresa había ganado el primer premio de un concurso de poesía para estudiantes liceales de Montevideo. Hoy me da vergüenza recordar el poema galardonado. Los amores incumplidos de la adolescencia han alimentado a gran parte de la peor literatura universal que se ha escrito. Afortunadamente, el poema se perdió. 

Tras muchas idas y venidas, porque Benedetti siempre tenía algo que hacer, mi tío logró concretar la cita. Como el del poema de Ernesto Cardenal, el escritor famoso era un hombre muy ocupado. Dijo mi tío que Benedetti había dicho que me recibiría a las 3 de la tarde de un día martes de octubre en su oficina de la Facultad de Humanidades, en el antiguo edificio cerca de la aduana que daba la impresión de estar viniéndose abajo. Llegué en punto, como llego siempre a las buenas citas. La secretaria informó que Benedetti no estaba, pero que iba a llegar pronto. Pronto, ¿cuándo? “Seguramente viene en camino”. A pocas cosas le temo más que al adverbio seguramente. La gente lo usa cuando sabe a ciencia cierta que ocurrirá todo lo contrario a lo que está diciendo. Tal cual. Mientras lo esperaba, sin que hubiera expirado aun mi entusiasmo, se me ocurrieron posibles preguntas para hacerle, en caso de que se diera la oportunidad (no se dio): ¿Cree que hubiera tenido el mismo éxito de haber usado su nombre completo, Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia? ¿Realmente le parece que Mario Benedetti es mejor que Hardy Farrugia o que Hamlet Brenno? ¿O esos son nombres más propicios para futbolistas y detectives? ¿Cree que los empleados públicos uruguayos pierden valioso tiempo laboral leyendo en la oficina los Poemas de la oficina? El montevideano dice mucho “bo”, ¿y el de Tacuarembó?

Los minutos comenzaron a transcurrir, uno tras otro, en fila india. En la casa del tiempo son tribu. Cuando quise acordarme, eran ya las 3.18, y después las 3.31, las 3.42 y así, hasta llegar casi a las cuatro, momento cuando apareció por fin el ciudadano esperado. Parado en los enormes pasillos que parecían los de un hospital abandonado, lo vi caminando despacio a la distancia y supuse que era él, hasta que divisé su cara con nitidez y sí, era. Él. Tan lento caminaba, que pensé que era la encarnación de la quietud en movimiento. “Estoy un poco atrasado”, dijo el escritor vestido con sobretodo apenas se aproximó. No supe si al hablar de retraso se refería al reloj o a su literatura. Me invitó a pasar a su despacho. Había pilas de libros y carpetas como las hay en las oficinas públicas. “Me dijo su tío que escribe”, comentó, sabiendo que éramos mucho más que dos, pues su esposa y mi tío fueron mencionados en la conversación para ilustrar cómo se había dado nuestro primer y último encuentro. 

Antes de que siguiera diciendo le pregunté –hacía tiempo que quería saberlo– si la escena clave en Gracias por el fuego, en la que un hombre mete su mano por debajo de la pollera de la mujer que tiene sentada al lado durante la cena, era autobiográfica, si había sido inspirada por una vivencia verídica. Con cara de qué pregunta es esa, joven (hay caras así de gráficas), Benedetti respondió en forma negativa, como sintiéndose ofendido por mi literaria curiosidad. “Yo no haría algo semejante”, respondió. Era un hombre orgulloso de su pudor. Antes de que pasaran los próximos cinco minutos, me di cuenta de que mi compatriota y yo teníamos poco de qué hablar y que su tardanza serviría para que nuestro cita fuera afortunadamente breve. Ni siquiera diciéndole que La tregua me había gustado un poco logré entusiasmarlo. Asegura el refrán que “la necesidad tiene cara de hereje”. No sé ni recuerdo cómo era mi cara en ese momento, pero supe que no tenía necesidad de estar donde por insistencia de mi tío estaba.

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Presentí que el diálogo que con notorio esfuerzo estábamos manteniendo era demasiado para ambas partes. Como sensación esclarecedora venida de uno de los barcos atracados en el puerto, tuve la certeza de que debía cruzar la frontera como lo hace Steve McQueen en La fuga e irme cuanto antes al boliche de la esquina. Con ningún otro escritor me pasó eso de no tener ganas de decir lo primero que me viniera a la cabeza. Yo lo miraba, fue mi táctica, mientras él no cesaba de mirar papeles. Hice otro intento, forcé una nueva pregunta. “Mi tío dice que usted hace mucho que está casado. Los poemas de amor, ¿los escribió para su mujer?” Sin mirarme tanto como en las preguntas anteriores, Benedetti emitió en staccato: “A ella siempre se los leo primero”. Temí que si seguíamos a ese ritmo, terminaríamos hablando con monosílabos. Fui un esquimal tratando de romper el hielo. Yo preguntaba, él también; nos respondíamos con preguntas. La gota que derramó el vaso, creo, fue cuando me preguntó cuál era mi escritor uruguayo favorito y dije “Lautréamont”. Tal vez supuso que yo diría Líber Falco o Humberto Megget (infumables en mi opinión) y no el que mencioné con vespertino entusiasmo. El hecho de haberle preguntado segundos antes qué cuál le gustaba más, si Led Zeppelin o The Who, sin haber obtenido respuesta, dejó en evidencia la división territorial entre nosotros.

Quizá aquel ping pong de mutuos intentos fallidos tuvo algo de divertido, sin embargo, en ese momento no conseguí apreciarlo. Nuestro diálogo, por llamarlo de alguna forma, incluyó prolongados silencios que duraban más que los instantes de conversación. Me pregunté qué más podía preguntarle para entibiar el iglú, pero él se adelantó. Pensé que me preguntaría desde cuándo conocía yo a mi tío, pero, haciéndome sentir su colega, preguntó: “Y usted, ¿de qué escribe?” Repentinamente me embargó un 50 por ciento de felicidad, pues supuse que Benedetti no le hacía ese tipo de pregunta a cualquiera.  “Escribo de la nada, sobre todo cuando no tengo nada para decir, de la muerte, de lo que pasa cuando no hay nadie, de monedas vacías” (sic), respondí. “Son grandes temas”, dijo, sugiriendo algo en lo cual los dos estuvimos de acuerdo: “Usted debería hablar con Onetti, no conmigo”. Le agradecí por la buena sugerencia, y le pregunté lo único que las circunstancias ameritaban preguntarle a manera de posdata: “Por casualidad, ¿no tiene la dirección de Onetti?”. Dijo que no, pero que la buscaría y me la mandaría con mi tío. Me hizo el cuento del tío, nunca me la mandó. No volví a verlo, no al menos en persona. Años después lo vi caminando por la calle San José como quien viene de alguna parte y va para otra cerca, y me dieron ganas de preguntarle si se acordaba de mí, pero evité la tentación. Seguí de largo. Yo también tenía que ir a algún sitio. Cruzándonos en silencio en plena calle estuvimos más cerca de lo que habíamos estado aquella tarde en su desordenada oficina con olor a frío, y a él.

La tarde cuando lo conocí, Mario Benedetti tenía 50 años. La juventud estaba aún de su lado, pero para un adolescente como lo era yo entonces (aunque no me crean, una vez lo fui), la gente que llegaba a esa edad era vista como proyecto de vejez anticipada. Ahora que lo pienso en retrospectiva, en esos días él era un escritor en la plenitud de sus facultades. Cincuenta años después, es hoy un ser centenario. Ha llegado a esa cifra días atrás. No ha dejado de ser un nombre, aunque el hombre que escribía ya no esté entre sus interlocutores. El aniversario de su nacimiento ha tenido repercusión. Fue tema en la radio pública alemana. También en otros sitios. Benedetti sigue estando, por más que sus libros no se vendan tanto como cuando el autor estaba por todas partes y llegaba tarde a las citas con desconocidos. Carlos Díaz, director editorial de Siglo XXI, comentó semanas atrás refiriéndose a otro escritor uruguayo: “Su obra (la de Eduardo Galeano) sigue vendiendo igual, inclusive a veces más que antes; cosa que no sucede en general con los escritores. Osvaldo Soriano, que era un fenómeno impresionante, se convirtió en un autor casi marginal en términos de ventas. Lo mismo pasó con (Mario) Benedetti; hay autores muy populares que cuando mueren su obra queda en el olvido”. El tiempo dirá si la obra de Benedetti, el compañero Mario, como le decía mi tío, va camino al olvido. De la prueba del tiempo ningún escritor se salva y pocos la pasan con sote.  

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