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Una nueva guerra comercial

Las acciones de Trump, las propuestas y un futuro enfrentamiento

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14 de junio de 2018 a las 16:40

Por Alberto Bensión

No sólo fue el enfrentamiento con los otros líderes en la reciente reunión del G-7 en Canadá. Las acciones previas del presidente Trump y las que se anuncian para estos días, habrán de precipitar al mundo a una guerra comercial como la que durante siete años provocó la ley proteccionista Smoot-Hawley de Estados Unidos en 1930.

Desde principios del mes en curso, rige en Estados Unidos un arancel del 25 % sobre la importación de acero y del 10 % sobre la de aluminio provenientes de la Unión Europea, Japón, México y Canadá, que representan alrededor de un 40 % del total. Unos pocos países, como Argentina, Australia, Brasil y Corea del Sur quedaron a salvo de esta medida.

La decisión de Trump fue adoptada en defensa de la seguridad nacional, una facultad que está prevista en la legislación americana pero de la que no hay casi antecedentes en la Organización Mundial de Comercio, por el alto grado de discrecionalidad con la que puede usarse. Además, difícilmente pueda aceptarse que la seguridad nacional de Estados Unidos esté amenazada por un abastecimiento que proviene de países que han sido aliados tradicionales de su política exterior.

Es contraste con estos reparos, el embate proteccionista de Trump está en línea con la posición mayoritaria de los electores de los Estados industriales que le llevaron a la Casa Blanca, y que habrán de votar nuevamente en la elección del próximo mes de noviembre.

Ante tamaña arbitrariedad, los países directamente afectados ya han anunciado sus decisiones de represalia, que habrán de dar inicio a una guerra comercial.

La Unión Europea ha avisado de su intención de gravar con un arancel del 25 % a unos U$S 3.300 millones de importaciones provenientes de Estados Unidos en rubros tales como manteca de maní, motocicletas Harley-Davidson, yates, jeans Levi Strauss y bourbon. México anunció la imposición de aranceles entre el 15 % y el 25 % sobre la importación de carne de cerdo y derivados, quesos, manzanas, arándanos, papas, bourbon, tubos, placas de acero, barras metálicas, otros productos siderúrgicos y barcos. Canadá se dispone a gravar a la importación de bienes de aluminio, acero y otros insumos a partir del próximo mes de julio, por unos U$S 12.800 millones.

Como en toda guerra, los daños serán significativos, incluso para los americanos.
Por un lado, porque la estructura de su producción doméstica deberá absorber, cuando corresponda, un aumento de costos por la importación de ambos insumos. Además, porque no en todos los casos está en condiciones de sustituir por completo a los bienes cuyo ingreso habrá de complicarse como consecuencia de la suba de los aranceles. A su vez, la represalia europea, mexicana y canadiense está cuidadosamente diseñada para causar un daño productivo y electoral en varias regiones americanas propensas a favor del voto republicano.

En adición, la Unión Europea, Canadá y México ya anunciaron su intención de llevar la decisión de Estados Unidos a la OMC, en un contencioso que será largo y de difícil dilucidación.
Para complicar aún más la relación con sus aliados, el gobierno americano también anunció que está estudiando la imposición de un arancel del 25 % sobre la importación de automóviles provenientes de países como México, Canadá, Japón y Alemania. En base a razones de seguridad nacional, hace algunas semanas las oficinas especializadas iniciaron una investigación sobre este asunto
Desde el año 1962, en respuesta a una suba de aranceles de Europa sobre la importación de productos avícolas, la importación americana de camiones livianos está sujeta a un arancel general del 25 %. Ello ha permitido a las automotrices instaladas en Estados Unidos un control casi total de este mercado, que en buena medida es la base de sus beneficios.

A su vez, la producción doméstica de automóviles abastece a poco más de la mitad del mercado interno, mientras que el resto proviene de la importación por partes casi iguales por un lado de Alemania, Japón, China y Corea y por el otro de México y Canadá. La Unión Europea tiene un arancel del 10 % sobre la importación de automóviles americanos mientras que Estados Unidos impone un 2.5 % a la importación de automóviles, excepto los que provienen de los países del NAFTA.

De concretarse, el aumento del arancel a la importación de automóviles sería un nuevo error del gobierno de Trump. De nuevo, cuesta creer que la importación de vehículos provenientes de países aliados ponga en riesgo a la seguridad nacional de Estados Unidos. Además, un eventual impuesto del 25 % excedería con creces a un intento razonable para corregir la asimetría actual de aranceles en el sector. Por ello, como toda medida proteccionista, si bien habrá de beneficiar a las fábricas americanas y a las extranjeras instaladas en Estados Unidos, será a costa de un aumento de los precios internos y de un posible deterioro de la calidad hacia el futuro.

En conjunto, las decisiones de Trump sobre el acero y el aluminio, y las que parecen venir sobre los automóviles, son propias de un proteccionismo regresivo, que habrán de provocar un daño de proporciones a la producción, el comercio y el empleo en el mundo.

En adición a esta guerra comercial con sus países aliados, el gobierno americano también ha puesto en marcha otro conflicto, nada menos que con China. Es un enfrentamiento de otro orden, en el que está en juego la hegemonía económica y política en el mundo.

En estos días parece segura la entrada en vigencia de un arancel del 25 % sobre unos U$S 50.000 millones de importaciones provenientes de China. También se anuncia la imposición de ciertos límites para la inversión de ese origen. Son temas para un análisis por separado.

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