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Unidades de cuenta, no “monedas” y dinero de alta calidad (V)

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30 de enero de 2020 a las 05:02

 

Esta es la quinta nota de una serie de cinco que se publicarán en El Observador. Las anteriores se pueden leer aquí

Consideraciones finales
Ese valor de la unidad de cuenta “peso” de una cuarentava parte de euro podría durar décadas o siglos quizás, solo podría modificarlo la Asamblea General del Poder Legislativo con otra ley. Está claro que solo lo haría ante un grave desequilibrio como el que produjo la devaluación del real brasileño en enero de 1999, que tuvo como efecto la modificación del nivel de equilibrio de los precios de los no transables (tipo de cambio real) en un súbito escalón hacia abajo, y por supuesto, siempre que tenga los votos necesarios de los legisladores. De esa manera se restablecería el equilibrio muy rápidamente. Tendría una ventaja para el elenco gobernante: la devaluación seria responsabilidad del Poder Legislativo, y de la oposición en particular si no tuviera mayoría parlamentaria. Pero si no se devalúa, simplemente el tránsito hacia el nuevo equilibrio, que es inexorable, sería a través de un proceso de mercado, tan recesivo como en cualquier país con tipo de cambio fijo o dolarizado (o eurizado). Por cierto que no será por ninguna receta recesiva impuesta por ninguna perversa entidad.

Tengo la convicción que si se generalizara la adopción de una unidad de cuenta nacional que no sea medio de pago por parte de todos los países, ante una crisis como la que padecieron los griegos, en lugar de despotricar contra el euro (el medio de pago) y muchos queriéndose salir tan solo para poder devaluar una eventual moneda griega, tendrían la posibilidad de devaluar su unidad de cuenta nacional, que hasta podrían llamar dracma, y de esa manera, al hacerlo, recuperar el equilibrio perdido al disminuir simultáneamente la totalidad de los salarios nominales (no por cierto los reales) y los precios de los no transables, seguramente minimizando el proceso recesivo, y contribuyendo al reequilibrio fiscal disminuyendo la carga de los salarios de los funcionarios en el erario público. Y ni qué decir de hacer el ajuste de manera equitativa entre todos los ciudadanos, algo que en el futuro seguramente no serían necesarios si, además, abolimos en todo el mundo la reserva fraccionaria.

Ni qué hablar también que posibilitaría adoptar nuevamente el oro a nivel global o cual-quier otro dinero de alta calidad que el mercado imponga, sin el temor a una rigidez que, aunque sería esencial y muy beneficiosa, y por eso mismo altamente deseable para el buen desarrollo económico y social, se percibe, no obstante, por parte de los gobernantes como negativa a la hora de arreglar entuertos macroeconómicos y para recuperar equilibrios perdidos. Pero mientras tanto, las recurrentes crisis podrían sobrellevarse sin destruir el valor del dinero y blindando el tejido social. Y en el peor de los casos la unidad de cuenta nacional aquí propuesta será inocua, aunque nunca se devalúe.

Finalmente, no podemos dudar en eliminar la moneda nacional. Dolarizar o eurizar. Los argumentos son los mismos. Lo decisivo es tener una unidad de cuenta que no sea medio de pago y medios de pago que no sean estatales.

Eduardo Palacios es directivo de la Academia Nacional de Economía.

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