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Viralata, de Fabián Severo, una novela sobre la crudeza de la frontera

Es una novela conmovedora escrita en portuñol, que destaca por su aliento poético y por la descripción de la vida en la ciudad de Artigas 

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15 de octubre de 2018 a las 05:00

En 2017 este libro de Fabián Severo ganó con toda justicia el Premio Nacional de Literatura. Se trata de una obra mayor, entre otras cosas, porque sortea con éxito temas como el estilo, el género y hasta el idioma, que se retuerce, sangra y llora para parir un portuñol de trascendencia metafísica, que primero desconcierta al lector pero luego lo hipnotiza con su cadencia. 

Acá no hay prosa pulida, ni ejercicio de estilo; hay pura poesía escrita de forma libre pero comprensible. Viralata es el corazón en la palma abierta de la mano y sentimiento puro en cada párrafo que describe el horror de la vida en la frontera de Artigas. La falta de identidad, de árbol genealógico, la lejanía con todo, la ausencia de futuro, la miseria que se ve en la olla vacía y la que va por dentro y no se ve, son el corazón de una novela inolvidable.  
Porque el protagonista no sabe de dónde viene ni adónde ir para escapar de un destino fijado por generaciones anteriores. Porque no conoció a su padre y su madre se le murió de un día para el otro sin tiempo para revelarle ni su origen ni el de ella. Porque el sol atraviesa todas las cosas con su furia y deja secos a los hombres. Porque, “en Artigas, el que no se va a tiempo, envejece para siempre”.

Severo muestra a lo largo de todo el libro un talento enorme para decir las cosas más duras de la manera más dulce, como para que el lector no se espante y salga corriendo ante tanto sufrimiento junto. Porque la novela es dura, durísima en el fondo, pero brilla gracias a un discurso que reivindica la palabra como única vía de escape. 

Son extraordinarios y lacerantes los dos pasajes donde el autor ataca el tema del abuso sexual familiar en Artigas, un drama causado por alimañas feroces disfrazas de seres humanos que no se espantan ante nada y tienen derecho a todo. Un verdadero infierno en la tierra tolerado por mujeres que prefieren tener un hombre a su lado antes que proteger a una hija de 8 años. De esa endogamia infame nacen también los viralatas (perros mestizos sin pedigrí) que dan nombre a la novela. Fabián Severo grita y señala a la maldad con su dedo implacable, como para que nadie pueda decir que no oyó. 
Como el autor conoce su aldea al dedillo, la describe en todas sus aristas, no se le escapa nada. Están los médicos sin escrúpulos, con pacientes clase a y clase b; están los vecinos que no cortan el pasto porque va a volver a crecer (metáfora genial de la pasividad y la renuncia ante la desventura); están los políticos que llegan solo cada cinco años con sus caravanas de coches; están los hijos que abandonan a sus padres hasta que mueren para después repartirse la minúscula herencia. 

Lo que no está, curiosamente, es Brasil, el otro lado de la frontera. Y en el caso de un autor del calibre de Severo, no puede tratarse de un olvido. Más bien parece una reafirmación de que el aislamiento de Artigas es con todo lo que lo rodea más allá de líneas divisorias, departamentos y cercanías. Ni hablar de Montevideo, la madre que olvidó a su hijo desde el día que nació.

Como Joan Manuel Serrat pintó con esmero su Pueblo Blanco, Severo pinta a su ciudad natal. Un lugar que Dios abandonó a su suerte y dejó en manos del Diablo. Un territorio donde no pasan aviones. Donde ya nadie vende cosas puerta por puerta y solo pasa el pastor religioso con su revista. Donde barrer la vereda es el deporte nacional.

Aunque agridulce, la parte más tierna del libro viene de la mano del protagonista con su madre muerta, a la que rememora, rehace y sueña cada día desde que sufre su ausencia. En una línea sentencia: “Ainda el tiempo no me enseñó cómo vivir con la seguridad de que no vas a venir nunca más. En un mundo onde todo es dúvida, uno no sabe qué hacer con la certeza”. 

Fabián Severo (1981) ya no es más una promesa de las letras nacionales, es una realidad que brilla como el sol de la ciudad fronteriza que lo crió en toda su dureza. “Quién va a querer agarrar la changa de sacar Artigas del pasado y terminarlo, para transformarnos en una ciudad de gente viva, plantando plazas y calles que no terminen siempre en el cementerio?”. La pregunta queda planteada. 

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