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Volver a casa: animales que buscaron a sus dueños durante años

La gata Celina y el perro Masti intentaron encontrar a sus amos tras separarse de ellos. Sus historias son el reflejo del esfuerzo al que pueden llegar las mascotas con tal de regresar a sus hogares

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30 de enero de 2015 a las 18:20

Un acto de fidelidad, con sacrificios, sed, hambre, maltratos y amor. Se trata de un cóctel que fue parte de la vida de una gata y un perro. Lejos de una pantalla de cine y de los estudios de Disney, se trata de la historia de animales que pasaron años para reencontrarse con sus dueños y volver a sus hogares.

Lo que importó no fue la destreza del hombre para encontrar a su mascota, sino el amor de un animal hacia los dueños que eligió. Tal fue el caso de la gata Celina, que llegó a la casa de Rosa Figueredo en Piriápolis en marzo de 2008.

Al principio, como la dueña de casa no quería animales, espantaba a la gata con baldes de agua. Más de una vez se fue empapada del lugar, pero Celina era insistente. Todos los días amanecía en la ventana de la cocina de Rosa. La comida nunca le faltó y poco a poco se fue ganando el cariño de la dueña de casa.

Un día la gata apareció embarazada. Luego de algunos meses tuvo cuatro crías. Rosa la asistió en el parto y el cariño entre las dos se afianzó.

Pasaron dos meses luego de que nacieran los gatos. Lo que era una estadía casi segura, empezó a flaquear. La dueña de casa no podía atender a todos los gatitos y tenía muchas várices en las piernas. Un arañazo de un gato le causaría complicaciones. Celina tampoco estaba dispuesta a dejar a sus gatitos.

Cristina Quijano, hija de Rosa, cuenta que a mediados de noviembre de 2008 y luego de varias conversaciones familiares, decidieron llevar a Celina con sus gatitos a la casa de un hombre que quería deshacerse de los ratones que tenía en su casa. El sitio quedaba cerca de Jauriguiberry, a 20 kilómetros de Piriápolis. Consiguieron una jaula de conejo, hicieron entrar a la gata y los gatitos, y se fueron al lugar.

Cristina y su ex-esposo dejaron a Celina y sus gatitos con su nueva familia y regresaron a Piriápolis. Pensaron que nunca más la iban a ver.

Pasaron tres meses. Una mañana de febrero de 2009, una gata toda lastimada, flaca y maullando como loca apareció en la ventana de la casa de Rosa.

Todos dudaban de que fuera la misma gata que habían dejado con sus crías a 20 kilómetros de distancia. Le habían sacado una foto con el celular antes de entregarla, y al comparar la foto con el animal, ya no había dudas: era Celina. Estuvo al lado de su dueña hasta que, hace un año, Rosa falleció.

“Era muy lejos. Seguro pasó hambre, la mordieron perros. Ella quería estar con nosotros y se enfrentó a todo eso para estar aquí. Por eso es la reina de la casa”, dice Cristina, quien ahora cuida a la gata.

El mimado del barrio

Es una mezcla de mastín con galgo. “Macho dominante, cariñoso pero no le gusta que lo molesten mucho”, es como define el periodista Daniel Supervielle a su perro Masti.

Vivían en Ciudad de la Costa y las caminatas juntos eran algo de todos los días. “El loco vivía en la calle. Se pasaba todo el día afuera”, cuenta el dueño. Fueron dos años donde todo parecía perfecto en la vida del perro negro. Incluso, se dio el lujo de arruinar la boda civil de su vecino, cuando le saltó con las dos patas a la novia y le estropeó el vestido blanco. De todas formas, en el barrio todo el mundo lo quería.

Un día, la familia decidió mudarse cerca del Aeropuerto de Carrasco. “Ahí teníamos la avenida de las Américas que era peligrosa y el perro debía estar encerrado. Yo salía a caminar con él, pero era muy diferente”, explica Daniel.

Pasaron seis meses desde la mudanza. Un día, se levantaron y se dieron cuenta de que Masti había hecho un pozo abajo de la cerca y se había ido. “Lo busqué por todos lados. Me fui hasta Atlántida, visité veterinarias, pero nada. Todos en casa sentíamos que estaba vivo”, asegura el dueño.

Pasaron tres años. El 25 de agosto de 2014 apareció un perro negro rasqueteando la puerta de la antigua casa de Daniel en Ciudad de la Costa. Los nuevos propietarios lo corrían. Entonces, Masti se quedó enfrente de la casa en donde tres años atrás había arruinado el traje de la novia. “Flaco, sarnoso, hecho bolsa. Y los vecinos le empezaron a dar de comer”, cuenta Daniel. No lo reconocían.

El vecino llamó a su hijo que vive en Italia y le comentó que había aparecido un perrito negro en la puerta de la casa. “¡Debe de ser Masti!”, dijo el hijo del vecino. Desde Italia, contactó a Daniel por Facebook y le contó la buena nueva. “Salí en plena tormenta. Cuando llegué, el perro se asustó y se metió dentro del parque Roosevelt. Mis hijos decían que no podía ser. Para mí era Masti”, cuenta.

Al otro día, el vecino le volvió a escribir desde Italia y le dijo: “Estoy seguro de que es tu perro”.
Le sacaron una foto y la colgaron en Facebook. Una manchita en el pecho fue la comprobación. “Mi mujer fue a buscarlo, el perro la reconoció y se subió en el auto como si no hubiera pasado nada”, dijo el periodista. De allí, llevaron a Masti al veterinario. Tenía sarna y anemia. “Y ahora está en casa bárbaro. Hoy salimos a caminar. Es como mi hijo”, asegura Daniel.

Más historias de reencuentros

Glenda Díaz contó a El Observador a través de las redes sociales que un tío suyo vivía en el poblado de Algorta, Río Negro, y tenía un perro. El hombre enfermó, lo llevaron a Paysandú y falleció. Glenda relata que llevaron el cuerpo de su tío directamente al cementerio de Algorta: “El perrito quedó con un vecino y un día se perdió. Luego lo encontraron en la puerta del panteón arrolladito. Habían pasado ya unos días”.

En tanto, Laura Fagúndez relató que unos chicos le robaron su perro un 11 de setiembre. El 10 de setiembre del año siguiente, Laura salía a buscar a su hijo al jardín y el perro apareció en el portón de su casa. “Nos vio y empezó a mover la cola. Fue como si el tiempo nunca hubiera pasado, como si nunca lo hubieran robado. Nadie sabe dónde estuvo ni como volvió”, asegura la dueña.

Por su parte, Raquel Jusid cuenta que hace 40 años, su tía abuela quedó a cargo de un perro que se llamaba Capitán. “Su hija se lo dejó pues se iba de viaje”, cuenta la lectora. Al tercer día, el perro se escapó y no apareció por tres meses. Una madrugada, un primo de Raquel escuchó que alguien rascaba con fuerza la persiana de su habitación. “Se llevó flor de susto”, afirma Raquel. Cuando abrieron la puerta, Capitán los esperaba.

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