19 de marzo 2013 - 20:38hs

Él está encerrado en un mundo que no le gusta pero que no sabe cómo trascender. Es lento, torpe, apenas puede balbucear y está muerto. Ella es una rubia espectacular, inteligente, divertida y de armas tomar. Y está viva. En circunstancias normales, estos dos chicos no se podrían conocer jamás. Pero esto es Hollywood en el siglo XXI, donde los buenos mueren pero eso no significa nada, salvo una indicación al maquillador para que les dé un tono más pálido que a los vivos.

La idea original fue de Isaac Marion y le inspiró un cortometraje (Soy un zombi lleno de amor). Este derivó en una novela que lleva el mismo título original que la inevitable película en la que se convirtió: Warm bodies (Cuerpos tibios). Tal como ha sucedido con los vampiros, en la saga Crepúsculo, y con las brujas, en el filme Hermosas criaturas, los zombis reivindican su derecho a enamorarse y a llevarse a la chica.

En este caso, R –el joven zombi interpretado con solvencia por Nicholas Hoult– hace un gran trabajo de seducción, administrando con maestría los pocos elementos de que dispone. La australiana Teresa Palmer compone un convincente objeto de deseo, en su encarnación de Julie.

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Por lo demás, la película es una aplicación de la fórmula de comedia romántica juvenil más clásica. El director Jonathan Levine (50/50) lo hace con eficacia, apoyado por un buen elenco y un excelente maquillador, el canadiense Adrien Morot, quien sale airoso con el desafío de recrear un personaje lo suficientemente atractivo como para quedarse con la damisela y que a la vez quede claro que el tipo está muerto. En una escena también clásica en otras circunstancias, el zombi es maquillado para pasar inadvertido entre los vivos, así como ella debió disimular para sobrevivir entre los muertos.

El resultado es entretenido, aunque previsible, como corresponde a los productos más exitosos de la Meca del cine. Tal vez los fieles del género de zombies extrañen una atmósfera más escalofriante, con un manejo de acción más vertiginosa y la amenaza del horror más inmediata. Por otro lado, aquellos que vayan pensando en pasar el rato con una comedia inofensiva, tal vez pretendan más gags, más guiñadas cómplices.

Quizá quienes mejor la pasen sean quienes vayan pensando en disfrutar una comedia romántica a la vieja usanza, con una pareja protagónica convincente y un decorado a la moda, lleno de escombros, monstruos y paranoia. Levine se permite incluso alguna referencia shakespeareana, con escena del balcón incluida.

La película no llega, sin embargo, a tener esa inteligencia de guión que logra, por mencionar un ejemplo, la igualmente inverosímil Ratatouille, en la cual la fuerza de los personajes y su peripecia pesa mucho más que el absurdo del planteo. Esta tiene, además, el peligro de convertirse en un género, y eso sí que sería una culpa mayor. Pero eso es adelantarse demasiado.

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