La agricultura no está ausente de los medios. Está confinada. Y en esa aparente sutileza se esconde una de las grandes paradojas de nuestras sociedades: un sector esencial para la vida cotidiana ocupa, sin embargo, un lugar marginal en la conversación pública.
En los principales medios de América Latina y el Caribe, la agricultura aparece, pero rara vez en el centro de la escena. Se la encuentra en espacios específicos, en secciones técnicas o en formatos dirigidos a audiencias ya familiarizadas con el sector. No forma parte, en general, del flujo principal de información que organiza la mirada del ciudadano común.
Esa forma de representación no es inocente. Al quedar circunscrita a nichos especializados, la agricultura también queda asociada a un público limitado: productores, empresas, actores directamente vinculados a la actividad. Para la gran mayoría urbana, en cambio, el tema permanece distante, casi ajeno.
De allí surge una desconexión profunda. El ciudadano urbano no percibe a la agricultura como un componente central de la economía, pese a su peso en las exportaciones y en el empleo. Tampoco la reconoce como un pilar social que sostiene territorios y comunidades, ni como un factor estratégico para la estabilidad, la paz y la seguridad alimentaria.
Esta lógica de confinamiento no es exclusiva de los medios tradicionales. Se reproduce, con igual intensidad, en la radio, la televisión y, especialmente, en las medias sociales, hoy uno de los principales canales de información y formación de opinión. A pesar de su alcance masivo, tampoco allí la agricultura logra instalarse como un tema de interés general. Su presencia sigue siendo fragmentada, episódica, muchas veces ligada a crisis, pero raramente asociada a su valor estructural.
El problema no es menor. Sociedades que no comprenden la centralidad de su agricultura difícilmente puedan sostener políticas públicas consistentes ni proyectar estrategias de desarrollo de largo plazo. La invisibilidad mediática se traduce, tarde o temprano, en debilidad política.
En un mundo marcado por crisis recurrentes —alimentarias, energéticas, geopolíticas—, la producción de alimentos emerge como un factor decisivo de estabilidad. No se trata solo de economía. Se trata de soberanía, de cohesión social, de paz.
Sin embargo, esa evidencia no encuentra todavía su correlato en la agenda pública.
Revertir esta situación no implica multiplicar espacios especializados, sino romper el confinamiento. Integrar la agricultura en el núcleo del debate social. Nombrarla, explicarla, mostrarla en toda su complejidad: como un sistema que articula producción, territorio, innovación, empleo y bienestar.
Mientras la agricultura permanezca en los márgenes del relato mediático y del ecosistema digital, seguirá también en los márgenes de las prioridades colectivas. Y ese es un costo que la región ya no debería estar dispuesta a pagar.