La decisión del candidato presidencial del Frente Amplio, Yamandú Orsi, acerca de lo que considera es un desequilibrio que lo desfavorece cuando se invita a (casi) todos los candidatos presidenciales a participar en eventos y conversatorios, es interesante porque traduce cómo concibe la coalición de izquierdas a la coalición de gobierno.
Esta última, que se conformó sin muchas formalidades luego de la primera vuelta de las elecciones de 2019 y se fue consolidando, sin pactos firmados pero con apoyos, durante todo el gobierno de Luis Lacalle Pou, ya tiene un lugar formal en el concierto político uruguayo, al menos para el Frente Amplio.
El comando de campaña de Orsi no aceptó esta semana una invitación de ONU Mujeres debido a que "la exposición está pautada de modo desproporcionado entre coalición política oficialista y la coalición política Frente Amplio".
"Si ellos ya definieron que van a ir en coalición, si ya definieron que el problema es tratar de que el Frente Amplio no llegue creo que es cantado que si son cuatro candidatos y uno del otro lado no tiene mucho sentido o por lo menos queda bastante desequilibrado", dijo el jueves en una conferencia de prensa.
La invitación de ONU Mujeres era para que cada candidato hablara de su propuesta sobre la agenda de género como política de Estado. Orsi avisó que no irá a este diálogo, en el que cada candidato expondrá su punto de vista, porque no es equitativo, igual que no lo es nada referido al género en este país. Y que no lo hará no solo porque la coalición de gobierno está sobre representada, desde su punto de vista, sino también porque no se invitan a los 12 partidos que competirán en las elecciones nacionales, como es el caso de Unidad Popular, Identidad Soberana y al Partido Ecologista Radical Intransigente, este último con representación parlamentaria en la persona de César Vega.
Más allá del revuelo que se armó y del intercambio de adjetivos (desde “terrorismo” hasta “falta de voluntad”), la decisión del comando de campaña de Orsi demuestra que este cambio en las reglas de juego tiene que ver con lo que percibe como un cambio importante en el sistema político. Orsi sabe que su desafío electoral no es Álvaro Delgado, sino el conjunto de votos que logren captar los candidatos que lo apoyarán en una eventual segunda vuelta.
La paradoja es que la coalición que le dio la victoria a Lacalle Pou se formó porque la del Frente Amplio venía ganando desde hacía 15 años, no solo por la fuerza de sus liderazgos, sino por la suma de las partes de sus partidos. Durante casi cinco años, cuatro partidos se mantuvieron unidos en lo esencial, aunque hubo mucho espacio para pataleos, amenazas y enfrentamientos, y hasta para echar ministros como la de Vivienda, senadora y esposa del líder de una de los integrantes, Cabildo Abierto.
Todas las diferencias entre los partidos de esta coalición de gobierno no fueron lo suficientemente graves como para quebrarla, o el cálculo político para la victoria logró imponerse a los malestares de turno. De esta manera llega hasta el final, a diferencia de lo que pasó, por ejemplo, en el gobierno de Jorge Battle, cuando Jorge Larrañaga se retiró, o en el de Luis Alberto Lacalle Herrera, cuando Julio Sanguinetti no solo dio un portazo, sino que además votó en contra de la ley de Empresas Públicas, la bandera del presidente que finalmente fracasó.
Orsi ha dicho que la coalición tiene "una segunda interna" de cara a octubre y que cuando se defina ahí sí concurrirá "en pie de igualdad". Su interpretación es plausible, pero no olvidemos que en esta supuesta segunda interna se elige más que un presidente. Se elige un Parlamento y habrá competencia con uñas y dientes para conseguir representación que luego se traduce en puestos y peso en la toma de decisiones. Si bien para el candidato frenteamplista la primera vuelta es un enfrentamiento con la coalición multicolor, para los integrantes de ésta es una competencia entre ellos mismos y con el Frente Amplio.
Por ahora no hay señales de ningún tipo de que lo que funcionó como alianza sin contrato escrito se transforme en un solo partido. Solo en ese caso sería entendible la decisión de Orsi. De cara a la primera vuelta los uruguayos tienen derecho, y hasta necesidad, de entender las diferencias de propuestas entre los diferentes candidatos y los partidos que representan, porque deberán elegir –además de presidente–, senadores y diputados.
"El Uruguay y la democracia necesitan una campaña política de contenido y considerando que para ello estos espacios son fundamentales, quedamos a entera disposición para dialogar y exponer en una actividad con condiciones más equilibradas", expresó el comando de Orsi en la carta que le enviaron a ONU Mujeres. En los hechos, muchos ciudadanos se quedarán sin saber qué piensa Orsi y su partido sobre la agenda de género y cuáles son sus planes, en un evento que suele tener buena exposición pública y que colabora en la toma de posición sobre un tema que todavía tiene detractores, sobre todo en la coalición multicolor. Claro que Orsi podrá hablar del tema en entrevistas personales o en redes sociales, pero la comparativa no estará presente.
Si se lleva esta decisión al escenario del debate formal, algo de lo que aún casi no se habla, tiene sentido. Es lógico que Orsi solo debata con Delgado, porque son los dos candidatos que encabezan las preferencias. El candidato nacionalista dejó entrever que es proclive al debate; en el "formato que sea, me parece que está bueno la instancia de debate para poder intercambiar con las otras visiones de país, no lo estoy planteando con la coalición de gobierno, obviamente es con el Frente Amplio". La comparación de ideas, posiciones y programas es la base de un voto informado.