7 de septiembre de 2026 12:37 hs

Hay una imagen que permite entender buena parte de la historia de Areteia Bimbully: cinco niños en una casa alquilada de la calle Miami. Era 2002 y el proyecto educativo que había comenzado cuatro años antes con el nivel Inicial daba sus primeros pasos en Primaria, en un Uruguay atravesado por una de sus crisis económicas más profundas.

Desde entonces pasaron más de dos décadas, cambiaron las casas por edificios propios, se sumaron nuevos niveles educativos y aquella institución que comenzó con cinco estudiantes hoy reúne cerca de 1.000 estudiantes. Pero, según sus autoridades, hay algo que no cambió: la intención de crecer sin perder la cercanía ni la mirada integral sobre cada estudiante.

“Siempre decimos que queremos excelentes estudiantes, pero mejores seres humanos”, resume Luisa Beltrán, directora de Secundaria de Areteia Bimbully. La frase sintetiza una de las principales búsquedas de la institución, que apunta a que el aprendizaje trascienda los conocimientos académicos e incorpore también la empatía, los vínculos, el respeto y la capacidad de convivir con los demás.

La evolución del colegio fue acompañada por una transformación de su propuesta. En 2008 comenzó Secundaria y, con el paso de los años, la institución fue ampliando sus espacios y actividades. Actualmente cuenta con dos canchas de fútbol de césped natural, una cancha de hockey de césped sintético, una cancha de handball y otra de vóleibol con piso olímpico, que también puede utilizarse para básquetbol. A esto se suman propuestas como teatro, ensamble musical, club de ciencias, ajedrez, tenis de mesa, tai chi y esgrima.

La apuesta no es solamente sumar actividades. La idea es que esos espacios también formen parte de la experiencia educativa.

“Uno da clase en cualquier lado, pero también el ambiente es un educador”, explica Beltrán. Bajo esa concepción, la infraestructura dejó de ser solamente el lugar donde ocurre la enseñanza para convertirse en parte de ella.

Un colegio que se construye alrededor de las personas

Esa mirada aparece desde los primeros años de escolarización. Para Alejandra Pintos, directora de Inicial, el ingreso al colegio representa mucho más que el comienzo de una etapa académica. Es, para muchos niños, su primera experiencia prolongada fuera del hogar y el momento en que comienzan a construir nuevos vínculos.

Por eso, el primer objetivo es que el niño se sienta seguro, contenido y parte del espacio. El aprendizaje aparece dentro de ese proceso, acompañado por un equipo multidisciplinario que trabaja junto a las familias y los docentes.

En esa etapa, el juego ocupa un lugar central. Las salas son versátiles y están diseñadas para que puedan transformarse según las necesidades de los niños. También existen espacios interiores para los días en que el clima no permite salir y áreas exteriores pensadas para el movimiento y el juego corporal.

La propuesta parte de una idea que atraviesa al colegio: el entorno también educa.

La infraestructura de Inicial fue diseñada teniendo en cuenta aspectos como la luz natural, la amplitud y la transparencia de los espacios. Las salas cuentan con pocas paredes y permiten una mayor conexión visual, en una concepción que busca favorecer el bienestar y la predisposición de los niños para aprender.

Aprender a conocerse para aprender con otros

En Areteia Bimbully, el trabajo emocional comienza desde los primeros años y continúa durante toda la trayectoria educativa. En Inicial se generan espacios de conversación, reflexión y encuentro, con el acompañamiento de docentes y profesionales.

También aparecen herramientas específicas. Desde los tres años, por ejemplo, los niños tienen un espacio de yoga orientado a la educación. La propuesta apunta a que puedan reconocer lo que sienten, aprender a respirar y adquirir herramientas para regular sus emociones.

“Es una herramienta que le va a servir para toda la vida”, sostiene Pintos.

La institución también cuenta con un equipo psicoeducativo integrado por psicólogos, psicopedagogos, fonoaudiólogos y psicomotricistas, que trabaja junto a los docentes para atender las necesidades de los estudiantes.

La preocupación por los vínculos se extiende además a las familias. El colegio desarrolla instancias de formación para padres y trabaja sobre convivencia, respeto, cuidado y la posibilidad de disentir sin perder de vista al otro.

Para Beltrán, ese aprendizaje es tan importante como cualquier contenido curricular.

“No somos seres aislados”, plantea. La búsqueda, explica, es que los estudiantes entiendan que forman parte de una comunidad y que pueden mejorar individualmente sin perder la capacidad de ayudar a los demás.

Tecnología sí, pero con mirada crítica

El crecimiento del colegio también ocurre en un contexto que cambió radicalmente desde aquellos primeros años. La tecnología ocupa hoy un lugar cotidiano en la vida de niños y adolescentes y, lejos de ignorarla, la institución busca incorporarla desde una perspectiva consciente.

En Inicial existen pantallas táctiles y los estudiantes de nivel 5 comenzaron a trabajar con Progrentis, un programa que combina herramientas vinculadas a la neurociencia y la inteligencia artificial.

La intención, explica Pintos, no es convertir a la tecnología en el centro de la experiencia educativa, sino utilizarla como una herramienta. El objetivo es que los niños aprendan a convivir con esos dispositivos y a utilizarlos de manera responsable.

Esa misma discusión aparece en Secundaria. La Bienal, una propuesta que se realiza cada dos años y atraviesa a los distintos niveles, tiene este año como eje la incidencia de la tecnología en la historia de la humanidad, con una mirada que contempla tanto sus posibilidades como sus riesgos.

En un mundo cada vez más atravesado por pantallas, el colegio también reivindica aquello que ninguna tecnología puede reemplazar: el encuentro cara a cara, la conversación y la construcción de vínculos.

Del patio al aula y del aula al mundo

La propuesta deportiva es otra de las piezas que forman parte de esa concepción integral. El colegio entiende el deporte como una herramienta para trabajar aspectos que van más allá de la actividad física, como el manejo de las emociones, el trabajo en equipo y la convivencia.

La misma lógica se aplica al arte, la música y otras actividades para aquellos estudiantes que encuentran sus intereses fuera del deporte.

La intención es que cada estudiante pueda encontrar un espacio en el que desarrollarse y descubrir sus propias capacidades.

En paralelo, el inglés atraviesa la propuesta educativa desde Inicial hasta Secundaria. La institución busca que el idioma forme parte de la vida cotidiana y no quede limitado a una asignatura. Para eso, docentes de inglés y español trabajan de manera articulada y se utilizan canciones, juegos y situaciones cotidianas para generar una incorporación natural del idioma.

En 1.º de Educación Media Superior, esa experiencia tiene uno de sus puntos fuertes con un viaje a Londres, donde los estudiantes se alojan en una universidad y toman clases con hablantes nativos. La apuesta también incluye que los estudiantes culminen su trayectoria con certificaciones internacionales.

Un mismo lugar para distintas etapas

El crecimiento físico del proyecto acompaña esta evolución educativa. Actualmente el colegio cuenta con los edificios de Inicial y Secundaria y proyecta incorporar el nuevo edificio de Primaria dentro del mismo predio.

Para sus autoridades, la concentración de los tres niveles abre nuevas posibilidades de trabajo interdisciplinario y de intercambio entre edades.

Pintos destaca que ya existen experiencias en las que niños de dos años comparten actividades con niños de cinco, así como propuestas que conectan Inicial con Primaria y Secundaria. Tener todos los niveles en un mismo espacio permitirá profundizar esa dinámica.

Pero el proyecto todavía no está terminado. Entre los próximos desafíos aparecen la construcción de una piscina, un teatro y una sala de conferencias, espacios pensados tanto para la comunidad educativa como para el entorno.

A eso se suma una nueva etapa institucional con la puesta en funcionamiento, este año, del Instituto Terciario Areteia, que amplía la propuesta educativa con carreras y programas vinculados a cuatro áreas: salud, educación, deportes y negocios.

La intención es que el colegio pueda convertirse progresivamente en un polo educativo, deportivo y cultural.

Crecer sin perder el origen

El recorrido desde aquellos cinco estudiantes de 2002 hasta los cerca de 1.000 actuales podría contar una historia de crecimiento. Pero para Beltrán, el desafío más importante está justamente en que ese crecimiento no termine cambiando aquello que dio origen al proyecto.

“Si en algún momento perdemos eso, volvamos a la casita”, plantea.

La frase funciona casi como una declaración de principios. Porque detrás de los edificios, las canchas, las pantallas, los programas de inteligencia artificial, los viajes y la ampliación de la oferta educativa aparece una preocupación más sencilla: qué tipo de personas quiere formar el colegio.

La respuesta apunta a estudiantes críticos, flexibles, capaces de argumentar, trabajar en equipo y relacionarse con otros. Personas que puedan adaptarse a un futuro que, según sus propias autoridades, resulta cada vez más difícil de predecir.

“Que nunca dejen de luchar por lo que quieren, por lo que sienten”, dice Beltrán al pensar en el mensaje que el colegio quiere dejar a quienes terminan su recorrido allí.

En definitiva, la evolución de Areteia Bimbully no se mide únicamente por su crecimiento. El proyecto busca ampliar su infraestructura, sus niveles y sus herramientas sin perder de vista una convicción que lo acompaña desde sus primeros años. Educar no consiste solamente en transmitir conocimientos, sino también en acompañar a cada persona en el proceso de conocerse, aprender a convivir y encontrar su lugar en el mundo.

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