28 de enero 2026 - 5:00hs

Ese miércoles 28 de enero de 1976 era una noche fulgurante, a pesar del vapor sibilante quedaban restos de voz, memoria intacta de los cuatro goles anteriores, que salieron como pegados a la garganta. Desde la Olímpica todo se miraba enlentecido. Giménez había anotado dos golazos dignos de escultura que permitían la goleada momentánea por cuatro goles a uno.

Al “pibe” le habían roto el pantalón, los tirones de la camiseta la dejaron fuera del short y lo sorprendió un patada rencorosa que se clavó en el tobillo derecho.

Se levantó mirando al cielo y clamando a la cancha que lo mantuviera en pie.

Ellos sintieron el presagio. No era solo el agrio de la cancha que quitaba toda esperanza sino las páginas de la historia que los esperaba de ojos abiertos.

De pronto todo oscureció. Se ensombrecieron las tribunas, la luna conspiró con las estrellas. El conjuro universal iluminó solo el área de ellos. En el eclipse vi a sus hinchas encender miles de velas. A Giménez lo distinguía un halo dorado.

Es sabido que la tierra dejó de girar en ese instante.

La pelota le llegó del aire: alguien lanzó un pelotazo que cayó a media altura al borde del área grande para que Giménez se arqueara, inclinara su pierna derecha hacia atrás para sacar una bolea directa al ángulo izquierdo del arco de la Colombes. El defensor de ellos extendió la pierna derecha para tapar el remate y evitar la tragedia. El “pibe” se la “jopeó” a Möller y recibió la pelota a espaldas del zaguero, dormida en el botín derecho, y quedó de frente al arquero en el área grande. Bertinat salió a achicar el ´ángulo de tiro como quien quiere tapar el horizonte. Tenía el buzo de manga larga color azul tenue, el pelo largo agitado, el pecho ancho, los brazos extendidos. Giménez abrió el brazo izquierdo, como marcando una hora puntual, amagó pegarle de derecha y el arquero creyó. La tribuna también se movió aceptando su engaño. Bertinat cayó a la izquierda. Giménez movió la cintura y corrió la pelota de derecha a izquierda pateando al aire de zurda haciendo que el arquero volviera sobre la izquierda tirándose a los pies. Giménez la corrió lateralmente sacando un disparo al viento con la zurda y el arquero volvió a creer la promesa . Amagó pero no, reiteró otra vez el disparo sin hacerlo mientras el arquero, de dignidad intacta, extendía sus largos brazos y apoyaba sus rodillas en el césped. Nunca mas volví a ver tantos remates al arco que no existieron.

El “pibe” encontró el vacío directo al arco y los ángeles le sirvieron.

Avanzó con pasos cortos al área chica encontrando la valla sin custodia y la pelota salió directa a la red. Atrás quedaban el área grande, los colores blanco fúlgido, azul tenue y rojo sangre. Alguien se retiró cubriendo la cabeza de luto. Vi llorar lágrimas negras. Las velas encendidas dejaron de arder. La bóveda universal ocupó su sitio. Las 67.239 entradas vendidas, la televisación en directo para todo el país contaron la gloria de sus pies. Estalló la realidad en gargantas, flashes y tremolar de banderas. Mi padre me abrazó tan fuerte que lo siento hasta hoy. Mis ojos de quince años seguían la figura del “pibe”: las medias bajas, la camiseta fuera del pantalón, los brazos arriba, un crack que se escapó de una fábula. Los cinco goles, la goleada clásica perpetua, la vuelta olímpica, los tres golazos de Giménez y ese quinto gol eterno. Porque ese quinto gol es eterno. Pero eterno, como Peñarol.

Ramón Andregnette

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Julio César Giménez Peñarol

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