Y eso generó algunas situaciones particulares.
Por ejemplo, la elección del “mejor libro” de Uruguay tuvo gran dispersión. Fueron mencionadas 52 obras distintas (la mayoría con un solo voto). Entre ese medio centenar de títulos, solo figuran cuatro autoras mujeres: La mujer desnuda (de Armonía Somers), Solo los elefantes encuentran mandrágora (de la misma escritora), La insumisa (de Cristina Peri Rossi), La vida es tempestad (de Virginia Martínez) y Poemas de amor (de Idea Vilariño).
En la votación de la “mejor canción” hubo casi la misma dispersión: 50 obras. En esa categoría, Jaime Roos fue el autor más mencionado: es el cantautor de nueve títulos diferentes que conforman la lista ampliada.
En cuanto al cine, entre Whisky y 25 watts —ambas obras de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella— consiguieron más de la mitad de los votos de los 100 referentes consultados. Y si se incluye a todo el top 5, dos tercios de los encuestados se inclinaron por uno de esos cinco largometrajes. La dispersión fue mucho menor: 18 películas nombradas.
Los resultados, a continuación.
El mejor libro uruguayo
Que Santa María sea uno de los parajes más legendarios de la literatura latinoamericana responde a buena parte de la obra de Onetti, pero sin La vida breve nada hubiera sido posible. Es en esta novela, citada como la más importante del autor, el personaje de Brausen se imbuye del espíritu del autor y proyecta su vida a una ficción encabezada por el doctor Díaz Grey en esa localidad, y en ese juego de ida y vuelta las líneas de la realidad se empiezan a desdibujar. Crucial y fundacional, este primer puesto podría llegar a sorprender, pero jamás incomodar.
Puede que las voces que se elevan cuestionando la calidad de Quiroga a la hora de trabajar la prosa sean atendibles, pero si algo tiene a su favor el autor salteño es que logró como pocos en este país crear un universo personalísimo cargado de señas de identidad y un sentido del horror que se proyecta hasta nuestros días. Los cuentos de este libro, además, tienen la particularidad de haberse emancipado y lograr una huella propia. Solo basta mencionar los títulos de La gallina degollada, A la deriva o El almohadón de plumas para suscitar reacciones viscerales. Y eso vale.
Que el podio se cierre con otro libro de Onetti tampoco debería sorprender. Menos, todavía, que el título citado casi a la par de La vida breve sea justamente El astillero, la otra gran obra onettiana por antonomasia. En este caso, Santa María no es la invención de un escritor (o sí, en realidad), sino el paraíso perdido que quiere recuperar con su vuelta Larsen, que anda como tábano sin cabeza y sin encontrarle mucho sentido a esto de existir. Aunque, ¿lo suyo es la existencia? La desolación, corrupción y herrumbre manchan las vigas sobre las que se construye este título fundamental en la literatura en español del siglo XX.
Barrán fue el nombre que más se repitió en la consulta a los cien referentes a la hora de pensar un homenaje a un intelectual uruguayo ya fallecido. Tiene sentido, entonces, que su mayor obra publicada, un título que ayudó a entender la forma en la que la identidad cultural uruguaya se fue moldeando durante el período colonial y la modernidad a partir de sus usos y costumbres, haya quedado entre las cinco elegidas. Publicado originalmente en 1989, se dividió en dos partes: La cultura bárbara y El disciplinamiento.
Si William Shakespeare cobrara por la utilización de sus obras como alegorías para trabajos y ensayos posteriores, en su lista de deudores debería estar José Enrique Rodó y su Ariel. Pero nadie puede quejarse, ni siquiera el inglés: el escritor uruguayo utilizó los personajes de La Tempestad —Próspero, Ariel y Calibán— para delinear uno de los ensayos más influyentes en la política latinoamericana de principios de siglo XX. Pensado y direccionado sobre todo a un público joven, el Ariel de Rodó mantiene su estela y permanece como una obra totémica en un autor marmóreo.
La mejor canción uruguaya
¿Qué pasaría si se abriera un plebiscito para sustituir el himno nacional por La cumparsita? Probablemente nada cambiaría y seguiríamos vociferando sabremos cumplir, pero el margen para dudar sería más que estimable. La obra de Mattos Rodríguez tiene todo para ser un tótem cultural, y de hecho lo es, y uno de los mayores. Es ultra uruguaya, pero también mundial, y ese es un valor de peso: no importa si suena de fondo en Harry Potter o en Sunset Boulevard, las notas siempre repicarán en La Giralda hasta el fin de los tiempos.
En 1979, Mauricio Ubal y Rubén Olivera compusieron para el grupo que integraban, Rumbo, la canción A redoblar, uno de los temas más potentes y duraderos del proyecto, de la música popular y de la canción de protesta, que con la sombra de la dictadura cívico-militar por encima del país vivía una de sus épocas más efervescentes. Con juegos de palabras para evadir la censura, un tono entre lo solemne y lo luminoso, y un llamado a la resistencia con la promesa de que “volverá la alegría”, la canción trascendió a su época y se ganó un lugar en el repertorio nacional.
Es difícil saber qué resulta más desgarrador: si la voz de Zitarrosa augurando tiempos nuevos, tiempos buenos, en los primeros versos de esta canción —Dice mi padre que ya llegará / Desde el fondo del tiempo otro tiempo / Y me dice que el sol brillará—, o esa guitarra que llora al compás de una nación entera. Lo que está claro es que durante los 5 minutos y 35 segundos de duración de este himno contra la oscuridad, el estremecimiento no cede y la sombra, en más de un sentido, se disipa.
Leo Maslíah es uno de los autores más inclasificables de la música uruguaya (dicho esto en el mejor de los sentidos). Capaz de moverse con la misma naturalidad entre el jazz, la música clásica o la comedia, Biromes y Servilletas es quizás su canción más conocida, incluso aunque muchos la hayan escuchado por las versiones de Jaime Roos, Andrés Calamaro o Milton Nascimento. Una canción conmovedora, de un juego poético lleno de gracia y belleza, y con una línea subyacente de humor (estos poetas montevideanos tienen un cierto patetismo) que la hace todavía más inteligente.
El pináculo artístico de Jaime Roos, el músico más mencionado por los consultados en esta encuesta, es también su canción más popular de todas. Con ella, el autor de Aquello reconectó con "la voz del pueblo", con "el sonido de la calle", además de que significó un antes y un después en su carrera por las ventas que generó y las capas que le sumó a su mito y obra. Inolvidable y, en criollo, un temazo.
(Textos de A redoblar y Biromes y servilletas: Nicolás Tabárez)
La mejor película uruguaya
El año pasado esta película cumplió 20 años y demostró que su vigencia excede a las cualidades cinematográficas que la hicieron, en su momento, ganar en el Festival de Cannes, el más importante del mundo. En Whisky, en la comedia del absurdo que montan Herman, Jacobo y Marta, hay trazos de lo que fuimos hace no mucho como país, y también evidencia de lo que todavía somos. Su canonización como la gran película uruguaya, por otro lado, es casi irrebatible. ¿Es lenta? ¿Es aburrida? ¿Es gris? Mire bien, mire mejor, que debajo de esa superficie monocromática hay mucho más. Lo mismo, cuando hablamos de este país.
Tal vez, el gran sueño del pibe cinéfilo hecho realidad: hacer una película entre amigos, con ganas, sin presiones, con ideas nuevas, que se estrena, gana premios y se convierte en un tótem generacional. Y encima: que relanza la cinematografía de un país entero. ¿Qué más podían pedir Javi, el Leche y Marmota Chico? ¿Qué más podían pedir Rebella y Stoll?
Qué César Troncoso sea uno de los rostros más identificables del cine uruguayo, y quizás el actor con el CV más abultado del medio, responde en buena medida a esta película de Enrique Fernández y César Charlone. El derrotero de su personaje, un contrabandista que quiere aprovechar la llegada del papa a Melo para poner un baño público y hacerse unos pesos, encontró además un lugar de privilegio en el corazón del público uruguayo. Y allí sigue.
Onetti tenía que tener su espacio en el cine uruguayo, y lo encontró de la mejor manera: con una adaptación ambiciosa e inolvidable de Álvaro Brechner, que transformó la novela corta Jacob y el otro en su mejor película. Santa María nunca tuvo tanta textura y colores como en esta historia de fracasos y segundas oportunidades.
Una camioneta destartalada, el bigote de Juceca, un primer contacto con el mar, que es promesa y destino. El director Guillermo Casanova se agarró de Juan José Morosoli para construir una de las historias más entrañables de nuestro cine y, de paso, conoció el éxito dentro y fuera de fronteras, ya que se convirtió en una de esas películas que se incrustaron en el imaginario popular. La evidencia va más allá de este lugar en la selección.