Liu Xin sostiene que la imagen internacional de China no es solo una cuestión de percepción, sino que tiene consecuencias concretas sobre las decisiones políticas, económicas y diplomáticas de otros países. También reflexiona sobre el futuro de los medios en un escenario dominado por las plataformas digitales occidentales y sobre el desafío de China de encontrar nuevas formas de comunicarse con audiencias globales.
La batalla por la narrativa, la guerra “de vida o muerte” con cómo Occidente cuenta China, sobre las contradicciones del sistema, son los temas sobre los que Xin reflexiona en esta entrevista con El Observador.
¿Cómo entiende una periodista china cuál es su deber en un país donde los medios de comunicación son administrados por el gobierno?
Informar y contribuir a formar la opinión pública de manera responsable. Así entiendo mi misión. Estamos en una posición extremadamente importante y poderosa. Tenemos los recursos; somos el canal público nacional. Lo que decimos tiene mucho peso y llega a muchísimas personas. Además, en China existe un contexto muy particular: la población confía mucho en los medios de comunicación. Siempre ha sido así y sigue siéndolo. Si uno observa encuestas internacionales —y aclaro que no son estudios chinos— encontrará, por ejemplo, una investigación realizada por la Universidad de Harvard durante trece años sobre la confianza de los ciudadanos chinos en los gobiernos locales y en el gobierno central. La confianza en el gobierno central supera el 90%. También existen otras encuestas elaboradas por organizaciones internacionales que muestran niveles muy altos de confianza. Con esa confianza, lo que uno comunica a la audiencia resulta fundamental porque moldea la manera en que las personas entienden la realidad y construyen su percepción de lo que ocurre tanto en China como en el resto del mundo. Por eso considero que tenemos una enorme responsabilidad: brindar información sobre lo que sucede en China y ayudar a conducir a la sociedad hacia adelante. Cuando digo "nosotros", me refiero al medio público nacional. Debemos hacerlo de manera que la gente siga confiando en nosotros y pueda unirse detrás de un mismo objetivo para que el país continúe creciendo y desarrollándose. Esa es una de las razones por las que, a pesar de que los medios sean administrados por el gobierno, China ha logrado sostener durante décadas un crecimiento tan extraordinario. Así funciona nuestro sistema.
En China, la relación entre los medios de comunicación y el gobierno es diferente de la que existe en Occidente. En Occidente la función de los medios es intentar actuar como contrapoder.
En Occidente los medios fiscalizan al gobierno; supervisan y cuestionan sus acciones. En China esa nunca ha sido la relación. Desde la fundación de la República Popular China, los medios han cumplido el papel de puente entre el gobierno y la población. Creo que comprender esa diferencia es fundamental para entender cómo funcionan los medios en China.
¿Y cómo manejan las voces que tienen una perspectiva diferente, incluso cuando provienen de ciudadanos chinos?
Creo que eso tiene mucho que ver con nuestra cultura. En China valoramos enormemente la armonía social. Es parecido a lo que ocurre dentro de una familia. Puede haber desacuerdos, diferencias o conflictos. Las personas hablan entre sí, discuten los problemas, intercambian opiniones, pero procuran hacerlo siempre en un ambiente armonioso y constructivo, de modo que puedan seguir viviendo bajo el mismo techo y trabajando juntas pese a esas diferencias. En cambio, si uno expone públicamente todos esos conflictos —como suele ocurrir en Occidente, donde se ventilan las diferencias delante de todo el mundo— el problema termina creciendo.
Todos saben que existen enfrentamientos, que las personas no se llevan bien y el clima se vuelve tóxico. En esas condiciones resulta muy difícil seguir trabajando juntos y concentrarse en las tareas realmente importantes: sacar a la gente de la pobreza, construir el país o fortalecerlo. Por eso, para nosotros, ese componente cultural siempre está presente: el ambiente debe ser constructivo.
Cuando existen diferencias, por ejemplo durante la elaboración de una política pública, hay un largo proceso previo de consultas. Antes de que una propuesta se convierta en una política, se recogen opiniones de distintos sectores de la sociedad, desde las bases hasta el público en general. Todas esas opiniones son recopiladas y luego quienes elaboran la política analizan cuáles pueden incorporarse de manera realista. Es, en definitiva, un proceso de construcción de consensos. Cuando finalmente una propuesta llega a la instancia formal de decisión, ya ha sido ampliamente debatida y deliberada. Por eso no existe ese debate público donde cada uno expresa abiertamente su desacuerdo. Es por eso que muchas personas observan las reuniones en China y dicen: "Todos asienten con la cabeza. Todos simplemente aprueban lo que se propone". Pero la deliberación ya ocurrió antes.
Entonces, ¿considera que el periodismo es una herramienta al servicio de los objetivos del gobierno?
Tiene una misión muy importante: explicar a la población qué está haciendo el gobierno para que las personas comprendan sus acciones, continúen confiando en él y lo apoyen. Pero eso siempre debe corresponderse con la realidad. No se le puede decir a la gente: "Tu vida es buena", si después apaga el televisor, mira a su alrededor y no encuentra ninguna evidencia de eso. No funciona así. Por un lado, el gobierno debe ofrecer resultados reales; por otro, los medios tienen la responsabilidad de informar a la población sobre esos resultados.
Cuando escuchan opiniones distintas, ¿deciden no darles espacio?
Es un poco más complejo que eso. Creo que, dentro de China, la lógica se parece más a lo que usted plantea. Pero, a nivel internacional, buscamos destacar las voces que aportan de manera constructiva. Hay voces críticas, por supuesto, pero críticas desde una perspectiva constructiva. En nuestros programas participan personas que dicen: "No estoy de acuerdo con el otro invitado; creo que la situación es esta". Si el planteo es respetuoso y busca construir, entonces puede haber debate. Probablemente sea uno de los aspectos en los que todavía podemos mejorar. Pero también sentimos que ya existe una enorme cantidad de opiniones negativas circulando sobre China. Por eso pensamos que quizá nuestro papel sea concentrarnos en las voces positivas y darles mayor visibilidad. Además, hay otra dificultad: muchas de las personas más críticas no solo discrepan, sino que son abiertamente hostiles. Y nosotros no queremos ofrecer una plataforma a quienes actúan desde esa hostilidad. De todos modos, muchas veces esas personas tampoco aceptan participar en nuestros programas porque consideran que nuestro medio no merece su atención.
Durante el seminario dijo que esta forma de entender el mundo es, para China, una cuestión de vida o muerte. ¿Podría profundizar en esa idea?
Diría que se trata de una competencia feroz; una verdadera lucha por la supervivencia. Cuando aparecen titulares hostiles o se construyen relatos que, desde nuestra perspectiva, distorsionan la realidad sobre China, esas narrativas pueden tener consecuencias muy concretas. Tomemos el caso de Xinjiang. Toda la narrativa sobre el supuesto genocidio o el trabajo forzoso derivó, por ejemplo, en políticas que prohibieron en Estados Unidos la importación de productos fabricados en esa región. Como consecuencia, muchas empresas retiraron sus inversiones porque no querían verse involucradas en esa controversia, incluso cuando no existiera trabajo forzoso. Recuerdo el caso de un fabricante occidental de autos que tenía una planta en Xinjiang y decidió cerrarla simplemente porque no quería quedar asociado a esa imagen. Y quienes terminaron pagando el costo fueron los trabajadores que dependían de esos empleos. Por eso digo que hay mucho más en juego. Muchas personas creen que las narrativas son solamente historias o discursos. Pero no. Detrás de ellas existen intereses concretos y consecuencias reales. Por eso la disputa por las narrativas es tan importante. Y por eso sentimos que debemos defender nuestra propia voz.
Durante la clase usted dijo que plataformas como YouTube representan, en cierta forma, el futuro de los medios de comunicación. ¿Es allí donde concentran sus esfuerzos?
Es, sin duda, una parte muy importante. Cada vez hay más personas que consumen información a través de YouTube. Por supuesto, todavía mucha gente sigue viendo televisión o utilizando TikTok y otras plataformas, pero YouTube ocupa un lugar central. Es una tendencia bastante general. Creo que hoy la gran batalla se libra, sobre todo, en el público de habla inglesa. Lamentablemente. Cuando hablaba de una cuestión de vida o muerte me refería justamente a eso. Hoy buena parte de las noticias negativas sobre China giran alrededor de la llamada "amenaza china". Permanentemente se presenta la idea de que China es grande, peligrosa y representa un problema para el mundo.
Pero hay una aparente contradicción. Para comunicarse con Occidente utilizan plataformas occidentales que, sin una VPN, los ciudadanos chinos no pueden utilizar dentro de China.
Hay un dicho que dice: "Cuando estés en Roma, haz lo que hacen los romanos". Si uno actúa dentro de la ley y respeta las normas del lugar donde opera, no veo ningún problema. En cuanto a la situación que usted menciona, existen consideraciones políticas que exceden esta conversación. Lo que sí creo es que la población china está suficientemente informada. Los ciudadanos pueden viajar, vivir o emigrar a otros países si así lo desean y, a partir de esa experiencia, formarse su propio juicio sobre la realidad.
La conversación suele plantearse como "China contra Estados Unidos".
Siempre se presenta en esos términos. Y eso no es positivo, porque instala la idea de que ambos países inevitablemente terminarán enfrentándose. Imagínese las consecuencias que tendría un conflicto —o incluso una guerra— entre China y Estados Unidos. Sería una catástrofe para el mundo entero. Por eso esta discusión afecta a todos. Los medios moldean la opinión pública y, cuando el discurso dominante presenta a China como una amenaza, eso termina influyendo en las decisiones políticas. Se aprueban leyes, se impulsan medidas y se adoptan políticas que responden a esa narrativa. La sociedad empieza a ver a China como el "gran villano". Entonces aparecen restricciones a las exportaciones, controles tecnológicos, sospechas sobre estudiantes chinos, acusaciones de espionaje, cuestionamientos a profesores e investigadores y hasta se demonizan los intercambios académicos. Las consecuencias son muy amplias y también alcanzan a América Latina. Panamá, por ejemplo, queda atrapado entre dos potencias. Lo mismo ocurre con países como Brasil y otros que desarrollan infraestructura portuaria con inversiones chinas. Reciben presiones para no hacerlo.
Entiendo que esa tensión se ve en la mayoría de los países que tienen vínculos comerciales con China y con Estados Unidos.
Y por eso digo que no se trata solo de la supervivencia de China. También está en juego la capacidad de otros países para decidir con quién comercian. ¿Pueden comerciar libremente con China o deben limitarse a hacerlo con Estados Unidos y Europa? Es una discusión con implicancias enormes para el futuro de muchos países.
Como ciudadana china, ¿cómo ve a los países occidentales y a sus ciudadanos?
En primer lugar, quiero dejar muy claro que nunca dirijo estas críticas contra las personas. En la clase, por ejemplo, había un estudiante filipino y yo no lo sabía. Él fue muy respetuoso durante toda la exposición, aunque mostré varios ejemplos críticos hacia el gobierno de Filipinas. Pero una cosa es un Estado y otra muy distinta es su pueblo. Creo que muchas veces las personas simplemente no cuentan con toda la información o han sido mal informadas. No pienso que los ciudadanos chinos, uruguayos, filipinos o de cualquier otro país tengan malas intenciones hacia otros pueblos. Las diferencias tienen que ver con intereses políticos, con quienes ejercen el poder y con determinadas ideas que se han construido durante siglos. Pensemos en África. Muchas personas se llaman John o Smith porque durante siglos estuvieron bajo influencia occidental. Esa es una realidad histórica que no puede ignorarse. China, en cambio, es un actor relativamente nuevo en términos de influencia global. Y debemos convivir con esa realidad. No pretendemos decirle al mundo: "Ahora todos deben hablar chino, escribir con caracteres chinos o seguir a Confucio".
Lo que decimos es algo mucho más simple. Ustedes pueden conservar su forma de vida, sus tradiciones y su cultura. Nosotros también queremos conservar las nuestras. No queremos que se nos obligue a cambiar nuestra manera de vivir ni que se nos diga que solo un modelo cultural es legítimo. Cada país debería tener el derecho de elegir su propio camino. Si India quiere desarrollarse a su manera, debería poder hacerlo sin sentirse obligada a seguir el modelo de otro país. Creo que eso es precisamente lo que cada vez reclaman más los países en desarrollo. Sudáfrica, Brasil, India... quizá también Uruguay.
Cada uno tiene su propia identidad. Tal vez ustedes se sientan parte de la tradición europea; si esa es su elección, está bien. Pero eso no debería impedir que puedan relacionarse con China. Y tampoco significa que todo lo occidental sea negativo. Eso también debe quedar claro. La ciencia occidental y muchas corrientes de pensamiento occidentales han aportado enormes avances para la humanidad. China ha aprendido mucho de ellos y se ha beneficiado enormemente. Lo que ocurre ahora es que sentimos que también llegó el momento de recuperar nuestra propia tradición, porque durante mucho tiempo la dejamos de lado o pensamos que no tenía valor. Hoy creemos que debemos redescubrirla y afirmar con orgullo que, como chinos, somos diferentes.