Los habituales resúmenes televisivos ya no enfrentan el problema de encontrar hechos rescatables para sus programas de fin de año. El reto ya no consiste en qué contar, sino en qué dejar afuera.
Los habituales resúmenes televisivos ya no enfrentan el problema de encontrar hechos rescatables para sus programas de fin de año. El reto ya no consiste en qué contar, sino en qué dejar afuera.
El comienzo de un nuevo año ofrece un marco propicio para hacer conjeturas y hasta predicciones sobre lo que vendrá. Con ese contexto permisivo, es posible plantear la hipótesis de que 2026 se perfila, en esencia, como una continuidad de las tensiones y dinámicas que han marcado el 2025.
Las señales son elocuentes. Se extienden hasta los últimos días de 2025. Desde el ataque norteamericano a bases vinculadas al narcotráfico en Venezuela hasta el presunto atentado ucraniano contra la residencia de Vladímir Putin.
Para decorar este tránsito entre diciembre y enero, el escenario global suma el recrudecimiento de las protestas prodemocráticas en Irán y la renovada tensión entre China y Taiwán.
Persisten, además, los conflictos y crisis humanitarias en África (Sudán, Congo, Ruanda, Somalia, Somalilandia) y la prolongación de las disputas bélicas en Asia, desde el sudeste hasta Yemen.
También continua la compleja situación de Israel frente a los remanentes de Hamás y sus renovados ataques terroristas. Mientras tanto, la polarización e inestabilidad continúan calando en los países latinoamericanos.
Al mismo tiempo, Europa ensaya movimientos para lidiar con su pronunciada decadencia. Finalmente, en este fin y principio de año, está Pedro Sánchez. Él cierra el 2025 sobreviviendo a las sucesivas tormentas políticas con la tenacidad de un Gilgamesh.
Tomando el eje de la continuidad, la agenda internacional estará atravesada por muchos de los mismos problemas de 2025. Pero no todo será pisar suelo conocido. También se sumarán nuevas circunstancias que pueden acelerar o radicalizar escenarios.
El hecho más trascendente parecen ser las elecciones legislativas de medio término en Estados Unidos previstas para principios de noviembre. Este proceso suele funcionar como termómetro político interno y esta vez tendrá un peso adicional con repercusiones fuera de las fronteras.
La duda estará puesta en cómo Donald Trump transitará la etapa final de su mandato. Lo hará sin posibilidad de reelección y convirtiéndose en junio en un flamante octogenario.
Con un escenario abierto se abre un interrogante sobre el modo en que administrará un poder en retirada.
Todo indica que intentará evitar el desgaste típico del final de ciclo conocido como el “pato rengo”.
Para ello, lo primero que debe hacer es conservar el poder suficiente para convertirse en el «gran elector» de su propio sucesor y mantener esa tensión hasta el último minuto posible.
En el horizonte asoman nombres como el del vice JD Vance o el del secretario de Estado Marco Rubio, a menos que aparezca un «cisne negro» que rompa todas las quinielas.
Sea como fuere, el solo inicio de esta discusión ya implica que el reloj de Trump ha comenzado su cuenta regresiva.
El segundo recurso para sostener parte de su autoridad consiste en instalar la quimera de su propia reelección.
Si bien esta opción está prohibida por la Vigésimo Segunda Enmienda de la Constitución —que impide un tercer mandato—, el mero hecho de agitar esa bandera generaría una expectativa política poderosa y una polarización sin precedentes.
Conociendo el perfil de Trump y su carácter explosivo, sostener que está dispuesto a dar esa pelea le permitiría blindar su poder y evitaría que el sistema lo trate prematuramente como un líder de salida. Aunque finalmente desista de hacerlo.
La tercera opción estratégica para preservar su vigencia reside en un activismo desenfrenado dentro del escenario internacional. Esto cobra especial relevancia si las elecciones de medio término de 2026 le arrebatan el control de alguna de las cámaras. Ahí es donde las elecciones en Estados Unidos se vuelven un problema de todos.
Ante la amenaza de un bloqueo legislativo en Washington o frente a disputas internas por su sucesión, el tablero global se erigiría como el espacio predilecto.
Se trata del lugar ideal para proyectar una autoridad que no requiera el visto bueno del Congreso ni dependa de los siempre frágiles equilibrios domésticos.
En esta lógica, buscaría elevar el nivel de «ruido» diplomático y multiplicar las intervenciones de todo tipo en la política exterior. De este modo, se aseguraría de que el orden internacional siga gravitando en torno a él.
La política exterior se convertiría, así, en su último e inexpugnable refugio de poder político.
Seguramente, China será uno de los principales adversarios elegidos para ejecutar esta estrategia.
Trump sostiene que el nudo para destrabar la crisis global actual consiste en definir este enfrentamiento de fondo. Para su administración y para la mayoría del Partido Republicano, no se trata solo de una disputa comercial. Es el eje central que determinará la estabilidad del sistema internacional en los próximos años.
Más allá de las continuidades, el eje de la incertidumbre global para 2026 estará puesto en el conflicto ruso-ucraniano. Persiste la duda sobre si la guerra seguirá su curso actual, si podría tender finalmente a una salida negociada o si, en el peor de los escenarios, derivará en una escalada mayor.
En el plano político, el calendario electoral de 2026 abre un panorama cargado de interrogantes tanto en América Latina como en Europa. En Brasil, Lula volverá a enfrentar al "bolsonarismo". En esta ocasión el rival no será el expresidente, sino uno de sus hijos.
En Colombia, Gustavo Petro deberá demostrar que su gestión no pretende seguir el camino de Nicolás Maduro. Mientras tanto, Perú acudirá a las urnas para elegir al mandatario que seguramente acabará echando apenas unos meses después.
España enfrenta la incógnita de un posible llamado a elecciones generales y las citas autonómicas en Aragón, Castilla y León y Andalucía. Finalmente, el foco europeo estará puesto en Portugal, Suecia y, muy especialmente, en el destino de Viktor Orbán en Hungría, donde el líder magyar pondrá en juego su veterano y hoy disputado liderazgo.
Habrá un momento similar a los antiguos Juegos Olímpicos de la época griega. Será un instante en el que el mundo se detendrá para reunirse ante el dios del deporte: el Mundial de Fútbol 2026.
El torneo se realizará en Estados Unidos, México y Canadá desde el 11 de junio hasta el 19 de julio y será la edición más grande de la historia, incluyendo la despedida del astro global argentino, Lionel Messi.
Si el año que comienza amenaza con ser un bucle infinito de ambiciones, violencia, polarización y "ruido" geoestratégico, al menos nos queda el consuelo de un Mundial de 48 selecciones.
¡2026, allá vamos!