18 de octubre de 2026 5:00 hs

Las funerarias de Artigas tuvieron que pedir ayuda a sus vecinos brasileños de Quaraí, porque no tenían ataúdes suficientes para velar a los 44 cadáveres; nunca habían tenido un velorio de esas dimensiones.

Dicen que cuando el avión cayó en el campo, los vecinos que estaban más cerca corrieron hasta el lugar, intentando apagar el fuego. No importaron las llamas ni el calor agobiante, todos querían colaborar. Cuando llegó el camión de bomberos, la manguera fue insuficiente y terminaron extinguiendo el fuego con arena.

El panorama era dantesco: bajo el sol abrazador de febrero, entre el humo negro, los metales retorcidos y los restos del avión, se encontraban los cadáveres. El accidente fue de tal magnitud que la mayoría de los cuerpos estaban destrozados.

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El 10 de febrero de 1978, la temperatura superaba los 30 grados en la ciudad de Artigas. Era viernes, y como sucedía todas las semanas, muchos esperaban ansiosos el vuelo del Transporte Aéreo Militar Uruguayo de la FAU que salía de Montevideo, hacía escala en Paysandú, Salto, Artigas, Rivera y luego retornaba a la capital.

El avión conectaba Montevideo con algunas de las localidades más alejadas del norte del país, permitiendo el tránsito fluido entre militares apostados en distintos puntos del territorio. También transportaba insumos militares y de otras dependencias estatales.

Si quedaba espacio, el resto de los lugares podía ser utilizado por familiares y civiles que preferían utilizar esa opción de bajo costo en vez de pasarse horas arriba de un ómnibus, circulando por carreteras que no eran lo que son hoy.

Siempre quedaba gente afuera, por eso desde temprano comenzaba a hacerse fila en los pequeños aeropuertos, con la esperanza de conseguir un lugar. Aquella mañana del 10 de febrero de 1978, en la ciudad de Artigas, no fue la excepción.

La imposibilidad de conseguir un pasaje fue lo que les salvó la vida a muchos de los que quedaron sin lugar. Porque apenas despegó de Artigas rumbo a Rivera, el avión sufrió un desperfecto y cayó. Llevaba militares y también civiles, entre los que se encontraban niños y adolescentes, o familias con varios integrantes. Nadie sobrevivió.

Después se dijo que ya en Salto hubo indicios de que algo andaba mal, pero la travesía continuó. El resultado fue la peor tragedia aérea de la aviación uruguaya de la historia, que dejó como saldo 44 fallecidos.

Antes del accidente en Artigas, hubo dos hechos ocurridos unos años antes que todavía estaban muy presentes en la sociedad uruguaya. En 1971, un helicóptero cayó en Kibón, en la Rambla de Montevideo durante una exhibición militar, y murieron ocho personas. Al año siguiente, se produjo la recordada tragedia de un equipo de rugby en la cordillera de Los Andes, donde fallecieron 29 personas.

Julio César Ferradás era un experimentado piloto que estaba al frente del avión de la FAU que se estrelló en las montañas el 13 de octubre de 1972. Tenía 39 años y era coronel.

Al igual que varios integrantes de su familia, su hermano Rafael también era aviador; el 10 de febrero de 1978 pilotaba el avión que cayó en Artigas, en el accidente que costó la vida de 44 personas, entre ellas la suya.

Un ataúd muy liviano

Emerson de los Santos creció en Artigas escuchando a su padre relatar la tragedia aérea decenas de veces. La historia siempre le despertó curiosidad y el año pasado comenzó a investigarla a fondo. Ese fue el origen del libro Aquel humo negro. La mayor tragedia aérea de la aviación uruguaya, que reúne testimonios de testigos, vecinos artiguenses, familiares de las víctimas y documentación de las investigaciones realizadas por la Fuerza Aérea Uruguaya (FAU).

De los Santos reconoce que el accidente quedó en el olvido. Por más que en 1998 se colocó un monolito para recordar a las víctimas, la historia sigue siendo de alcance local a pesar la magnitud.

A unos 200 metros del accidente se colocó una cruz que recuerda a los fallecidos la tragedia del 10 de febrero de 1978.

A unos 200 metros del accidente se colocó una cruz que recuerda a los fallecidos la tragedia del 10 de febrero de 1978.

El episodio ocurrió en plena dictadura; la información era poca y por si fuera poco estaba involucrado un avión militar. Por ejemplo, en su momento, circularon versiones que indicaban que el vuelo cayó porque venía cargado de mercadería de contrabando, algo que no dejaba bien paradas a las autoridades de la época tratándose de un vuelo que transportaba militares. Al final, luego de mucho insistir, De los Santos consiguió el informe de la FAU con los detalles de lo ocurrido.

Los dueños del campo donde cayó el avión no quieren poner ningún elemento que identifique el punto exacto, porque temen que concurra mucha gente. Algunos vecinos y familiares colocaron una cruz a unos 200 metros de la tragedia y en el aeropuerto de Artigas todavía se conserva algún resto del avión accidentado que sacudió a la comunidad entera.

Cuando comenzó la investigación para el libro, De los Santos (46 años, licenciado en Enfermería y profesor de Música) se encontró con familiares que no querían hablar del tema. Una vez publicado, hubo quienes prefirieron no leerlo; como el caso de un hombre que perdió a su esposa y sus dos hijos en el vuelo.

Otros se acercaron a contarle sus experiencias, como la madre de un joven soldado que recibió el ataúd con el cadáver de su hijo y la orden de que no podía abrirlo. Les llamó la atención lo liviano que era el cajón. Cinco años después, cuando fueron a realizar la reducción de los restos, se encontraron con que lo único que quedaba del cadáver era un pie y un par de lentes.

Tampoco los familiares de los muertos fueron debidamente informados sobre lo acontecido, agregó De los Santos. Ahora empiezan a conocerse más historias, que hasta el momento estaban en el olvido. Como la de un joven que estaba sentado en el avión pronto para irse a Montevideo, hasta que un oficial le dijo que se bajara: un militar con su hijo de seis años necesitaba el lugar. Ese cambio a último momento le salvó la vida.

“Me sentí asfixiada”

José González se pregunta hasta ahora quién ocupó su lugar en el vuelo de la tragedia. Había llegado a Artigas el 3 de febrero desde Montevideo, donde se encontraba trabajando, para pasar unos días de Carnaval en su tierra natal. Como había utilizado el vuelo a la ida, tenía preferencia para regresar el 10 a la capital.

En la noche del jueves 9, una lluvia torrencial se descargó sobre Artigas y José decidió que mejor se volvería en ómnibus. Su padre no entendía la decisión; él temía que con la lluvia el avión no saliese al día siguiente, así que se preparó para viajar a la medianoche.

No consiguió asiento en el coche, recordó De los Santos en base al relato de González, así que llegó a Montevideo agotado y durmió hasta las tres de la tarde. Fue recién al despertar cuando se enteró de lo que había sucedido en la mañana en Artigas, con el vuelo que la noche anterior había decidido no tomar.

A Mirian Pírez no fue la lluvia la que la llevo a cambiar de opinión. Hasta ahora no sabe el motivo por el cual, cuando se encontraba a punto de despegar, tomó a sus hijos Fabián y Nino Cooper y pidió para bajarse del avión.

Habían llegado a Artigas unos días antes a descansar en casa de familiares. Cuando tocó regresar, como iba con niños chicos fue de las primeras en subir al avión. Sentó a uno a su lado y al otro en la falda. Enfrente podía ver las valijas sostenidas por cuerdas negras.

“Me sentí como asfixiada en ese lugar. No sé por qué … Pero me levanté con mis hijos y caminé hacia la salida”, recordó según el relato del libro.

Hubo quien le hizo notar que ya iban a despegar. Ella insistió en bajar. Un hombre la ayudó a bajar las valijas; uno de sus hijos lloraba porque quería reencontrarse con su padre en Montevideo.

Llegó a la casa de su abuela gracias a que una maestra la acercó en el auto. Se enteró de la noticia por la radio, donde difundieron su nombre y el de sus hijos entre los fallecidos.

Esa noche tomó un ómnibus a Montevideo con sus hijos. “Sufrí mucho por esa gente, durante mucho tiempo. Hasta hoy, todavía pienso en ellos”, reconoció.

Los bomberos no contaban con equipos suficientes para extinguir el fuego, que terminó apagándose con arena, con ayuda de vecinos del lugar.

Los bomberos no contaban con equipos suficientes para extinguir el fuego, que terminó apagándose con arena, con ayuda de vecinos del lugar.

“Estoy seguro de lo que hago”

Faltaban diez minutos para el mediodía del 10 de febrero de 1978 cuando el avión Douglas C-47 matrícula FAU 511, del grupo de Aviación N° 3 aterrizó en Artigas, luego de una escala en Salto.

De los Santos contó en el libro que mientras cargaban combustible y los pasajeros subían para acomodarse, el motor derecho permaneció encendido porque había tenido “inconvenientes” a la salida de Salto, que los mecánicos no consideraron graves.

Al teniente Carlos Zárate, jefe del aeropuerto de Artigas le llamó la atención lo que sucedía con el motor que seguía encendido. Se acercó a Ferradás y le dijo: “Usted no puede seguir el vuelo. Tuvo problemas en Salto para encender, así no puede continuar”.

“No se preocupe”, le respondió el piloto “estoy seguro de lo que hago, tengo experiencia”. La discusión fue aumentando de tono. Zárate se sintió mal y se retiró. A diferencia de lo que hacía cada viernes, ese día se fue antes de que despegara el vuelo.

El avión partió sobre las 12:18 rumbo a Rivera, llevando en su interior a 44 personas, 15 de ellas menores de edad. A lo lejos, mientras iba a su casa, Zárate vio que el vuelo se movía de forma extraña y detectó el humo. Decidió regresar, pero ya era tarde.

Rosario, la hija de Zárate, relató en el libro que la vida de su padre cambió por completo luego de lo sucedido. “Él se culpaba por no haber podido detener el despegue y por no haber estado presente en ese momento porque, según él, podría haber hecho algo más. Sentía que, de haber permanecido en el aeropuerto, habría podido ayudar al controlador de tránsito aéreo para que la situación terminara de otra manera”, escribo De los Santos en base al testimonio de la hija de Zárate.

Silvia Zanetti recuerda que su tía entró corriendo a la cocina gritando que el avión iba a caer sobre los árboles. Cuando la aeronave se acercó a la casa se escondió bajo la mesa. Segundos después escuchó el ruido seco de la caída y después la explosión.

“Un mismo vacío”

A lo largo del libro, De los Santos recoge distintos testimonios dramáticos de personas que con el correr de los minutos se fueron enterando que varios integrantes de sus familias habían muerto en un accidente que fue tan imponente que solo permitió que se reconociera un cuerpo, el de un capitán que fue el último en subir.

Toda la ciudad de Artigas se conmocionó con el episodio; todos tenían conocidos en aquel vuelo, o conocidos de conocidos. Por eso muchos se acercaron hasta el lugar todavía humeante y se toparon con realidades aterradoras, como el cadáver de un vecino carbonizado aferrado a su hija de seis años.

Pasadas las cuatro de la tarde se comenzaron a retirar los cuerpos y se instaló una morgue improvisada en el hospital. Muchos cuerpos no podían ser identificados, lo que generaba aún más angustia en una ciudad en la que se decretaron tres días de luto.

Al día siguiente se realizó el velorio en el gimnasio municipal. No había ataúdes suficientes, así que hubo que apelar a la solidaridad de los vecinos de Quaraí, del lado brasileño, para conseguir cajones que permitiesen colocar los restos.

Algunos ataúdes fueron enterrados en el cementerio de Artigas, otros se trasladaron a los departamentos a los que pertenecían los difuntos. Los tres días de luto fueron insuficientes para las familias que habían sufrido pérdidas, en algunos casos de varios de sus integrantes. El listado de fallecidos tiene apellidos que se repiten varias veces.

“Los días siguieron marcados por el dolor y el recogimiento. Cada familia comenzó a atravesar su duelo, cada una a su manera, pero todas con un mismo vacío. El recuerdo de ese 10 de febrero quedó instalado para siempre en la memoria colectiva”, escribió Dos Santos.

Con el correr de los días, y luego de los meses, muchos de los familiares intentaron sin éxito conocer detalles de lo sucedido. En medio del dolor por las pérdidas, enfrentaban respuestas que no conformaban.

Restos del avión que se conservan en el aeropuerto de Artigas.

Restos del avión que se conservan en el aeropuerto de Artigas.

“Ayuda de una cuerda”

Pasaron casi 50 años del episodio y las crónicas y relatos de lo sucedido a nivel nacional son pocas. De los Santos citó, como un ejemplo aislado, una investigación del periodista Diego Zas.

El libro publicado ahora recoge un informe de febrero de 2022 de la FAU, referido al accidente ocurrido hace 48 años. El documento citado forma parte de una investigación sobre accidentes aéreos de la fuerza uruguaya y, según señala, “el único propósito” es evitar futuros accidentes o incidentes y no establecer responsabilidades.

“Del análisis de las huellas del terreno y la distribución de los restos se puede deducir que el impacto fue en un ángulo de picada muy próximo a los 80°, con un poco de inclinación a la derecha ya que el ala de ese lado tocó primero. El fuselaje fue destruido por el impacto y posterior incendio, salvo la parte de la cola posterior al baño”, consignó el documento.

Con respecto al factor humano, señaló la FAU, el grado de entrenamiento del piloto principal se consideró “bajo” debido a que hacía seis años que no volaba el avión y fue habilitado a volar sin realizar prácticas de instrucción de emergencias simuladas.

Como “causa principal”, el informe hace referencia al “factor humano” en el sentido de que, al tener un problema en el motor derecho, el piloto “decide poner en marcha el motor con ayuda de una cuerda y continuar el vuelo”.

“Lo más adecuado hubiera sido comunicar la falla y optar por esperar auxilio técnico en Salto o Artigas, cancelando las etapas restantes y regresar a Carrasco”, agregó.

Como “causa secundaria”, se menciona la rotura de un cilindro en uno de los motores y también un “factor operacional” vinculado a que el grado de entrenamiento de la tripulación “no era el más adecuado”. Además de la situación del piloto, el copiloto “tenía una escasa experiencia de vuelo y su poca jerarquía pudo haber inhibido de hacer alguna indicación al piloto principal”.

En las conclusiones, el informe estableció que fue un accidente “por demás complejo” por la magnitud de lo ocurrido y que “es muy difícil determinar las causas del mismo” porque la aeronave quedó destruida.

El libro también incluye un informe elaborado por el coronel Ego Correa Luna, responsable de la investigación del avión que fue protagonista de “la mayor tragedia civil y militar en la historia uruguaya”.

El Transporte Aéreo Militar Uruguayo (TAMU) había sido fundado en 1959 por el coronel Conrado Sáez, inspector general de la FAU y tenía como principal cometido la conectividad interna.

En los 70 comenzó a cobrar pasajes bajos a civiles que antes volaban internamente por Pluna, que para ese momento había interrumpido sus servicios.

También realizaba vuelos regionales desde la década del 60, entre ellos a Argentina. En ese sentido, hay un elemento que figura en el libro de Dos Santos que resultaría una coincidencia macabra: el avión que se estrelló en Artigas en octubre de 1976 habría trasladado a prisioneros hoy desaparecidos de Orletti, el centro clandestino de reclusión y torturas en Buenos Aires.

La información fue tomada de un artículo publicado en La República en 2002, donde un testigo señala haber visto llegar el avión de TAMU en horas de la noche, del que descendieron un grupo de encapuchados.

Los aviones como el que se estrelló en Artigas fueron utilizados en Uruguay entre 1947 y 1988, fundamentalmente por Pluna y la FAU, que llegó a operar 22.

Se estima que en el mundo se conservan unos 150. En Uruguay ya dejaron de volar, y lo único que se conserva de ellos es un trozo de hierro retorcido en el aeropuerto de Artigas, que conmemora un día de luto para el norte del país hace casi medio siglo.

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