A la camioneta china blanca se le sumó un segundo vehículo oficial, un Toyota Country negro con agentes del servicio de inteligencia bolivariano. Bracho —periodista de profesión y músico de vocación— desenfundó la agenda con contactos de políticos y embajadores a quienes había conocido en casi una década de oficio. Empezó a llamarlos uno por uno.
Están en la puerta de casa, vienen por mí.
No le creyeron demasiado. Todavía era de día, y el modus operandi de las detenciones se daba a la hora en que se oculta el sol. En la oposición venezolana había figuras más llamativas que él. El líder Edmundo González todavía no había tenido que exiliarse en España. Y las calles de Caracas seguían tomadas por las manifestaciones espontáneas que le exigían al gobierno que enseñe las actas de votación.
Pero lo que más le indignó fue una colega del equipo de comunicación que le dijo: “Si entran a tu casa y te atrapan, haz un vivo para las redes sociales”.
Enseguida supo que estaba librado a su suerte. Aprontó un bolso con el carné de vacunas, los documentos de viaje, algo de dinero y medicamentos. Llamó a su madre, le explicó la situación y le prometió que no iba a rendirse.
Yo me escapo o me mato, pero a mí no me agarran.
Por la ventana miró si los agentes de la camioneta blanca y el Toyota negro estaban distraídos. Para una mejor visual e información, le pidió a su esposa que fuera a lo de una conocida que tiene acceso al circuito de videovigilancia.
Allí se enteró de lo que no estaba al corriente. Esas mismas camionetas estaban “hace días” merodeando el barrio y preguntando por su nombre.
Bracho no sabe con exactitud desde cuándo lo espiaban, pero ensaya una hipótesis. Él siempre se había mantenido en un rol técnico, de perfil bajo, sin salir delante de cámaras cuando asesoró a la coalición de Henrique Capriles o Leopoldo López. Pero el lunes 29 de julio, justo un día después de las elecciones en que Maduro fue proclamado presidente reelecto para un tercer período sin los detalles del escrutinio como obliga la normativa, participó de la conferencia de prensa de Edmundo González y María Corina Machado y quedó registrado por algunas señales de televisión.
En eso sonó el teléfono. Era el guardia de seguridad para avisarle que aproveche el momento porque las camionetas se habían ido.
Fue a buscar el bolso, miró por la ventana y… otro vehículo había regresado. Había sido un simple relevo de agentes.
Las horas pasaban, el margen de una escapatoria exitosa se achicaba. No había pensado en dejar el país, hasta entonces. Según la consultora Megaanálisis, el 43% de los encuestados estaba considerando abandonar Venezuela tras las elecciones (y la represión).
Pero, ¿cómo salir? Recibió una llamada. Un político que ahora está en la clandestinidad (por eso se mantiene el anonimato) se apiadó de él y le ofreció una “misión de extracción”. Bracho aceptó con la condición de que su esposa y Vaquito —el chihuahua adoptado que los acompañó en esta travesía— fueran parte de la operación.
El plan ya estaba diseñado. Sobre la medianoche llegarían varias motos y actores. Algunos estarían disfrazados de delivery, otros de obreros y vecinos. Algunas de las motos obstruirían la salida a los coches oficiales. Mientras que en otros vehículos escaparían Bracho, su esposa y Vaquito sin bolsos.
Se acercaba la hora de la misión. La esposa y la conocida vieron por las cámaras de seguridad que los vehículos oficiales se alejaban. Pasó un minuto, dos, tres. No había señales de un nuevo relevo.
Bracho se olvidó de la misión y aprovechó el momento para escaparse a lo de un conocido con el que, cada tanto, salía a trotar. No le dio demasiada explicación. Tocó timbre, le dijo que era una urgencia y que debía aguardar un ratito.
La misión quedó desmontada, pero las motos fueron a “extraerlos”.
Primero nos llevaron a un motel de mala muerte en el que no había siquiera que registrarse. Luego pasamos unos días en el interior de Venezuela, lejos de Caracas. Aprovechamos para ir a una veterinaria y, arriesgando que nos atrapen, le hicimos los papeles de viaje a Vaquito para que pudiera salir legal del país.
Viajaron en autos de la "misión" hasta la frontera. Cada tanto escuchaban al chofer que, por celular, repetía: "El paquete va bien". El paquete es el jefe de comunicación de 33 años.
Cruzamos el puente y en Cúcuta, Colombia, vi el sol más radiante que nunca.
Colombia recibió millones de venezolanos desde el comienzo de la crisis humanitaria. Pero, por su proximidad a Venezuela, Bracho y su esposa no lo hallaban un sitio seguro. ¿A dónde ir? A Uruguay.
"Uruguay se ganó mi corazón"
Carlos era Carlitos cuando se jugaban la Eliminatoria para el Mundial de 1994. Entre todas las banderas de los países participantes, el niño seleccionó dos: la argentina y la uruguaya. Le gustaba el sol, las rayas azules o celestes. Aquella fue la primera conexión con el que tres décadas después sería su refugio.
So close, no matter how far / Couldn't be much more from the heart (Tan cerca, no importa cuán lejos / No podría ser mucho más allá del corazón). La canción de Metallica lo acompaña desde aquella niñez, pero ahora recobra un significado.
¿Es raro, no? Conocía mucho más de Argentina. Me enamoré de su rock, de Los Pibes Chorros, luego de la cumbia cheta. Mi primo, quien era como un hermano, vivió allí. En una visita a la zona, hace más de un año, aproveché a viajar a Uruguay y la sensación fue única. Se respira tranquilidad y democracia.
Desde Colombia hasta Montevideo volaron en avión de bandera panameña, el primo a distancia les consiguió un Airbnb para pasar los primeros días y ahora, ya habiendo probado el mate amargo y las tortasfritas, empieza la reinvención.
De este país no me voy. Uruguay me abrió las puertas y se ganó mi corazón. El chico de Migraciones me dio la bienvenida con su mejor sonrisa. Es maravilloso y quiero aportar a este país.
Por eso Bracho agradece la posición que Uruguay está tomando sobre el régimen venezolano, celebra las palabras del "Turco" Abdala en la OEA, y el "abrazo en medio del llanto" que da el pueblo uruguayo, pero prefiere no entrar en la puja dialéctica sobre si Venezuela es una dictadura (o si los políticos uruguayos tienen que refinar su semántica).
En Venezuela hay presos políticos y desaparecidos. Hay proscriptos y ataques a la prensa. No hay garantías electorales... como sucede en las dictaduras. "Pero también es cierto que todavía no fue el cambio de mando y, legalmente, la dictadura se concretará el día que Maduro asuma por un nuevo período que la sociedad no le dio".
Para los griegos el desarraigo era el peor de los castigos. Bracho le suma al exilio otro dolor: cuando pidió ayuda, en las horas de persecución, muchos de los suyos le dieron la espalda. No los perdona.
Prefiere aferrarse a los mejores recuerdos. Al tatuaje con la letra "A" en homenaje a su madre. Al tatuaje de "fe" en medio del pecho. Al tatuaje con la huella de Vasquito. Al tatuaje del guacamayo que le recuerda a la época de libertad en el país caribeño. A las chances que se les abren en Uruguay. Y a la canción de Metallica que lo acompaña desde la niñez:
Trust I seek and I find in you / Every day for us something new / Open mind for a different view / And nothing else matters (Confianza busco y encuentro en ti / Cada día para nosotros algo nuevo / Mente abierta para una visión diferente / Y nada más importa).