Una crónica de guerra inesperada: la normalidad israelí bajo misiles y una evacuación caótica por Egipto
Horas después de sonar las sirenas, la aerolínea canceló el vuelo de retorno desde Tel Aviv; comenzó para mí la pesadilla del turista varado por tiempo indefinido, pero la interesante experiencia periodística de atestiguar la vida de una sociedad habituada a la guerra
9 de marzo 2026 - 5:00hs
Frontera terrestre entre Israel y Egipto
Refugio en planta baja de un edificio en Ashdod, al sur de Israel
“Alerta de emergencia: extrema. Se esperan alertas en pocos minutos. Encuentre la mejor protección a su alrededor. Cuando reciba una alerta, entre al espacio protegido hasta próximo aviso”.
El sábado 28 de febrero, sobre las 8:15 de la mañana, todos los celulares en Israel mostraron esta advertencia. En hebrero, en árabe, en inglés y en ruso, fueran ciudadanos israelíes o simples turistas sin ninguna aplicación instalada, todas las pantallas se congelaron en la misma imagen de alerta y un pitido espeluznante.
Junto al ruido de las sirenas en cada palmo del país, el gobierno de Israel despertaba a sus habitantes con la noticia de un ataque conjunto con Estados Unidos para descabezar al régimen de Irán.
En el apartamento de una familia uruguaya en Ashdod, una de las ciudades más al sur, nos apresuramos al pasillo del sexto piso, al igual que otros tres vecinos en pijama. Después del búnker en planta baja, era el lugar más seguro en el que estar dentro del edificio. No había tiempo para bajar.
Recién del otro lado de la puerta, arrancados del estupor del sueño y revisando la información disponible, los que entendían hebreo me explicaron que la alarma había sido solo una primera advertencia, que aún no había misiles dirigidos hacia Israel. Ya habría tiempo para eso.
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Pocos minutos después, una secuencia que vería repetida incontables veces durante la semana por venir: la primera alarma, esa del sonido que pone los pelos de punta –tanto que hay algunos que la desactivan para dormir–, la que advierte que Irán disparó misiles y que hay entre cinco y diez minutos para prepararse; y después las sirenas, que suenan en las localidades en que el sistema de defensa calcula que puede llegar a caer el misil en el próximo minuto y medio, y por lo tanto hay que entrar de inmediato al refugio.
Al cabo de unas horas, la aerolínea me avisó que se había cancelado mi vuelo de retorno, que estaba pautado desde hace meses para el día siguiente. Arrancaba para mí la pesadilla del turista varado por tiempo indefinido pero, al mismo tiempo, la interesante experiencia periodística de atestiguar la vida de una sociedad habituada a la guerra.
La normalidad bajo misiles
En pleno conflicto vi jóvenes compartir una cerveza en el bar de la esquina, niños jugando en el parque, playas explotadas de gente en Eilat, decenas de voluntarios barriendo los vidrios de apartamentos reventados por la explosión de un misil iraní en Tel Aviv, obreros trabajando en la calzada, y hasta uno operando una grúa en lo más alto del mástil en el mismo momento en que suenan las sirenas.
En los intervalos entre alarmas, la gente cocina, mira la tele, sale a correr, compra un falafel en la esquina, trabaja con normalidad. Claro que están cerradas las escuelas y las playas –aunque no faltan los que bajan a la arena en Tel Aviv–, y durante los primeros días muchas oficinas pasan al teletrabajo.
Se duerme bastante mal. Hay como un saber popular de que el enemigo tiende a disparar en las horas que más alteran a la población: de madrugada, temprano en la mañana, a la hora del almuerzo, al anochecer, a medianoche.
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Transporte público en Tel Aviv durante la guerra
Entre sirenas, se viralizan imágenes de fiestas de disfraces en refugios; celebraciones de Purim, la festividad que recuerda cómo el pueblo judío se salvó de ser exterminado por el imperio persa hace más de 2.500 años. En los supermercados abundan las “orejas de Amán”, galletas triangulares rellenas de chocolate o dátiles que recuerdan el triunfo sobre el tirano persa, mientras el vox pópuli israelí evoca el paralelismo con la reciente eliminación del ayatolá Alí Jameneí.
Cuando el jueves 5 de marzo me integré a una evacuación por tierra ofrecida por el Ministerio de Turismo de Israel, casi no encontré relatos de extranjeros que huyeran por miedo. Más bien tenían –como yo– fundados motivos para volver cuanto antes a casa: el inicio de estudios, obligaciones laborales, seres queridos preocupados y un largo etcétera al que las aerolíneas en el aeropuerto Ben Gurión de Tel Aviv no podían dar respuestas certeras.
En el sentido contrario a los turistas, reingresaban a su país decenas de israelitas que elegían volver a sus familias y pasar en Israel sus días de guerra.
Si los misiles hubieran venido de Gaza, en Ashdod hubiera tenido menos de un minuto para correr a un refugio. Pero al mediar dos países de distancia entre Irán e Israel, los disparos de Teherán dan una bizarra tranquilidad que permite no saltar con la primera alarma. La contracara, me explican, es que los misiles balísticos de Irán son bastante más “hardcore” que los de Hamás: llevan 500 kilos de explosivos y algunos contienen bombas de racimo, que se dispersan en el aire y le complican la vida al sistema antibalístico israelí.
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En Modi’in, la ciudad del centro en que el analista Gabriel Ben Tasgal me prestó alojamiento para hacer turismo durante los días de paz, el “boom-boom” estalla lejos en el aire, pero la explosión hace temblar el techo del balcón.
La casa está a la venta y el miércoles se la exhibieron a un interesado. Solo esperan, con algo de ironía, que un misil o sus esquirlas no les borren los planes.
El sistema antimisiles Arrow y la cúpula de hierro dan confianza, pero las sirenas no se toman a la ligera.
Una explosión en Tel Aviv se cobró la vida de una trabajadora filipina, hirió a 20 personas y destrozó muchos apartamentos a la redonda. En Beit Shemesh, un misil dio de lleno en el refugio de una sinagoga y mató a nueve personas.
En Naciones Unidas, Israel muestra la imagen de Gabriel Revach, un chico que perdió la vida, para denunciar que Irán dispara indiscriminadamente sobre civiles.
Con más de mil óbitos en su haber, según sus autoridades, el régimen hace lo propio ante los ataques israelíes y norteamericanos, al tiempo que el Pentágono investiga si el misil que impactó en una escuela en Teherán provino de sus filas.
El domingo 1º de marzo, después de varias horas sin alarmas, la alerta nos agarra en plena ruta entre Ashdod y Herzliya, la ciudad en la que vive mi amigo uruguayo Bruno Nieuchowicz. Su hermano detiene el auto en la banquina bajo un puente. Sobre la banquina se acumulan varios vehículos a la sombra de las sirenas.
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Lejos en el cielo estrellado, veo por primera vez la estela de un misil iraní, y los dos impactos del sistema antibalístico que lo interceptan en el aire.
Como si fuera lo más normal del mundo, Bruno me explica que hay que agacharse y que, si un misil llegara a explotar cerca, hay que tumbarse en el suelo para evitar lo más posible las esquirlas.
Cuando se encienden las sirenas, es la única vez en seis días de guerra que siento miedo.
No dejo de pensar por lo que estarán pasando los civiles de Irán y el Líbano, o quienes viven en países árabes alcanzados por los drones y misiles del régimen chiita.
Evacuación por tierra
Me sentí muchísimo más "regalado" en el salvoconducto de Egipto que en la Israel asediada por misiles.
Entre que terminé tarde la valija y que las sirenas sonaron a las 4 de la mañana, esa noche del jueves dormí menos de cuatro horas. El ministerio israelí nos citó a las 10 en la terminal Savidor de Tel Aviv. Con la estación de trenes de Modi’in cerrada, salí bien temprano para que ninguna alarma me hiciera llegar tarde en el ómnibus.
La oficina para turistas varados de la Cancillería uruguaya me había llamado el lunes anterior para completar mis datos. Me explicaron muy amablemente que no había “recursos” para un vuelo de repatriación, pero que podía buscar a mi riesgo y a mi costo una salida por tierra; que los mantuviera al tanto.
El martes me llegó la oferta del ministerio israelí. Tenía solo tres horas para decidir y resolver la ruta de salida. Lo conversé con mi familia y me anoté.
Los embajadores uruguayos en Israel y Egipto se pusieron personalmente a disposición, al igual que sus equipos consulares y la embajada israelí en Montevideo, que a toda hora respondieron mis consultas y hasta último momento se preocuparon por si había logrado salir. A ellos, mi reconocimiento.
El idioma me juntó pronto con Gabriel Libedinsky, un joven chileno que apuró su salida para no perder más días de clase en facultad. Pese a que en su país le advirtieron que las aerolíneas podían tardar más de dos semanas en retomar los vuelos, sus dos amigos prefirieron quedarse en Israel, bajo la extendida precaución de que Egipto no es el país más amigable para judíos e israelíes. Con pasaporte chileno y un carisma singular, Gabriel iba confiado: “Soy judío, pero ellos no tienen por qué saberlo”.
Los dos habíamos comprado pasajes para salir desde El Cairo, a sabiendas de que el aeropuerto fronterizo de Taba solo tenía vuelos de más de ocho horas con conexión por Atenas y por no menos de US$ 500 el pasaje.
En la misma situación estaba Orlando López, un mexicano que reside en Las Vegas, pero que durante los días de guerra se transformó en una especie de figura pública en México al denunciar el casi nulo respaldo del gobierno para salir de Israel. Junto a él estaba Germán, un veterano mexicano que tenía reserva en un hotel de la capital egipcia, a más de 400 kilómetros del puesto de frontera.
“Ha sido un caminar tremendo, porque los teléfonos de emergencia de México no funcionaban y la embajada estaba de puertas cerradas”, me contó Orlando. Tremendamente religioso –había viajado a Israel para visitar los sitios sagrados del cristianismo–, había ayunado para que se hiciera “la voluntad del Señor” y pronto recibió la llamada de un conocido para salir en una entrevista con alcance nacional en México.
“Después de eso nos contactó la embajada, tratando de negociar qué nos proporcionaban para salir del país. Ofrecían una camioneta desde Jerusalem y de ahí a la buena suerte. Nos aferramos, dijimos que no, siguieron las entrevistas y volvieron a llamarnos con una mejor propuesta”, relató Orlando. Al final lograron que su embajada los levantara en el hotel para llevarlos a Tel Aviv, y de allí salir mediante la evacuación asegurada por Israel.
Se había hecho tan conocido que un grupo de mexicanos le abrió una cuenta para financiarle el resto de la estadía y los pasajes, luego de que se le acabara el presupuesto. “Si el gobierno no se pronunció para ayudarnos, muchísima gente sí”, valoró Orlando.
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“Gracias Señor porque tu amor se vivió a través de todos ustedes. Ya estoy en El Cairo. Gloria al Rey de reyes”, publicó cuando completó la evacuación. La Secretaría de Relaciones Exteriores de México, por su parte, celebró ese día que “el connacional Orlando Hércules López (...) está sano y salvo y fuera de la zona de riesgo”.
“Third World country”
Apenas pisamos la frontera, un soldado egipcio nos pidió el pasaporte. Sin entender el alfabeto latino, buscó la traducción en su celular y preguntó con abundante soberbia qué eran “Chilie” y “Uruwi”.
Un cónsul francés nos explicó al bajar del ómnibus que nos cobrarían hasta US$ 100 por un corto traslado al aeropuerto de Taba. “Sean firmes”, recomendó. “Digan que no tienen más. A ellos les gustan los dólares”.
Le pregunté si había alguna manera de pagar con tarjeta. Solo tenía US$ 100 en efectivo que me había prestado Ben Tasgal y ya preveía que no iba a llegar al ómnibus de las 16 de la tarde rumbo El Cairo para el que tenía pasajes. “This is a Third World country”, contestó. Esto es un país de tercer mundo. “Enjoy”. Disfrute.
Con tres días de antelación, Egipto no me había llegado a autorizar la visa que tramité vía online. Un uniformado de la frontera llevó mi pasaporte a un hombre vestido de civil, que me cobró US$ 55 por la visa. Con mi pasaporte y mi único billete de US$ 100 desapareció entre la multitud de evacuados y chalecos fluorescentes de los consulados de Canadá, Inglaterra, Francia, EEUU y Alemania.
La visa y mi pasaporte aparecieron a los 15 minutos. Por supuesto que ya había perdido el ómnibus a El Cairo, a cuyo aeropuerto tenía que llegar sí o sí antes de las 9:30 del viernes para volar a Madrid. Pero el hombre, que se paseaba de mostrador en mostrador, me debía US$ 45. Lo perseguí para reclamarle y me insistió en que sí me los había devuelto. No me quité de encima hasta que se disculpó y buscó el cambio.
Afuera nos esperaba una larga fila para pagar la tarifa de US$ 25 exigidos para salir de la terminal. Solo me quedaban US$ 20 en efectivo y varios shekels (moneda israelí) que no lograba cambiar en ningún lado. Ya casi anochecía y una cónsul alemana pudo confirmarme que del otro lado aceptarían esos billetes.
El chileno Gabriel encontró pronto un taxi por US$ 300 para viajar a El Cairo. Los US$ 90 que me correspondían me terminaron saliendo 400 shekels, casi el doble de lo que hubieran valido en Israel.
Los cuatro viajaríamos en una van conducida por Abu Sofian, un simpático taxista que hablaba algo de inglés. A ocho horas de haber salido de Tel Aviv, podíamos aflojar. Le escribí a mi familia y amigos: estamos bien, conseguimos viaje a El Cairo, ahora a descansar.
Hasta que Abu Sofian paró en la mitad de la ruta y nos pidió que subiéramos a otra camioneta. Nos esperaba su amigo Mahmoud. De simpática sonrisa, nos tendió la mano y nos aclaró: “No english”. Solo árabe. Abu Sofian, que nunca nos había explicado nada, nos aseguró que todo estaba en orden.
No tuvimos más remedio que continuar. Si pasa algo, por lo menos somos cuatro, comentamos más de una vez entre nosotros. Le saqué foto a la matrícula y solo avisé a un compañero de redacción. No quería que mi familia se preocupara más de lo que ya estaba.
Tenía internet, pero solo me conectaba de a ratos para conservar mi 30% de batería.
En vez de tomar la ruta que cruza todo el Sinaí para llegar a Egipto, Mahmoud siguió otro camino, muchísimo más largo, bordeando todo el Golfo de Aqaba y el Canal de Suez. Estuvimos varios minutos con el Google traductor intentando que nos explicara por qué ese trayecto. Nos dijo que la otra ruta estaba cortada.
Con el paso de las horas dedujimos que era para ahorrarse los peajes.
Más adelante, la camioneta paró de improviso y subió Ahmad, un simpático médico egipcio que hablaba algo de inglés y que aprovechó el viaje de su amigo Mahmoud. Cuando no hablaba por teléfono, el chófer colocaba su celular adelante para mirar la serie, o se divertía junto al veterano mexicano que desde el asiento delantero intentaba salvar las distancias entre el español y el árabe.
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En pleno trayecto, Ahmad se sintió mal y vomitó dentro de la camioneta. El olor nos acompañaría las restantes cuatro horas de viaje, entre las curvas del desierto rocoso y los muchos puestos de control atravesados en la ruta. Cuando aterricé en Montevideo más de 24 horas después, lo seguía sintiendo impregnado.
A la salida del túnel subacuático que cruza el Canal de Suez, Ahmad se despidió con cariño y bajó en un poblado. Supe de él que era aficionado a los camellos y a la playa.
Antes de entrar a El Cairo, pasada la medianoche, Mahmoud volvió a detenerse. Estuvo diez minutos parado al margen de una rotonda esperando a que subieran su hermano y otro amigo que venían del canal. Otra vez, nada de inglés. Habibi, shukran y no mucho más.
A las 3 de la mañana, más de ocho horas después de haber salido de Taba, Mahmoud nos dejó en el aeropuerto, no sin antes reclamarnos una propina de US$ 20 por supuestamente haberse desviado de la ruta pactada con Abu Sofian.
No dudo que Egipto sea un bello país de noble historia y pueblo, pero mi corta estadía fue bastante mala de principio a fin. Y además, mi valija no llegó a Madrid. Mientras se escriben estas líneas, está en camino a Montevideo.