10 de marzo 2018 - 5:00hs
Todo comenzó con una (errónea) noción de uniformidad. Los extranjeros, y quizás los argentinos más que ningún otro, creían que los uruguayos éramos todos iguales: amarronados integrantes de una genérica clase media, educados e instruidos, básicamente de origen europeo, apegados a la democracia y a las instituciones, macanudos en el trato, humildes hasta la tristeza, cultores de valores formales que nos hacían acartonados, previsibles, en suma, bastante aburridos y pueblerinos.

Luego continuó con otra distorsión: de pronto, éramos referentes únicos a nivel continental (y hasta mundial) por la modernidad de la tecnología aplicada a la infancia, los llamados nuevos derechos, leyes de avanzada en medio de la barbarie, y seguíamos macanudos y previsibles, tristones incluso en la felicidad, y con la bombilla del mate aplicada sobre los labios como el eterno micrófono metálico que nos conecta con una (ignorada) matriz cultural guaraní.

Hace poco tuve la oportunidad de viajar al extranjero y tener que dar una visión no siempre apegada a los estereotipos de las diversidades del país donde nos tocó en suerte nacer y vivir. Porque todas las reducciones son injustas, aunque se hayan basado en un limo que fue acumulándose a lo largo de las décadas: ni antes éramos solo aquella caricatura ni ahora llevamos la capa del superhéroe sudamericano.

De todos modos, no creo que esto sea lo peor: el riesgo está en que nosotros creamos que somos iguales, cortados por la misma tijera, bajo una uniformidad que es falsa.

Si no me creen, pregúntenle al minero de Rivera que extrae oro del fondo de vetas geológicas de millones de años. ¿Quién recuerda que un uruguayo también maneja un camión desde el centro de los bosques artificiales en las profundidades del departamento de Tacuarembó, donde se encuentra un pueblo bautizado como Montevideo Chico, no lejos del Pueblo de los Feos y de Las Toscas de Caraguatá, que transporta toneladas de troncos de árboles?

Hablemos del arrocero que puebla las riberas de ese pequeño mar llamado la Laguna Merín, de sus amaneceres y sus ocasos. Y también del poeta que escribe en portuñol de Artigas, que no atisba en sus versos la violeta amatista, sino que en una fuerte helada recuerda y rescata de su memoria la cara de su madre fallecida. Del farero de la Isla de Lobos, el punto más al sur del país, que vigila el foco que marca una circunferencia vista desde el fin del río y desde el comienzo del océano.

Cuán diferente es el idioma del rochense al del salteño, o del que nació en Aceguá o en Punta Gorda. ¿Cuál es la comida uruguaya? ¿El chivito inventado en Punta del Este, en un rapto de viveza criolla? Sí, ¡por supuesto! Y las pastas italianas con tuco, el asado criollo con leña de monte, las tortas fritas y las recetas de los rusos y los alemanes en Río Negro.

Qué distancia hay entre los "pueblos eléctricos" a lo largo del río Negro –Palmar, Baigorria y Rincón del Bonete, que "cultivan" esturiones en sus lagos artificiales para hacer caviar–, con el edificio abandonado del Guruyú, las grúas del puerto, una convención de cosplay, una yerra, de la calles de empedrado portugués de Colonia, un cañón herrumbrado en Santa Teresa, a metros de un surfista, las torres todavía con olor a portland fresco en Punta del Este o los barrios sin cuneta ni ley en la periferia montevideana.

La cercanía y la distancia también definen la identidad. Hay uruguayos en medio de la guerra y los desastres naturales, en Congo y Haití, hay uruguayos en medio del primer mundo, en Estados Unidos y Australia, "por los barrios más remotos" de Bruselas y Shanghái, en ese estrafalario "departamento 20". ¿Cuántos personajes diferentes componen el puzle? ¿Cuántos tienen en cuenta la diversidad?
Por eso, cuando reducen el Uruguay a ese "paisito" (palabra fea si las hay) entre dos gigantes, ese territorio suavemente ondulado, uniforme e integrado, donde no hay terremotos, ni guerras, ni cataclismos naturales ni políticos, yo me cuido mucho en la respuesta. Quizás los terremotos sean internos, se vean poco en la escala de Richter. Díganselo a Felisberto o a Onetti...

"De cerca nadie es normal", repite una y otra vez en cada ciudad del mundo el periodista peruano Julio Villanueva Chang. Vernos en el espejo de la realidad ayuda a aclarar la mirada. A no ser hipócritas.
Temas:

Opinión Uruguay

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos